las12

Viernes, 20 de febrero de 2009

NO PONDRAS LA OTRA MEJILLA

SOCIEDAD > Una de cada tres mujeres sufre algún tipo de violencia a lo largo de su vida, según datos de Naciones Unidas. Pero, frente a las agresiones, se levanta una nueva estrategia que destierra la actitud Caperucita Roja y pregona una generación de mujeres poderosas que rescatan el derecho a defenderse con la fuerza física. El debate se abre en la semana en que Graciela Aguirre fue absuelta por la Justicia por considerar que actuó en legítima defensa al asesinar a su pareja que la maltrataba. ¿Por qué la legítima defensa no se aplica a todas las mujeres golpeadas que están enjuiciadas? ¿Y la autodefensa es una herramienta válida para salir del lugar de víctimas y defenderse más allá de la defensa del Estado? ¿O es un empoderamiento que sirve para algunas violencias pero que puede ser filoso si se pone en práctica en el espiral de la violencia doméstica?

 Por Verónica Engler

A sus 20, María cuenta con una sonrisa que no cesa cómo fue la primera vez que tuvo que utilizar su aerosol paralizante (también conocido como gas pimienta). Estaba en la calle con una amiga esperando a otra de sus secuaces para ir a una fiesta. Mientras las chicas charlaban un señor desde un auto les hacía señas procaces para que lo miraran al tiempo que él se masturbaba. María, ni lenta ni perezosa, se acercó al bólido y por la ventanilla roció con su aerosol el miembro con el que el hombre pretendía entretenerlas.

Rocío tiene 28. Su anécdota no le causa ninguna gracia, aunque también supo sacarse de encima a otro perverso. Una tarde calurosa de febrero, en el barrio de Flores, esperaba el colectivo distraída con sus propios pensamientos. En un momento sintió algo extraño a sus espaldas, volteó su cabeza y vio a un hombre agachado al lado de ella como buscando algo en un bolso y aprovechando esa perspectiva para espiar por debajo de su falda. Apenas Rocío percibió la lascivia en la mirada del desconocido, el tipo se paró y comenzó a decirle guarradas mientras intentaba bajarse el cierre de la bragueta del pantalón para masturbarse, según se encargó de anunciarle. Ella empezó a gritarle para que dejara de molestarla y también para llamar la atención, aunque la calle estaba casi desierta. Luego caminó en dirección a un bar que estaba abierto y entró. Cuando se animó a salir, unos minutos después, el hombre se había esfumado.

Las anécdotas de María y Rocío me hacen recordar una propia. Hace unos cuantos años fuimos con mi prima Juli y sus amigas a un reducto de Palermo que prometía buena fiesta. En una de nuestras recorridas incesantes por el boliche un muchachito osó manotear el trasero de Paula, integrante de nuestra troupe. Ella, montada a sus hiperplataformas y enfundada en un enterito de lycra que contorneaba su cuerpo escultural, respondió a la afrenta con una trompada casi automática al tiempo que le gritaba “¿qué hacés, tarado?” y algunas otras lindezas. El tarado de marras apenas atinó a balbucear alguna excusa como si todo hubiera sido una gran equivocación mientras ella lo increpaba. Cerca de Paula estaba su novio que, no sólo no intervino sino que estuvo a punto de pararle el carro a su chica para que no le vuelva a pegar al ofensor. Esa noche, claro, no hizo falta ningún héroe del whisky.

Reacciones como las de Rocío, María o Paula en nada se parecen a las de una inocente Caperucita que, temerosa, transita un bosque lleno de acechanzas y lobos feroces. Estos relatos y otros de similar tenor son los que tienen para contar mis amigas, sus madres y tías, sus vecinas y sus maestras, y las primas de ellas y sus hijas.

Que levante la mano la mujer que no haya experimentado alguna vez en su vida una escena en la que un hombre haya querido (o haya logrado) propasarse con ella.

Se sabe, la violencia contra las mujeres es un hecho corriente, aquí y en Arabia Saudita, en Alemania y en el Congo. Y además, no hace falta salir a la calle para sufrirla. Las Naciones Unidas reconocía públicamente el año pasado que al menos una de cada tres mujeres había sido golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o sufrido otro tipo de malos tratos a manos de su pareja a lo largo de su vida.

