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Viernes, 24 de enero de 2003

MúSICA

Raíces

Mariana Baraj ha participado en tantos discos de rock como de jazz, pero cuando tuvo la oportunidad de elegir su repertorio buscó en el folklore. No sabe por qué, pero esa es la música que la emociona desde que usa guardapolvo blanco.

Por M.D.

Fue como en las películas, al menos como en esas películas que algunas montan en el cine de sus fantasías, una en la que un cazador de talentos descubre eso que estaba oculto en una persona anónima. En el caso de Mariana Baraj el talento no estaba escondido, hacía tiempo que se la escuchaba en distintos escenarios, en esas salas donde se reúnen los que participan de esa tribu particular que forman los músicos “alternativos”, por llamar de alguna manera a quienes cultivan géneros poco populares. Y sobre las tablas la vio quien tenía la varita mágica para hacer lo que ella deseaba: un disco. No era el genio de la lámpara, en realidad si algún genio metió la cola fue el de la devaluación, porque para este filipino con residencia habitual en Nueva York y dedicado al mundo de la moda financiar el disco con el que soñaba Mariana Baraj y su grupo le costó poco menos de mil quinientos dólares. Una auténtica ganga para quien se había conmovido tanto escuchando cantar a esta mujer que deseó presentarla ante sus amigos de Luaka Boop, el sello discográfico de David Byrne. Y para eso, él también, necesitaba el disco. Esa fue la génesis de Lumbre, el primer disco solista de esta mujer a quien sin duda, antes o después, habrán llamado Negra. Es lo que sucede en estos pagos cuando alguien peina esas trenzas renegridas y apretadas y mira al mundo desde unos ojos espesos como petróleo. “Para nosotros era una necesidad tener el disco, ya hacia varios años que veníamos tocando juntos y queríamos tener ese cierre: poder plasmar en algo concreto el laburo de tanto tiempo”. Lumbre salió a fines del 2002, son doce temas que Mariana escogió entre el universo del folklore nacional. Doce canciones, algunas versionadas infinitas veces, como “La Arenosa”, del Cuchi Leguizamón. Otras casi desconocidas en los estudios de grabación, pero que andan de boca en boca, o de peña en peña, entre los cerros de Tafí del Valle, como las recopilaciones de Leda Valladares. “El repertorio lo elijo yo según me sienta cómoda para cantar, en base a eso se van arreglando los temas, algunos en grupo, otros Fernando Tarrés –guitarrista del grupo–; y los que tienen más arreglos basados en la percusión los hago yo.” El resto del grupo lo forman Jerónimo Carmona en contrabajo, Rodrigo Domínguez en saxos y clarinete y Richard Nant, también en percusión. “Los temas van apareciendo, el folklore no se agota porque siempre hay gente que está componiendo. Pero una tiene sus preferencias y busca siempre por ese lado, en mi caso por el lado del Cuchi Leguizamón o de Ramón Ayala, por ejemplo.” El disco salió entonces con la marca del sello independiente BAU –Buenos Aires Underground–, que se encargó de la distribución. Lumbre es el séptimo disco de este sello que privilegia el jazz y que con la producción de Mariana hizo lugar para otro registro.

Cada vez que la maestra de música proponía ensayar una zamba, Mariana Baraj era la primera en levantar la mano para anotarse entre quienes podrían interpretarla. No sabe por qué, pero se emocionaba cuandoescuchaba el rasgueo de la guitarra, el primero que suelen aprender los que quieren dominar ese instrumento. Era como si alguna de esas notas despertara a la melancolía como un encantador a su serpiente. “Me desbordaba por cantar”, dice ella, eligiendo también la palabra. Y algo de eso puede suceder a quien escuche su disco, casi podría decirse que hay que tomar la precaución de no hacerlo los domingos al atardecer para evitar los desbordes de melancolía que provoca el sonido de la caja y de las coplas. Es como si esa música se escuchara directamente en la panza. “A mí me gusta la música de raíz, es la que vibro, la que tiene que ver con la historia. Elijo la de acá porque yo soy de acá, pero escucho a Camarón de la Isla y también me emociono. Como también disfruto de la música hindú, de la percusión armenia o de la música popular brasileña.” A Mariana parece gustarle que la música le cuente historias, la lleve de viaje por la vida cotidiana de los pueblos, por sus climas, sus dolores, sus epopeyas y sus tiempos. Y sin embargo, apenas si ha viajado por el interior del país. No hace mucho estuvo por primera vez en el norte y entendió algunas cosas más de esas coplas desgarradas, de esas vidalas y bagualas que ella interpreta como si también le doliera la soledad de los cerros. “No sé por qué tengo esa vibración con el folklore, pero es así desde chica. Tal vez sea por mis abuelos, tengo una que es de Santiago del Estero y otra que se supone que es tucumana.” Se supone, dice, porque no la conoció, pero qué importa, algo debe haber heredado de ellas, piensa, al menos ese ritmo lento que acuna las siestas de provincia y que ella se toma para todo lo que emprende.

Lumbre es como una llama, una luz pequeña y cálida en la que es posible calentarse las manos después de algún tiempo a la intemperie. En este disco está el sello personal de Mariana, algo necesario cuando se ha nacido en una familia de músicos. De hecho su primer trabajo profesional fue cantando y tocando con su padre en el Bernardo Baraj Quinteto, que también incluía a su hermano Marcelo, baterista. Nunca fue un peso ser hija de, al contrario. Es de las que agradecen haber participado de la empresa familiar aunque eso le haya costado amanecer dormida en el fondo de un escenario, sobre unas cuantas camperas y detrás de un parlante, junto a su hermano. “Era todo muy hippie, íbamos juntos a todos lados. No existía eso de que los chicos se quedaran en la casa con alguien y los grandes salieran. Nuestra vida estaba donde estuviera mi viejo.” Y el viejo era el saxofonista del mítico grupo Alma y Vida cuando el rock nacional era una revolución y el pelo largo desafiaba a las dictaduras militares. “A veces me embolaba, pero ahora agradezco haber tenido la oportunidad de escuchar grupos re-grosos como Weather Report a los diez años, si no fuera porque andábamos en banda nunca lo hubiera hecho. Después en el quinteto aprendí mucho. Mi grupo es también un quinteto, pero es difícil trabajar con parientes, porque a veces se toman atribuciones que los compañeros de trabajo no se tomarían”. Lo cierto es que en compañía de su padre, en ese grupo que hizo música entre 1991 y 1999, ella empezó a tocar percusión además de cantar. “Siempre había ido a aprender canto, era como lo natural. Ahora es todo un bloque, a veces me siento incómoda si tengo que cantar sin un instrumento en la mano. Aunque lo tengo que hacer porque a veces me llaman para una cosa o para la otra.” Es que Mariana también ha participado como sesionista en decenas de discos, con grupos tan disímiles como Catupecu Machu, Divididos, Todos tus Muertos, Man Ray o con solistas como Liliana Herrero. “El rock me encanta, es una energía completamente diferente a la del folklore por el modo en que encaran la música y los shows. Pero la resistencia ya no es la misma, ahora para ir a escuchar a alguien a las tres de la mañana me tiene que encantar.” Y siempre hay algo por ahí que le gusta lo suficiente como para salir de la casa de Villa del Parque donde ensaya y enseña. Tiene que hacerlo porque para buscar es necesario moverse. ¿Y qué es lo que buscaMariana? “No sé, no lo voy a saber nunca creo. Lo importante es seguir buscando.”

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