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Viernes, 31 de julio de 2009

LA VENTA EN LOS OJOS

El elixir del eterno crecimiento

Las publicidades que prometen a las madres que sus hijos crecerán con unos cuantos potecitos y ofrecen tablitas con porcentajes sólo hacen crecer la desinformación y el bolsillo de la marca.

 Por Graciela Zobame

Desde nuestra tierna infancia hemos sido sometidos a muy altos mandatos a la hora de comer, razones de fuerza mayor. Generaciones enteras de niños y niñas hemos abierto la boca, sin gusto y sin hambre, a causa del hambre de los otros: terminábamos lo que quedaba en el plato porque en otra parte del mundo había muchos chicos pobres que no comían. Luego apareció la nutrición con sus precisiones. Y nos volvimos más egoístas. Cuando los datos exactos acerca de calorías y nutrientes quedaron al alcance de toda mano, en el revés de todo producto y en el argumento de toda venta, se empezó a contabilizar lo que era necesario y lo que no. Los números, los porcentajes manipulados en cuadros confusos y de apariencia muy técnica y sanitaria, pueden llevar esta intención de controlar la ingesta y la vida misma, a un error garrafal. Y lo que es peor, a convertir la buena fe de quienes buscan lo mejor para sus hijos en una sumatoria de tarritos de sopa, de postrecitos, de galletitas o de yogures para dar con la cifra que propone la tablita del eterno crecimiento. Porque algo no ha cambiado: las madres –y los padres también, aunque no lo digan en todas las publicidades– quieren que sus hijos estén bien alimentados, que no les falte nada y que crezcan. En pos de lo cual, cada pediatra comunica cuáles son los alimentos que poseen tal o cual proteína o nutriente que colaborará con el buen desarrollo del infante. En provecho de lo cual, muchas publicidades prometen solucionar con unos cuantos potecitos lo que en realidad es una mesa más variada. Con los debidos cambios, de acuerdo a las modas o avances de las investigaciones, se sabe que hay una cierta cantidad de comidas que no pueden faltar. No se ha inventado aún la pastillita de la ciencia ficción que trae todo lo necesario como para dar por terminado los avioncitos, las amenazas, las horas perdidas en la cocina, las compras, la canasta familiar. Por lo tanto, como se ha advertido en artículos médicos que critican con fundamentos y números las publicidades engañosas, no hay ningún potecito de postre alguno capaz de asegurarte que tu hijo está bien alimentado y que crecerá por el solo hecho de tragarse un pote. Un postrecito es un postrecito aquí y en la época en que la fruta era el fin obligado de todo buen almuerzo. Tendrá sus propiedades pero es incapaz de reemplazar a otros alimentos y, sobre todo, es incapaz de conseguir milagros, como por ejemplo, un chico más alto que lo que sus genes mandan, más alto que el resto de sus compañeritos de grado.

Aprovechándose de la necesidad de la madre moderna que desea combinar rapidez (no cocinar tanto), economía (no gastar tanto en alimentos carísimos), eficacia (que el chico esté sano), marcas como Danonino le hablan a la señora sobre lo que su hijo necesita y enmarcan el momento de comer el postre en un aura de crecimiento milagroso. Los niños de muchas publicidades crecen al punto de conseguir una fuerza de titanes. La salud, lo saludable, mejor dicho, se ha vuelto muy rentable, un perfecto argumento de venta. De hecho, en la campaña vía Internet, la página de Danonino les habla especialmente a las madres colaborando con sus saberes específicos sobre qué hay que comer. Tal vez cuando se trata de la salud de nuestros hijos –diría aquí el doctor de antaño– estaría muy bueno sofrenar un poco los impulsos del marketing y darle al pote lo que el pote vale. ¿Qué nos pasa que el sabor por sí mismo ha dejado de ser un buen argumento de venta? ¿Por qué siempre pretendemos que nos haga adelgazar o que nos dé potencia extra lo que comemos? En fin, la culpa por los chicos que no tienen qué comer o la culpa por no haber hecho la cuenta correcta de los nutrientes, siempre ronda el plato. Rompamos el mito. Luego de consultados numerosos y prestigiosos médicos para esta columna, estamos en condiciones de afirmar que si su hijo no se convierte en un jugador de básquet y su hija en una modelo de alta costura, no será porque usted no le dio su postrecito a tiempo.

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