Ante este panorama, las mujeres y las niñas solemos aparecer como las potenciales víctimas de esas violencias por venir que, cabe aclarar, no son sólo físicas. A la agresión consumada en un golpe, un manoseo, la violación o el asesinato, la preceden otras violencias de “baja intensidad” que, con más o menos virulencia, padecemos a diario casi todas. Si no, ¿por qué Alejandra, de 33, que no se depila porque no le gusta, tiene que aguantar que, por las calles de nuestro país al menos, los muchachos no se ahorren todo tipo de comentarios despectivos al ver sus vellos? ¿Y qué es lo que nos hace suponer de antemano que si optamos por una remera escotada el precio a pagar será soportar la mirada fija en nuestros pechos de más de uno a quien ni siquiera le insinuamos el más mínimo interés?

En un texto titulado sugestivamente “El mandato de la violación” (incluido en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, Ed. Prometeo) la antropóloga argentina Rita Segato plantea que la alegoría por excelencia de la violación es la constituida por la male gaze o mirada fija masculina, que “captura y encierra a su blanco, forzándolo a ubicarse en un lugar que se convierte en destino, un lugar del cual no hay escapatoria, una subjetividad obligatoria (...) La gaze es ese mirar abusivo, rapaz, que está al margen del deseo y, sobre todo, fuera del alcance del deseo del otro. Como tal, constituye la forma más despojada de violación”.

Tal vez, en esos momentos álgidos en que la violencia se presenta con su cara más cruda, muchas mujeres hayan fantaseado con convertirse mágicamente en la Tigresa Acuña que, embarazada de tres meses, le pegó en la boca del estómago a un tipo que la estaba molestando en la calle y lo dejó gateando.

¿Aprender a pegar, a patear, a correr o gritar a tiempo ayudará a variar el panorama? ¿Se puede contrarrestar la violencia con respuestas violentas? “Cometemos un gran error cuando igualamos la violencia opresiva con la violencia autodefensiva”, señala en comunicación con Las12 Martha McCaughey, doctora en Sociología y directora del área de Estudios de las Mujeres en la Appalachian State University, de Estados Unidos. “La fuerza física no es un coto masculino, las mujeres tienen derecho a usar su fortaleza para protegerse cuando es necesario”, sostiene McCaughey, autora de Real Knockouts: The Physical Feminism of Women’s SelfDefense (Nocauts reales: el feminismo físico de la autodefensa de las mujeres), un libro señero en la materia. “Usar la fuerza física en autodefensa no es lo mismo, legal o moralmente, que usarla para ser un matón o para dominar y vulnerar totalmente a alguien, como lo hacen los violadores o maridos golpeadores.”

Autotransformacion

Susana, de 54, y Silvia, de 36, se conocieron el año pasado en un curso de Defensa Personal Femenina en un gimnasio de Morón que integra una red de escuelas de Soo Bahk Do, un arte marcial de origen coreano. Amantes de los deportes y el ejercicio físico, las dos también vivieron varias situaciones de violencia callejera (como robos), pero que no fueron determinantes a la hora de empezar sus prácticas de defensa personal.

“Muchas veces nos sentimos más indefensas de lo que en realidad estamos”, reflexiona Susana en un alto de su jornada laboral, dedicada a los masajes terapéuticos y a la estética corporal. “Cuando practicamos, ejercitamos mucho, golpeamos, pateamos, aprendemos técnicas para bloquear, pegar y hasta derribar al atacante, eso hace que el cuerpo cambie y se fortalezca. Por otro lado, te enseñan a estar alerta, preparada y segura. Esto influye en tu interior, te cambia no sólo por la posibilidad de defenderte de un atacante sino que te mantiene calmada y segura ante muchos conflictos de la vida cotidiana.”

