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Viernes, 11 de julio de 2008

DOCUMENTOS

El no de las niñas

Ni el 9 de Julio ni el 25 de Mayo; para ciertos investigadores como el ensayista Ricardo Lesser, la verdadera ruptura histórica fue una rebelión de niñas, hartas de que sus cuerpos fueran usados como bienes de cambio para afianzar o aumentar los patrimonios familiares. Esta es una de las perlas de Celebrar los sentidos. Historia de percepciones y gozos entre 1610 y 1810, un libro que escribe la gesta de la patria sobre los cuerpos de quienes la forjaron.

 Por Veronica Gago

Tras tanta invocación al bicentenario y en una semana de fecha patria, el libro Celebrar los sentidos. Historia de percepciones y gozos entre 1610 y 1810 (Longseller) del ensayista Ricardo Lesser es una perfecta excusa para meterse en los baños con camisón de las damas, hacer un contrapunto entre las danzas nobles de blancas y blancos y los bailes de tambor, menos mesurados, de negras y negros y –por qué no– espiar la convulsión erótica que despertaban los pies de las actrices de entonces. Este libro es el último eslabón de una trilogía sobre la historia del cuerpo de la Buenos Aires colonial que incluye sobre el mismo período una historia del amor y el sexo y otra sobre los tratamientos de la vida y la muerte (Hacer el amor y Vivir la muerte, ambos editados por Longseller). Lesser, también autor de La infancia de los próceres (2004), practica una escritura heterodoxa que combina divulgación histórica con relato de ficción y crónica de época.

¿Por qué eligió hacer una historia del cuerpo?

–Porque todo pasa por el cuerpo: el modo de conocer el mundo que tenemos es necesariamente a través del cuerpo y sus representaciones. El patrón alimentario, por ejemplo, es un esquema de valores que tiene que ver precisamente con el cuerpo. Cuando Echeverría en “El matadero” habla de las negras que buscan achuras, se refiere a algo que entonces no era considerado comida, es decir, que estaba fuera del registro de la cultura y más bien pertenecía a lo animal. Lo mismo observamos cuando en la Buenos Aires colonial se vendía pan llamado “bajo”, que era el de mala calidad, moreno, con salvado, asociado a lo negro y mulato, en contraposición al pan blanco que se vendía donde vivía la gente más adinerada de la ciudad. Volviendo al cuerpo como modo de la experiencia del mundo: las percepciones están influidas por un cierto modelo de captación de la realidad que cambia históricamente. Por lo tanto, es posible hacer una historia de esas representaciones. Y en el cuerpo es precisamente donde se cruza la instancia de lo íntimo con lo estrictamente social.

¿Qué le interesa del período colonial en particular?

–La Argentina no nace en 1810 ni en 1816 ni en 1852, sino mucho antes. Y si hay que ponerle una fecha prefiero hablar de 1776: cuando se crea el Virreynato del Río de la Plata. Buenos Aires es un villorrio hasta principios del siglo XVIII; recién más tarde, aunque en ese mismo siglo, el contrabando genera lo que podríamos llamar una fracción de clase de comerciantes con un grado de acumulación de capital que nos permitiría hablar de una sociedad que transita hacia el capitalismo. No podemos pensar que los próceres de 1810 estuvieran por fuera de los valores de España. La doxa (opinión) de la época, así como el modo de hacer el amor y de percibir la muerte, tenían mucho que ver entonces con la cultura española. Y 1810 y 1816 no fueron una ruptura con esa cultura.

PRIMERO ELLAS DIJERON QUE NO

Lesser señala como punto de inflexión –previo a la revolución política que rememoran las fechas patrias– lo que denomina “la revolución de las niñas”: un movimiento espontáneo de las mujeres jóvenes de los estratos más altos de la sociedad –entre las más famosas: Mariquita Sánchez y las hermanas de Bernardino Rivadavia, pero también otras hijas de las principales familias de aquella Buenos Aires– por el cual ellas empezaron a negarse a aceptar a “los candidatos viejos, panzones y españoles que sus padres les habían seleccionado”. “Esto es fundamental, porque esa fracción comerciante crecía no tanto gracias a sus hijos sino a través de sus hijas mujeres: a ellas las casaban con otros comerciantes como principal forma de asociación económica de ciertas ramas familiares. Eran estrategias de matrimonio que tejían verdaderos clanes. Así lo hizo Vicente de Azcuénaga con sus hijas y también Domingo Belgrano, el padre de Manuel, que casó a sus cinco hijas con diversos comerciantes importantes. Era un designio social, económico y político dentro de una Buenos Aires absolutamente endogámica en lo que se refiere a sus clases adineradas. De modo que si una niña decía que no al candidato impuesto, se levantaba contra toda esta organización social-familiar y contra una concepción de su cuerpo como cuerpo del linaje, es decir, como un cuerpo que no le pertenecía.”

