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Viernes, 24 de enero de 2003

PIONERAS

¡Maestra!

Figura mítica del tango danzado, maestra sin formación académica, María Nieves –ex pareja romántica y artística de Juan Carlos Copes– arrasó en el 2002 como la madama del musical Tanguera. Guerrera indoblegable, sobrevivió a una infancia durísima, al abandono de su partenaire, y hoy –vital y animosa– se apresta a debutar en Madrid.

 Por Moira Soto

En una tarde porteña incandescente, lo primero que hace María Nieves, que no tiene ni aire ni ventiladores en su departamento de Belgrano, es regalarle un precioso abanico a la cronista (que se resiste débilmente, pero lo acepta). La gran bailarina de tango es así: generosa, agradecida, atenta, cariñosa. Al borde de los 68, no es de las que falsean su edad diciendo que fueron coristas a los 12... Por el contrario, ella recuerda y exalta –en las alegrías y en las tristezas– cada etapa fechada de su vida. Al verla ahora, con esa pasión intacta por el tango, dichosa por el suceso de Tanguera, dándose por resarcida de pesares e injusticias, parece mentira que esta dama pícara y salerosa haya vividos largos momentos de enorme desolación, de carencias elementales. María Nieves da la impresión de haber trocado todas esas desdichas en energía positiva, en la alegría de que siga el baile y de que nadie le quite lo bailado... Es que ella, ya cuando iba al club los fines de semana con sus baqueteadas (y únicas) pollera y blusita, ya sabía atrapar las rosas de la vida y disfrutar con su perfume y su belleza.
“Creo que me enamoré del tango mucho antes de saber que se podía bailar”, memora María Nieves. “En la radio, cuando yo era chica, casi la única música que se escuchaba era el tango, ahí en el barrio de Saavedra. De familia muy, muy pobre éramos nosotros. Mi papá, gallego él, trabajaba de lechero y murió muy joven, a los 45, de una enfermedad que en ese tiempo no tenía cura: la tuberculosis.”
–¿Cómo fue que empezaste a prestar atención al tango? ¿Qué emociones te provocaba?
–Al lado de mi casa vivían mi madrina y mi padrino, que era jugador de Platense –por eso soy de ese club a muerte–, con una hija de mi edad. Como yo no tenía ni un juguete, en mi casa les ponía un trapito a los sifones en la parte de arriba, donde se aprieta, y eran mis muñecas. En cambio, esta chica de al lado, Nidia, en mejor situación económica, estaba llena de chiches y me dejaban ir a jugar a la mamá con ella. Pero hete aquí que en una de esas mi madrina ponía un programa de radio de tango. Y yo paraba de jugar, agarraba una escobita y llevaba el ritmo caminado. No lo había visto nunca bailar ni en una película ni en un club. Era muy chica, pero se ve que el tango escuchado por radio se me metió en la sangre, me movió el esqueleto.
–¿Es decir que estabas tironeada entre las muñecas de Nidia y el tango?
–Sí, y el sifón, con el que me entretenía mucho sola. Fue algo raro lo que me pasó con el tango, eso de adivinar que la cosa era en pareja en mis primeros pasos de baile, espontáneos. Me llamaban la atención los tangos orquestales, la pura música: D’Arienzo, más alegre, con su ritmo ligerito, nada que ver con Pugliese, Di Sarli, más melódicos. Después, cuando empecé a bailar, me tiré para estos últimos, para Aníbal Troilo.
–¿Cómo te fue en el colegio?
–No llegué a sexto grado, así de simple: se cortó con la muerte de mi papá y a mí nunca me gustó estudiar de manera formal, obligada, lloraba todo el año. Me hacía la rata varias veces por mes. Nos íbamos con mis hermanos o mi hermana, más grandes, a caminar por Palermo.
–¿Alguna vez se dieron cuenta en tu casa?
