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Viernes, 11 de julio de 2008

MUSICA

Mini me

Entre guiños y humoradas, Amandititita, la reina de la anarcumbia, dispara un nuevo género y diez canciones en su disco homónimo, mientras se disfraza de secretaria ejecutiva, asesina serial, chica “bien” y rompe todos los esquemas ironizando la figura de mujer.

 Por Guadalupe Treibel

Amanda Lalena es cuentista. De la Sociedad General de Escritores de México a la Escuela Dinámica de Escritores, sin escalas, la pequeña (por altura) tiene 28 años y no toca ningún instrumento. Hasta el desenlace que la invitó a la cumbia, pasó un nudo cargado de letras. “Con el tiempo iré evolucionando”, comentó en alguna oportunidad esta mexicanita que juega a los estereotipos y canta historias al límite desde la ironía y una nueva etiqueta: la anarcumbia. ¡Apa! ¿y eso qué es? Un género que sólo existe en su cabeza y en ninguna otra parte, según ella misma, con toques de cumbia, reggaeton, pop “y de todo un poco”. Pastiche loco con gusto a bailanta.

En esa línea, ella y su seudónimo musiquero –“Amandititita”– se animan al kitsch, a la crítica desprejuiciada (que se funde con la comicidad del ridículo) y, claro, a la pista de baile. En clave urbana, los diez tracks de su primer disco homónimo describen algunas situaciones cliché y otros imposibles.

Además de la escaladora oxigenada (“Eres más fea que el chupa cabras / más mala que Bush”) que vive aparentando en “La muy muy”, está la secretaria ejecutiva de “Viernes de quincena”, que se acuesta con su jefe casado al son de: “Para esto tengo vocación / nadie captura datos como lo hago yo / minifaldas ajustadas, tacones altos / Soy una puta en la mesa y una dama en la cama”. Planos inversos, qué barbaridad.

Ella, que –al parecer– se ve más como una cronista de la ciudad de México que como una cantante, no necesita un gran despliegue vocal para jugar con el rol de señorita y desarmar el machismo típicamente cumbiero desde letras sarcásticas.

Si no, a escuchar el track tres, donde la artista de buena familia se enamora del tipo menos pensado: “Hueles a grasa, mecánico / Eres grosero, mecánico / Comes muy feo, mecánico / Pero me enamoré / Mis tarjetas corté / Quiero ser tu mujer / Ven bésame otra vez / Mecánico”. Sí, sí... la canción se llama “Mecánico”.

Amandititita (con dos “ti”) es ella misma un personaje. Sus vestidos de muñeca antiesbelta y su metro y medio (quizás un poco más, un poco menos) de inocencia en jaque “adornan” su audiolibro, ilustrado con vestido, zapatillas, rodete y flequillo de morocha tampiqueña.

Cuando el corte de difusión, “Metrosexual”, salió al mundo (o a los medios, mejor dicho) lo hizo vía web y con un video de coreografía. El bajo presupuesto y la idea original (¿?) de hablar del hombre nuevo le dieron un buen empujón. Con vestido rojo, Amandititita recibe así: “Cuando nos conocimos no podíamos creer que fuéramos tan similares / ¿No es una casualidad enorme que habiendo tantos colores de tinte, los dos trajéramos rubio ceniza caoba?”. Amor posmoderno del hombre y su imagen. Ella, entre mozos en sincro, habla de un novio con extensiones, maquillado, enamorado de la cama solar, obsesionado con su peso, fan de los pilates.

Y si la sangre no tira, por ahí anda... Porque la minimujer, que –entre guiños locales– expande por América su música, tiene antecedentes paternales inmediatos en la canción. Su papá, Rodrigo “Rockdrigo” González, es un hito del rock under mexicano y falleció cuando Amanda tenía seis años. Víctima de un terremoto en 1985, así definía su lineamiento musical: “Somos rupestres porque somos músicos marginados y queremos romper con el panfleto y la etiqueta que casi todos los artistas acostumbran usar para identificarse con los demás. No contamos con los suficientes recursos económicos para grabar profesionalmente y mucho menos, para ser completamente independientes, vivimos de la música y pretendemos darle un nuevo enfoque para hablar más de lo cotidiano, de lo espiritual y lo urbano”. ¿Suena a la bandera de la anarcumbia? Quizás.

Como sea, la chica que firmó con Sony BMG y evidencia a viejos babosos en “Libidinoso”, que se pone en la piel de una colectivera que deja pasar gratis a hombres bonitos en “La microbusera”, dispara toda su artillería pesada en “La mataviejitas”. Con acidez, un poco de ficción y buenas dosis de humor negro, le canta a una asesina serial mexicana que mató a una treintena de ancianitas: “Luchadora profesional / la dama del silencio se hace llamar / Nadie sospecha, nadie imagina / esta asesina puede ser tu vecina”. ¡Cuidadito con la matadora que colecciona dentaduras!

Reina de la anarcumbia o cumbiera intelectual, Amandititita es la narradora omnisciente que quiere poner a todos a sacudir las caderas. “Este baile no tiene religión / Lo baila todo aquel que tiene-tenga corazón / Si mueves las caderas con este compás / el Mar Muerto renacerá /

Y Buda lo baila así / Y Cristo lo baila así / Y Dalai Lama, así / Y los testigos sólo miran, miran, miran”, cierra la mexicana en “Sangoloteo”, su última canción, entre narraciones y entrelíneas, detrás de los límites de la corrección, pasando la ironía, por ahí nomás.

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