Silvia, responsable de Comercio Exterior y Logística de una empresa, suele salir temprano de su casa y volver tarde, y además, cuando no logra coincidir con amigos, viaja sola de vacaciones. Estos son dos de los motivos que la impulsaron a iniciarse en Soo Bahk Do, una práctica que le permitió sentirse segura y preparada ante situaciones de riesgo en las que pudo estar más alerta, tomar ciertos recaudos y mostrarse con una actitud distinta como para zafar del peligro: a la noche cuando un hombre la seguía o ante un asalto que luego se consumó pero del que todas las personas salieron ilesas. En ninguno de estos casos, aclara, tuvo que llegar al contacto físico. “Creo que haber participado de clases de defensa personal sirvió para que esas situaciones de riesgo no tuvieran otro desenlace. Incluso me sirvió en mi actitud para superarlas, continuando con mi vida normal, sin dejar que esto provocara que decidiera no regresar tarde o sola a mi casa, por ejemplo.”

Actitudes como las de Susana y Silvia, de afirmación de la propia fortaleza (física o psicológica) ante ataques de hombres, parecen casi una novedad en un contexto en el que imperan los consejos para mujeres desvalidas, inermes y débiles.

Como las practicantes bonaerenses de Soo Bahk Do, McCaughey también sintió esa especie de seguridad liberadora cuando comenzó con sus clases de defensa personal. En Real Knockouts... dice que ella era una “feminista atemorizada” antes de esa experiencia. Hoy, a más de una década de haberlo escrito, se ríe de eso. Pero en la actualidad se reconoce como una “feminista física”, que desafía las expectativas sexistas sobre el comportamiento físico, los hábitos o las conductas de las mujeres.

Eso que se espera que las féminas hagamos (no empujar, no gritar, no hablar imperativamente... en fin, ser dóciles) forma parte de esa complejísima trama que la socióloga norteamericana y, tantas otras colegas, llama “la cultura de la violación”. “Es, sobre todo, un contexto cultural que ‘permite’, da soporte e incentiva a la violencia contra las mujeres –explica–. Ofrece un clima favorable para esto celebrando por un lado la agresión y la fuerza masculina y, por el otro, la debilidad y vulnerabilidad femenina. La cultura de la violación nos provee de modelos de masculinidad y femineidad que sugieren que los hombres ‘necesitan sexo’ y se pueden poner violentos para conseguirlo, mientras que las mujeres aprenden que es grosero poner límites de manera imperante y que ellas existen para complacer a las personas, sobre todo a los hombres.”

En Las estructuras elementales de la violencia.... la antropóloga Rita Segato plantea que las relaciones de género, tal como las conocemos en “la larga historia patriarcal”, serían la célula elemental de toda violencia. A partir de esta idea, va un paso más allá y dice que en nuestras culturas existe un “mandato de violación”. “La violación forma parte de una estructura de subordinación que es anterior a cualquier escena que la dramatice y le dé concreción”, puntualiza en uno de los textos que integran el libro, que fue escrito a partir de numerosas entrevistas a hombres presos por cometer este delito. “El mandato de la violación, planteado por la sociedad, rige el horizonte mental del hombre sexualmente agresivo por la presencia de interlocutores en la sombra.” Hay, entonces, en torno del acto cruento un coro multitudinario que lo constituye, que lo habilita, que lo impulsa. (...) “Para que esta situación sea modificable, ese sujeto debería abrirse e incorporar un mundo de otros transformados: una mujer cuya libertad no lo amenace, unos compañeros que no le impongan condiciones para pertenecer y unos antagonistas que no muestren a sus mujeres como extensión de sus posesiones y su honra.” Sin otros transformados, ¿las destrezas físicas para prevenir o enfrentar un ataque pueden protegernos realmente?

Corajudas

En el último cuarto de siglo, han surgido aquí y allá grupos de mujeres que rescatan la defensa personal como una herramienta más para la transformación de una cultura en la que la violencia contra las mujeres aparece naturalizada en la mayoría de sus expresiones. “Queríamos ser protagonistas de nuestra propia defensa, no sólo las víctimas pasivas, rompiendo falsos estereotipos sobre la debilidad física de las mujeres”, recuerda sobre sus inicios en la autodefensa la fisioterapeuta Maitena Monroy, militante de la Asamblea de Mujeres de Vizcaya, España.