–No, pero tuvimos muchos problemas en el colegio: decíamos que estaba enferma mi mamá, que estaba enfermo mi papá... Una vez faltamos un mes entero, porque después de no ir unos días, teníamos miedo de enfrentar a la maestra, que en aquel entonces tenía mucha autoridad. Nos moríamos de los nervios, no sabíamos que hacer. Entonces mi hermana inventó que mi papá se había ido a España, que ella había tenido que ponerse a trabajar de sirvienta y que yo debía ayudar a mi mamá embarazada... imitamos la firma de mi papá en el cuaderno y él nunca se enteró: desde esa fecha no faltamos más. Pienso que, sobre todo, lo que nos hacía huir del colegio era la vergüenza por nuestra pobreza, por tener ese delantal que nos daban una vez al año y que se iba rompiendo, que no estaba impecable, almidonado como el de las otras chicas. Yo sabía que era Nieves Rego, la pobre, que me daban un vaso de leche porque estaba desnutrida. Y me sentía disminuida, discriminada. Te hacían de lado.
–¿No podías confiar este malestar ni a tu padre ni a tu madre?
–No, no: mi mamá, pobrecita, no tenía autoridad. Mi papá laburaba como loco para que no faltara al menos un plato de sopa. Ellos apenas nos miraban desde la puerta cuando salíamos para la escuela. Nunca nos llevaron ni nos fueron a buscar, nunca hablaron con la maestra. Pensá que mi mamá era analfabeta, no tenía facilidad de palabra, vivía su propio drama: inmigrante, arrancada de su pueblo, de los suyos... Eramos cinco hermanos y tuvimos una infancia de grandes privaciones, incluso afectivas. No sólo no había gestos de cariño hacia nosotros sino que mi papá le pegaba a mi mamá. Y aunque nos doliera, los hijos pensábamos que era una cosa normal, que él tenía derecho. Cuando crecí, comprendí que no, que ese trato siempre es inaceptable, especialmente hacia alguien más débil. Pero él se descargaba así. Son cosas que te marcan mucho más de lo que vos creés. Y mi mamá, completamente sometida, no decía esta boca es mía. También... era la mentalidad más machista de la época. Y pensar que esta violencia de muchos maridos sigue existiendo...
–¿Recordás el momento en que el tango empezó a ser para vos una auténtica pasión?
–Antes de eso pasaron otras cosas: cuando dejé el colegio, a los 9, trabajé de sirvienta por primera vez, con cama, allá por San Isidro. Me pegaban, me exigían mucho. Era una casa de dos plantas, con parque. Yo tenía que limpiarlo todo y nadie me había enseñado, apenas había visto a mi mamá fregar una pieza y una cocina, que así era nuestra casa. Una vez mi patrona me dio vuelta la cara de un bife porque sin querer manché con la mano engrasada la pared. Me dejó los cinco dedos marcados y me tuve que tragar solita el dolor físico, la humillación, la impotencia. ¿Sabés el único descanso que me daban? El domingo, dos horas después de comer y de lavar los platos. Cuando se cumplió el mes, me pagaron tres pesos de la época –eran los años ‘40– o algo así, y mi mamá me sacó. Para seguir trabajando de lo mismo, pero en sitios donde me trataron mejor y me iba a dormir a mi casa.
–¿Te generaba algún resentimiento esto de servir a gente que tenía tanto mientras que a vos te faltaba lo elemental?
–No, de verdad que no, pero apreciaba mucho cualquier gesto de cariño, de buena voluntad. Si quedé resentida, fue por el golpe injusto de esa señora. Era una nena, fue muy doloroso. Me asustó, creí que me iba a matar. Después pasó lo del patrón que a veces me convidaba con alguna barrita de chocolate Dolca. Un día me ofreció una, me agarró la mano y me zampó su boca en la mía. Me zafé, lo insulté. Me amenazó: “Si decís algo,esta noche te mato”. Quedé aterrada, me encerré en el garaje donde dormía, aunque en ese caserón sobraban las habitaciones. Yo ni siquiera tenía luz.
–Sos una auténtica sobreviviente...
