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Viernes, 12 de septiembre de 2008

INUTILISIMO

De las naturales condiciones femeninas

Digan lo que digan las feministas, “la mujer es femenina desde la punta de los cabellos hasta la planta de los pies”, escribe Santiago Ramón y Cajal en su ensayo titulado precisamente La Mujer (Editorial Glem, Buenos aires, 1944). Y contra lo que pudieran sospechar personas prejuiciosas, “en ella lo más deliciosamente femenino es el cerebro, ante todo órgano de atracción y de reproducción”. Exactamente al revés del hombre, “cuya sesera constituye apenas vulgar elemento de trabajo”. El escritor español es de tal amplitud mental que acepta la existencia de mujeres de esclarecido talento. Pero a no exagerar, porque también están las marisabidillas, que vendrían a ser como las preciosas ridículas o las mujeres sabias de Molière.

Empero, más allá del talento natural de algunas señoras y de su tenacidad para desarrollarlo y convertirse en literatas o científicas, y dejando de lado el importante tema de la belleza, dice el ensayista que “el más preciado tesoro de la mujer de mérito consiste en la pléyade de hombres superiores que encierra en estado potencial. Esto justifica la preferencia de los discretos por la heredera de casta, en cuya estirpe brillan ingenios preclaros o nobles caracteres”. Así como confía en la capacidad de procrear varones de la mujer, Ramón y Cajal no está de acuerdo con los modernos anatomistas y fisiólogos que juzgan despectivamente a las damas por el tamaño exiguo de su cerebro. Tampoco le parece correcto que “en nombre de las glándulas específicas de secreción interna femeninas, se haya procurado rebajar también su intelecto”. Según nuestro exégeta, el tamaño no tiene nada que ver porque “¿quién no ha conocido entendimientos superiores encerrados en modestas cajas craneanas y hasta en cabezas reducidísimas?”

Es que no es la masa bruta, sostiene Ramón y Cajal, sino la fina organización nerviosa la condición esencial del intelecto superior. En consecuencia, “descontando las áreas extensas adscriptas en el cerebro masculino al regimiento y coordinación de la prepotente masa muscular y a la inervación del extenso revestimiento cutáneo, el contraste de peso entre ambos encéfalos atenúase notablemente”. Con lo que la tesis del autor de La Mujer queda perfectamente demostrada. Pero por si quedara alguna duda o inquietud acerca de la calidad de la materia gris femenina, tan defenestrada “por los detractores de la mentalidad de la mujer”, que los hay en alto número, nuestro defensor afirma que “a menudo varones de superior talento son fidelísimo trasunto, físico y moral, de la madre”. El razonamiento, pues, resulta muy sencillo: “Fuera, por tanto, inverosímil admitir que la mujer sea susceptible de trasmitir a la prole excelencias de las que carece”. Porque don Santiago entiende que las mejores cualidades femeninas florecen “en la esposa fiel y sobre todo en la madre amantísima” (preferentemente de hijos varones, se sobreentiende).

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