LA PATRIA-POTESTAD

“Benito Rivadavia, un español tozudo, da dos de sus hijas en ‘palabra de matrimonio’ a los tenientes y hermanos Gascón, también españoles. Pero Rivadavia se enoja luego con ellas porque le reclaman la herencia de su madre y quiere dejar sin efecto el compromiso de matrimonio, aun sabiendo que ellas podrían ya no ser vírgenes porque la seriedad del compromiso habilitaba de cierto modo relaciones prematrimoniales. Y efectivamente ellas le dan a entender a su padre que ha sido así. Por esta ‘indisciplina’ Rivadavia las pone a rezar y bordar en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, que todavía está tal cual entonces, en la avenida Independencia. Ellas apelan a la Iglesia para que las dejen casarse. Pero Rivadavia, a su vez, apela a la Real Audiencia, el único tribunal que reconoce, y presenta un escrito que dice: ‘Sustraerme mis hijas es cosa nula; me deben estar más sujetas aún que el criado respecto de su amo por razón de la patria potestad que me compete y me da facultad para enajenarlas o venderlas en caso de necesidad por la especie de dominio que ejerzo sobre ellas como cosa nacida y proveniente de mí mismo’.” Este escrito –agrega Lesser– estaba fundamentado en las Siete Partidas de Alfonso X, que eran ¡de mediados del siglo XIII! Más tarde, incluso casi cuarenta años después de la Revolución de Mayo, estas partidas vuelven a ser valederas para acusar y fundamentar el fusilamiento de Camila O’Gorman, condenada por su historia de amor prohibida con el cura Uladislao Gutiérrez: “Este episodio de O’Gorman es la ruptura pública que condensa otras rupturas privadas previas, como aquellas que empiezan con la revolución de las niñas. Lo que quiero remarcar es la continuidad cultural más allá de la revolución política de 1810 y 1816. Con esto quiero decir también que el cuerpo y, en general la historia de la vida privada, dicen mucho más que la historia política porque se animan a hablar de la intimidad de los sujetos de la historia”.

Mariquita Sánchez, en este sentido, es un prototipo de desobediencia temprana para la historia que traza Lesser: “Era una testigo de su época sumamente lúcida, desde niña muy enfrentada a su madre, una ultracatólica, que hace valer el amor a su joven primo contra el candidato que le querían imponer. Luego Sarmiento la frecuenta en Montevideo –en camino a su viaje a Estados Unidos–, donde ella estaba exiliada, y cuenta en sus cartas que ella le pareció tan excitante, tan inteligente, tan bella que tuvo una erección y que casi se le abalanza encima. Creo que Mariquita fue nuestra George Sand”.

LO ILEGITIMO

Por su carácter de puerto, Buenos Aires era una ciudad de alto tránsito. Para Lesser esto explica, en buena medida, por qué las dos terceras partes de los niños y niñas que se bautizaban en la iglesia que quedaba donde hoy está el Obelisco (por entonces el llamado “barrio Recio”) eran ilegítimos o “hijos de la Iglesia”, como se les decía. Esto se daba especialmente en la llamada “plebe urbana: de artesanos a prostitutas”; aunque también en las clases altas era muy frecuente el embarazo disimulado: primero con fajas y luego por medio de largas ausencias en las quintas de la Recoleta. “Por algo en 1780 se crea la Casa de Niños Expósitos; no es casualidad. Tampoco era inusual que las negras esclavas llevaran allí a sus hijos: era una forma de volverlos libres, de salvarlos de heredar su esclavitud.”

En el terreno de lo ilegítimo, Lesser también ubica la concepción del teatro de la época y ciertas prácticas artísticas. “El virrey Vértiz, por ejemplo, al inaugurar el Teatro de la Ranchería, funda una muy estricta política de la mirada: no se podía ver los pies de las actrices porque había una especie de libidinización de esa parte del cuerpo. El virrey establece con mucha puntillosidad qué es lo que se puede ver y qué no. Justamente en esta máquina de mirar que era el teatro, el exponerse a la mirada de los demás era percibido como una provocación y el límite entre el cuerpo incitante de las actrices y lo que ese cuerpo representaba como rol era muy sutil. Había una tensión entre lo que se representaba y lo que se miraba o se deseaba mirar. Hay que tener en cuenta el papel disruptivo de las actrices mujeres cuando era una tradición que venía del teatro isabelino el hecho de que los papeles femeninos fueran representados por hombres. Por eso señalo esa curiosidad de que era legítimo el travestismo masculino pero no el femenino.”

NO TOCAR(SE)

Hay que imaginarse, dice Lesser, una Buenos Aires ventosa, sin árboles, cruzada de arroyos donde iban a parar todos los desechos. El agua era un bien escaso: los aljibes eran privilegios de algunas pocas casas acomodadas. Pero, sobre todo, hay que imaginarse una Buenos Aires vigilada por la religión. “No era sencillo bañarse. Pero además hay que tener en cuenta que en nuestra ciudad colonial todo estaba atravesado por la idea de Dios, es decir, por la idea de pecado. Por ende, cuando alguien se sumergía en una tina –normalmente con rueditas, ya que como no había un cuarto de baño, se trasladaba por la casa–, con un poco de agua tibia que calentaban los esclavos había una autoeroticidad que era muy peligrosa; por eso estaba mal visto que las mujeres se bañaran sin camisón. De hecho, yo señalo en el libro lo poco que se tocaban hombres y mujeres entonces. Un ejemplo: darse la mano como saludo, como contacto social, es algo que se difunde recién después de las invasiones inglesas. El imaginario social estaba impregnado por un Dios perseguidor. Y en este sentido lo negro quedaba ubicado casi en el rango de lo animal.”

En este recato, también se inscribe el baile: candombe vs. minué. “Hay descripciones de varios curas, horrorizados, por el candombe de negras y negros, mulatas y mulatos, y que relatan cómo ‘al son rítmico de los tambores, de un ritmo animal, se acercan a saltitos unas y otras ondulando sus cuerpos’; hablan casi de un juego de concavidades y convexidades. Esto es tan insoportable para la autoridad religiosa que el obispo termina prohibiendo estos bailes de negros/as. La contrapartida es el minué, que tiene una danza sumamente pautada, de movimientos milimétricamente calculados, en los que se simula una proximidad que no es tal. Esto, en realidad, está mostrando un modo del control social y corporal: es parte de las coreografías de salón que venían de la corte”, concluye Lesser para describir con otra imagen la idea de que Buenos Aires como ciudad tiene un cuerpo propio. Y que su historia es también la historia de los cuerpos que la habitan.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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