–Lo soy, sí. Pero creo que supe sacar alguna enseñanza de las cosas que me fueron pasando. Por suerte tuve fuerza vital, capacidad para disfrutar de las cosas chiquitas, entusiasmo.
–¿A qué edad descubrís la milonga, comenzás a bailar de verdad?
–Mi hermana mayor empezó a ir a Platense, que quedaba a cinco cuadras de mi casa. Yo iba a los bailes con las chatitas cuyos agujeros rellenaba con papel... A los 10, ya acompañaba a la Ñata, pero no bailaba, claro: me quedaba dormida en el hombro de alguna señora después de potrear, ir a las hamacas. Todavía no me interesaba el baile. Hacia los doce, empecé a tomarle el gustito, a mirar a los muchachos.
–¿Las hormonas empezaron a moverse?
–Efectivamente: “Qué lindo muchacho, cómo me gusta, si bailase tango, lo haría con él...”, pensaba para mí. Esto cuando aparecía alguno joven entre tanto veterano. Lo bueno fue que empecé a mirar con más atención cómo se bailaba el tango. Lo malo es que iba al baño, donde casi todas las muchachas fumaban. Y como yo quería ser grande, empecé a fumar a los once, y no paré nunca más. Menos mal que es mi único vicio, si no, ya estaría muerta. De joven tomaba bastante whisky, pero nunca me pudo el alcohol.
–¿Acaso encontrabas en el cigarrillo alguna forma de compensación por tanta privación, tanta soledad?
–Seguro que sí. Pensá que de chica no tuve nada, nada. Lo poco que ganaba se lo entregaba a mi mamá. Por eso traté de ayudar a mis hermanos todo lo que pude: les pedía juguetitos en desuso a las patronas, me hacía una cola de dos cuadras en el tiempo de Perón para recibir un muñeco, les compraba algo de ropita. Cuando me fui haciendo señorita ni hablar de pintura, no podía comprarme corpiños siendo que tenía mis buenas tetitas aun antes de desarrollarme... El cigarrillo entonces, era un compañero, un placer prohibido, un desahogo. Nunca lo dejé, ni enferma.
–Pero vos sos como la propaganda viviente del pucho...
–¿Yo? Soy “hola pucho”, no “chau pucho”.
–Estábamos en que te empezó a gustar el baile mirando bailar a los tipos...
–Sí, así fue. Y aprendí a bailar mirando, nunca nadie me dio una indicación. Cuando me largué, a los 14, 15, ya sabía cómo hacerlo. Mi hermana era una gran milonguera, pero a mí todavía no me dejaba, me decía que era una mocosa culo sucio, que me fuera a lavar la bombacha.
–Como correspondía a tu temperamento, ¿vos la desobedeciste?
–Claro. El lugar era muy grande, ella salía a bailar y cuando iba por la mitad de la pista, yo me las arreglaba para hacer lo mismo en una esquinita. A cara lavada, con una blusita y una pollerita que me había hecho una patrona, que las usaba toda la semana y el sábado las lavaba y me las ponía para ir a bailar.
–¿Y tan contenta?
–Contenta es poco. Con ese arreglo tan sencillo me mandaba un tango en un cuadradito y me soltaba antes de que volviera mi hermana. Así me pasaba toda la noche, con grabaciones: tres tangos de D’Arienzo, tres valses de Troilo, tres milongas. En ese club no se dejaba hacer figuras difíciles, firuletes, venía uno de la comisión a retarte, decían que no era decente. En el único lugar, más adelante, donde hacíamos lo que queríamos fue en el Club Atlanta. A Copes lo conocí en el Estrella de Maldonado; pero empecé a bailar con él en Atlanta. Ibamos a clubes de barrio: el All Boys de Saavedra, el Mariano Moreno, el Pañuelito, el Sin Rumbo.
–¿Ya sentías que el tango iba a ocupar un lugar decisivo en tu futuro?
