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Viernes, 20 de febrero de 2009

ESCENAS

La seguridad de los objetos

 Por Guadalupe Treibel

Los objetos re-significados en la vida de Lucila Teste penden de un hielo y, así, colgados sobre una tierra inquieta (Buenos Aires, Barcelona, el mundo) definen más que la primera persona: son síntesis de la parte oscurísima de la historia argentina. La última dictadura militar, en la mirada de una chica de clase media, pelirroja, huérfana a los ocho meses de madre y padre abogados por capricho militar, crueldad nacional. Entonces, preparada para el público multibarreras, la actriz y autora mezcla el recuerdo con la historia dura, de manual, y va fijando el hilo para que no flaquee la memoria.

“Contar mi historia. Nada más”, dirá ella. Y el “nada más” será “nada menos” porque la carga (social, personal, nacional) es la de una época entera. Así inaugura su propuesta, Hija de la dictadura argentina, con música de Gotan Proyect y un leitmotiv: el poema “Confianzas”, de Juan Gelman, en la voz de Cecilia Roth.

En el trayecto, el monólogo autobiográfico tomará recursos varios: desde el baile tanguero (que termina en la desproporción pulsional de la descarga que gira y gira y gira, hasta el grito), el santuario/altar para sus (y todos los) desaparecidos, la posesión en manos (o gorro) de Videla (donde Teste se desdoblará –dolorosamente– en Hija y Dictador), una introducción a todo dibujo animado (el recuerdo de ser chico...) y mucho más.

Con la artillería artística bien cargada, la catarsis no tarda en llegar. Pero antes, el unipersonal abre el abanico a la contemporaneidad toda: de Perón hacia adelante, Teste recorta los años con claridad: guerra/guerrillas, Plan Cóndor, rol de Estados Unidos, Proceso de Reorganización Nacional, Mundial. Y, para eso, quizá con fines didácticos internacionales, se anima a algunos lugares comunes efectivistas (¿necesarios?): las imágenes de Madres quizá vayan en esa dirección.

Con todo, el juego de sombras con el simbolismo del viaje que cruza el mar (la propia bio habla del autoexilio a España), la valija que carga los objetos personales que definen su vida (gorro, pétalos, banderita, hábeas corpus y más) compensan los puntos débiles.

Aún con la voz quebrada (naturalmente quebrada), las palabras de Teste salen con convencimiento. Su recorrido por el barrio (Recoleta, previo al noviembre del ’76 que le arrancó a sus padres) habla de una historia que podría haber sido diferente. Cuando lo importante era el helado de Freddo, los gustos a elegir.

Como ritual y homenaje, la obra apuesta a reforzarse con todo un bagaje multimedia (cámara, sombra, video, etc.) que pule el mensaje. Con dirección del español Arià Clotet, Teste hace de la emoción, pedagogía (no tanto para el argentino sino para el for export) pero con sutileza del mundo personal que invade. Porque, como diría Gelman:

Se sienta a la mesa y escribe
“Con este poema no tomarás el poder” dice
“Con estos versos no harás la Revolución” dice
“Ni con miles de versos harás la Revolución” dice

Pero ocurre que ya no importa. Por suerte, la pulsión de arte es más fuerte y vuelve, cada tanto, con partecitas de historia a comunicar. Y en 90 minutos el mensaje será catártico, para Teste y el público que –en silencio– quedará viendo el altar autoconfesional, el simbolismo hecho carne, los fragmentos del discurso de la memoria que cruzan a todos.

Hija de la dictadura argentina se presenta hoy y el viernes 27 de febrero a las 21 en el Centro Cultural de la Cooperación, sala Osvaldo Pugliese, Avenida Corrientes 1543.

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