Desde hace veintiún años, Monroy dicta cursos de autodefensa feminista en diferentes municipios españoles. Ayuntamientos como los del País Vasco se han ocupado de promover desde el Estado este tipo de actividades. Poner en primer plano la palabra “feminista” viene a cuento porque “no se trata sólo de dar soluciones individuales para sentirnos más seguras y libres, sino de cuestionar el origen de la violencia y sus repercusiones cotidianas para el colectivo de las mujeres, así como reclamar a los poderes públicos su deber de actuación –señala Monroy–. No hay maltrato físico sin previa violencia psicológica, y no se puede entender la magnitud, persistencia e intensidad de la violencia contra las mujeres sin analizar la violencia simbólica, a través de la cual las mujeres aprendemos a sentirnos vulnerables y a sentir miedo”. Cuenta Monroy que además de las técnicas físicas resulta fundamental romper con los mitos y estereotipos que hay alrededor de la violencia. Al respecto agrega Martha McCaughey: “Las mujeres tienden a creer que el cuerpo de los varones es tan agresivo, fuerte e imparable que no hay nada que una mujer pueda hacer si es atacada, lo que las hace sentir desamparadas y más temerosas”.

Un ejemplo de estrategias de autodefensa feminista en nuestro país es el “Muestrario de Autodefensa para Niñas” (ver recuadro “Chicas poderosas”), realizado por el grupo Fugitivas del Desierto, de Neuquén, en ocasión del Día Internacional de Lucha contra la Violencia hacia las Mujeres, el 25 de noviembre pasado. “Nosotras no somos expertas en autodefensa –aclara la maestra y escritora Valeria Flores, una de las integrantes de Fugitivas–. Lo que hicimos es utilizar el discurso de la autodefensa, asociado a la defensa contra las agresiones y la hostilidad de los varones, y relanzarlo desde un lugar que critique los modos en que nos hacen y convierten en ‘niñas’, es decir, el dispositivo de feminización que implica una gran violencia en el modelado de los cuerpos.”

Ninguna de las Fugitivas propone renunciar al reclamo ante las instituciones que deberían actuar para evitar y prevenir las violencias y, en caso de ser cometidas, juzgarlas. Pero reivindican la autoorganización y autodefensa de las mujeres. “Lo que cuestionamos es que en el discurso acerca de la seguridad de las mujeres establecido por los medios y por un sector del feminismo se pone el acento en delegar al Estado la supuesta ‘protección’ como única respuesta al problema. Para dar un ejemplo, las Lesbian Avengers, en Estados Unidos, tenían comandos nocturnos que patrullaban ciertos sectores de la ciudad para prevenir o actuar en casos de agresiones hacia mujeres, lesbianas y gays.”

La doctora en filosofía Diana Maffía, diputada de la ciudad de Buenos Aires (por la Coalición Cívica) e integrante del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA, opina que está muy bien utilizar los recursos que las mujeres consideren convenientes para evitar violencias en su contra. Pero hace una salvedad. “La defensa individual no modifica el patrón general, y el patrón general es un patrón de apropiación de los cuerpos de las mujeres –señala–. Una mujer puede aprender judo y eso le puede servir para que, llegado el caso, le haga una llave al violador y salga corriendo. Pero con eso no hemos cambiado el estado de cosas que hace que toda mujer sea potencialmente una víctima de violación.”

Para modificar ese estado de cosas, Maffía considera que lo que hay que cambiar es la relación de la fuerza física con el poder. “Si se considera que el poder lo tiene quien tiene fuerza física, que en general son los varones, entonces la manera de tener poder es adquirir fuerza física y músculos. Yo no creo que haya que hacer ese trabajo de adquirir fuerza y músculos, hay que hacer el trabajo ideológico de cambiar la concepción del poder y el vínculo del poder con la violencia y la fuerza física”, reflexiona.

Otro mundo es posible, seguro. Luego de un sinnúmero de advertencias, hoy sabemos que el fin de la historia todavía no llegó y que, por el contrario, la seguimos escribiendo. Es más, algunas, como Segato, se animan a vislumbrar un tiempo post patriarcal. Hasta que llegue ese día en que hombres y mujeres seamos esos “otros transformados” que invoca la antropóloga, tal vez no sea una mala idea trabajar para abandonar nuestro lugar de víctimas potenciales y convertirnos en mujeres fuertes y valientes. ¿Acaso –como cuestiona McCaughey en su libro Real Knockouts...– el coraje es una cualidad intrínsecamente masculina? A lo mejor, no sea necesario tener (o poner) huevos para capear al agresor.

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