–No exactamente: iba por el gusto de bailar, pero no se me pasaba por la cabeza que llegaría a hacerlo profesionalmente, ni siquiera sabía queexistía esa posibilidad. No tenía modelos. Al que se le metió acá (Nieves se golpea la frente) bailar profesionalmente fue a Copes. Un adelantado, así como te digo que a mí me jorobó la vida, le reconozco ese mérito. Hay un antes y un después de él... Cuando conocí a Copes, trabajaba de sirvienta en La Boca, esa gente fue la que mejor me trató, yo era como hija de la señora. Fue mi último trabajo, ella me apoyó cuando conocí a Copes y empezamos a ensayar con espíritu más profesional.
–¿Copes fue el primer amor o hubo algunos noviecitos antes?
–Nunca tuve novio en los años que fui a los bailes antes de conocer a Copes, todos eran amigos. Tenía 14 cuando él apareció y me enamoré en el acto. Te aclaro que cuando Copes llegó al Estrella de Maldonado no sabía bailar, era un carro total. Pero tenía tanta pinta que todas caían rendidas. Yo, que todavía supuestamente no bailaba (así lo creía mi hermana), tenía un lomo impresionante, el pelo largo ondeado. Con cara lavada y ropa humilde, era bien bonita. Y parece que Copes preguntó quiénes eran las que mejor bailaban. Le señalaron, entre otras, la barra de mi hermana, que milongueaban de maravillas. Y este muchacho Copes se planta ahí con esa facha y todas, empezando por mi hermana –que nunca salía a bailar con un tipo que no supiera–, se derritieron. La primera que le dijo que sí fue la Ñata. El bailó como el culo, agitando el brazo. Después sacó a otras que salieron sólo por lo buen mozo que era. No me lo olvido: morocho, de traje gris, camisa celeste, impecable, elegante. Zapatos de gamuza estilo Divito, parecía un cajetilla de poco menos de 20. Era electrotécnico, trabajaba en el Ministerio de Educación. Después intentó sacarme a mí. Di vuelta la cara porque mi hermana me mataba si salía. Se avivó y se fue. Al año apareció en Atlanta muy mejorado, sin pasos difíciles, pero ya sabía manejar a una mujer con soltura. Había practicado entre hombres, como se hacía antes. Yo ya tenía quince y no recuerdo si mi hermana me dio permiso o me largué sin él, pero bailé con Copes. Me dijo un piropo muy lindo que me lo olvidé. Me enamoré locamente. Pasaron algunas semanas, lo volví a ver, Copes bailaba con todas. Hasta que un día me dijo que quería salir conmigo. Le informé que tenía que hablar con mi hermana... Entonces, un jueves él nos invitó a la Ñata y a mí a ir a bailar a Quilmes, aseguró que había un recreo donde se milongueaba a lo grande. Y ahí, la agarró contenta y le comentó que quería ser mi novio. “Pero de verdad –le respondió ella–, porque para jugar tenés muchas.” Después, me sacó a bailar y me dijo: “Ya somos novios”. Me pidió que lo acompañe afuera porque tenía que hablar por teléfono. Salimos, habló y luego me enseñó. Porque como yo, querida, no iba al cine y no había televisión, no sabía cómo se besaban un hombre y una mujer. El me dio las indicaciones y me besó. Sentí que me ponía colorada, no quería entrar de nuevo pensando que mi hermana se iba a dar cuenta. ¿Y sabés que cuando salíamos y chapábamos como locos me parecía que la gente se daba cuenta? Tardamos un año en acostarnos. Fue un lindo amor.
–¿Cuándo empieza el tema de bailar el tango en serio, creando figuras?
–Teníamos yo 17 y él 20. Antes de ser profesionales, en Atlanta éramos muy reconocidos. Empezamos a tener nombre entre los milongueros. Nos llamaban de los clubes para hacer campeonatos. Siempre salíamos segundos. Había acomodo, llenaban los clubes con nosotros y como no éramos peronistas, nos daban el segundo puesto, pero para la gente éramos los ganadores.
–¿Cómo trabajaban Copes y vos las coreografías que iban a hacer?
–Era de a dos, porque yo aportaba, inventé muchos pasos, aunque no me considero coreógrafa. Empezamos a exigirnos más en la etapa siguiente, cuando quedaron atrás los campeonatos y nos empezaron a llamar para hacer exhibiciones; ahí se produjo un cambio, en los ‘50. Nos anunciaban como El Estudiante y Nieves. Todavía no ganábamos ni un centavo, esta afición más bien nos ocasionaba gastos. Por suerte él trabajaba, por eso tienejubilación y yo no. Largó la facultad por el tango, estudiaba Ingeniería electromecánica. El primer trabajo profesional fue en Tangolandia, con Canaro. Los primeros que nos dieron unos pesitos fueron Alfredo Aróstegui y Maruja Boga, gente de radio, que empezaron a hacer funciones en salas en Villa Urquiza, San Isidro, y siempre confiaron en nosotros. A mí todavía me daba mucha vergüenza salir a saludar después de los aplausos.
–¿Pensás que no se le ha hecho realmente justicia a la pareja Copes– Nieves, en cuyas coreografías están las bases de lo que vienen haciendo unos cuantos bailarines durante el último par de décadas?
–Y... te puedo decir que del tiempo del Cachafaz no quedaron tantos pasos. De nuestra época, ¿sabés qué cantidad tienen nuestro sello, aunque no lo reconozcan? Y ahora los hace el país, pero no están registrados... Por eso yo lo reconozco: él es un grande. Casi desde el principio, Copes tenía en mente que en el Colón había que enseñar a bailar tango, para mantenerlo vivo, y sacarle lustre. Y ahora se llevan los laureles otros.
–¿Cuándo fue la primera vez que te pintaste?
–Todavía estaba en La Boca, esa señora fue una madre sustituta para mí. Ella hacía un rimel con jabón negro. Me preparó una cajita y me recomendó: “No podés llorar y que no te agarre la lluvia”. Dejé esa casa cuando nos pagaron los primeros números vivos. Pero después tuve que ir a trabajar a una fábrica porque no nos contrataban. El tango todavía era mala palabra. Alrededor del ‘55 empezamos más profesionalmente, pero ganando chaucha y palito. Al menos, ya me podía comprar un poco de maquillaje, hacerme un vestido. Cuando hacíamos Tangolandia, del Nacional me caminaba hasta Callao para tomar el 60, y después ocho cuadras hasta mi casa. Estábamos con Nélida Roca, Adolfo Stray; entonces la revista era un lujo, una maravilla. Copes inventó el recital de tango-danza. ¿Querés que te diga una cosa? De los que están en el candelero hoy día, todo se lo deben a este hombre. Este las inventó todas de puro intuitivo, sin bases académicas. Después se perfeccionó. El tipo buscaba pasos, figuras, la forma de equilibrar las parejas en escena.
–Por casualidad, ¿Copes miraba musicales de Hollywood?
–Sí, el espejo de él fue Gene Kelly, y el mío Cyd Charisse. Yo no tenía a quien mirar aquí: no sabía lo que era el ballet, no tenía para ir al Colón. Sólo iba al cine a ver a Kelly y a Cyd, a Fred Astaire. Copes tenía mucho talento natural y era muy ambicioso. Decía: “Si el americano crea esos bailes con el jazz, ¿por qué no podemos hacer el equivalente con el tango?”. En la revista del Nacional, éramos diez parejas de bailarines aficionados. Fuimos muy aplaudidos. Tangolandia estuvo cuatro años en la calle Corrientes. Ya más adelante, cuando hacíamos el Copes Tango Show con María Nieves, que estuvimos en tantos sitios, ya con vestuario, con argumento, nos contrataban por el famoso número de la mesa. Pero buena plata recién empezamos a ganar en los ‘80, con Tango Argentino. Tuvimos que esperar mucho para comprarnos la primera casita, en el barrio de Saavedra, a pagar en cuotas. Antes, lo que pagamos con creces fue flor de derecho de piso, años de vida.
–¿Cómo fue la gira con Tangolandia?
–Francisco Canaro le dio ese nombre al hermano porque no quería ir. Fuimos a Brasil, Venezuela, San Salvador, Cuba, México. Después se disolvió la compañía y nosotros nos fuimos a Nueva York, donde fue todo muy arduo, tremendo. Años ensayando, alquilábamos salitas, hacíamos audiciones, pero al tango, ¿quién lo conocía? Hasta que nos dieron la oportunidad en un lugar latino, El Chico, en el Village. Lindo, simpático, estuvimos bastante, siempre ganando poco. Cuando se terminó nos queríamos volver, pero no había plata para el pasaje. Después nos contrataron en el Chateau Madrid, latino también, pero de más categoría, iban americanos importantes. De ahí pasamos a animar fiestas judías en lugares caros, con shows de primera calidad. Ibamos como soporte, hacíamos la mesa, quinceminutos a todo vapor para abrir. Después venían figuras del calibre de Frank Sinatra, Jimmy Durante, Danny Kaye... De ahí nos salió New Faces 1962, que nos contrataron sólo a nosotros dos porque había un coreógrafo, Vassili Lambinos, que nos recomendó. Hicimos Nuevas caras, vinieron los scouts del “Ed Sullivan Show”. Estar allí era tocar el cielo con las manos. Pero nos tiraba el país nuestro: nos llamaron de Caño 14, y era muy importante para nosotros estar allí, Copes quería tener su compañía y triunfar en su tierra. Después, él llamó a Astor Piazzolla como director musical, hicimos giras por Latinoamérica, Europa.
–¿En estas fechas ya te habías casado?
–Sí, me casé en Las Vegas, donde trabajamos mucho. A mí ya no me interesaba legalizar. Y fue casarnos y que se rompiera la relación de pareja.
–¿Resultó verdad que el matrimonio es la tumba del amor?
–¿Sabés que sí, que mientras no tenés papeles hay un cuidado mutuo, un miedo de perder al otro? Y cuando te casás, se pudre todo.
–Pero el baile siguió.
–Sí. Mirá, a partir de la separación matrimonial en el ‘77, empecé a crecer como artista: toda mi bronca, todo mi orgullo los volqué para superarme ahí arriba. Ahora te voy a demostrar lo que valgo, pensé para mí, y empecé a superarme, a lanzarme con todo y al mismo tiempo a ser más yo, a estar menos supeditada a él. Mucha gente que no sabía que estábamos separados, me decía: “Cómo se les nota la pasión en el escenario...”. En realidad, lo miraba con la pasión... del odio. Nos sacábamos chispas, en el escenario nos agrandábamos. Lo mismo en el último Tango Argentino, en el 2000, no queríamos bailar juntos. Hicimos un acuerdo, me convenía la guita y salió bien artísticamente. Estuve mucho tiempo sometida a él sin darme cuenta. Ahora valoro mi autonomía. Bailo feliz, contenta, me canso menos, me siento libre, sin lastres.
–¿Cómo viviste la ruptura de esa pareja de baile que era casi simbiótica?
–Sólo yo sé las que pasé. Terrorífico. Lo que menos me esperaba era que me escupiera de la forma en que lo hizo. Ni siquiera me lo planteó cara a cara. Para nada. Me lo mandó a decir por González Gil: que dentro del espectáculo De Borges a Piazzolla no había cabida para mí. Sólo yo sé cómo caí. Y cómo me levanté después de tocar fondo, sin ninguna terapia.
–¿Tanguera fue una suerte de venganza imprevista?
–Diría que bailar con Luisito Pereyra fue mi revancha.
–Pero en Tanguera, un espectáculo lujoso, exitoso, donde no sos la protagonista, el día del estreno, nada más pisar el escenario del Nacional como la Madama, se vino abajo el teatro.
–Ah, eso es verdad, para mí el estimulo más grande fue ese calor del público hacía mí. También me pasó en Chile. Sí, en realidad, tremenda revancha.

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Con Juan Carlos Copes, cuando la pasión era amor.
 
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