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Viernes, 31 de julio de 2009

CRóNICAS

Afinidades electivas

 Por Juana Menna

Su risa era la de un viejo taimado, áspera, prolongándose casi en un hipo que no era gracioso. No era una buena carta de presentación del tipo que la venía llamando por teléfono desde hacía una semana, pensó Amalia. Sabía que Rodrigo tenía 41 años, que su hija de 10 era lo que más amaba en el mundo, que era separado, que tenía una empresa dedicada a la venta de bulones a la que le iba bárbaro, que al lado de la belleza de su hija, “cualquier mina es un bagre”, como afirmó Rodrigo en una de las charlas. En fin, se habían conocido por chat y quizás nada de eso era cierto o al menos, nada era lo que parecía. Así son las conversaciones por chat, puro artificio. Pero la risa desagradable era real porque ella la había oído al otro lado del celular. También era real el hecho de que Rodrigo tocaría el timbre de un momento a otro. El prometió llevarla a almorzar a la costanera en su Ford Fairlane azul metalizado modelo 69.

Ella no tuvo inconvenientes en que estacionen frente al carrito Vip’s y pidieran una bondiola cada uno. Amalia hacía eso con otro novio que se había ido del país así que, mientras Rodrigo condimentaba su sandwich con una salsa picante, ella se dejó invadir por una nostalgia dulce, que ya no le causaba dolor. “Y vos sabés que mi primo, el que me vendió el Failane, tuvo que sacarse de encima el auto y un montón de cosas para pagar la rehabilitación después del accidente”, le contaba Rodrigo. “Y resulta que una vez se cruzó en el centro de rehabilitación con uno que le dijo que había sufrido una luxación mientras bailaba. Mi primo se rió pensando que era una joda, pero después la mujer, que lo fue a buscar, le dijo ‘¿Te diste cuenta de que hablaste con Julio Bocca?’.”

El que atendía Vip’s aseguró que Julio Bocca, que había vivido enfrente hasta el verano, en Puerto Madero, era habitúe del carrito. “Uy, si supiera mi hija. A ella le encanta la danza. Y si me dice ‘Quiero ser bailarina del Colón’, yo no paro hasta verla arriba del escenario. Cualquier cosa por ella. Pero por la loca de la madre, nada, una hinchapelotas”, dijo Rodrigo, estirado al sol, la chomba de mangas cortas a pesar del frío, quizás para que se les vieran los tatuajes, quién sabe. Amalia miró su rostro redondo y gigante, con la nariz, los ojos y la boca diminutos, apiñados en el centro. Decidió que Rodrigo no le iba a tocar un pelo.

–¿Por qué hablás mal de la madre? –preguntó ella, que hasta entonces había estado en silencio.

–Porque es una loca demandante. Viste, yo la engañé, uno que otro cartucho al aire, nada del otro mundo, pero ella se atacó y casi no me dejaba ver a la nena cuando nos separamos. Eso duró como un año. Y en el medio, una vez, anduve con una, que también era otra loca. Una vez mi hija me dijo “Papi, quiero verte”, justo cuando me iba a encontrar con la mina. Así que le dije: “Me voy a ver a la nena. Te llamo en otro momento”. Y se enojó, si vieras cómo. Me dijo “¿No creés que es hora de que me presentes a tu hija?” Ni mamado, pensé yo. Está bien, hacía unos meses que nos conocíamos pero yo a la nena no le voy a causar un trauma... Si le tengo que presentar a cada mina con la que salgo, imaginate.

Amalia suspiró y volvió a preguntar: “¿Vos no te das cuenta de que yo también soy, como decís, ‘una mina’? ¿Para qué querés conocerme si tenés tan mala idea de las mujeres, salvo de tu hija?”

“Bueno –intentó suavizar Rodrigo–, a lo mejor vos sos distinta.”

Ella agarró su bolso y le respondió: “Yo no soy distinta. Me gusta mirar porno, fumar porquerías de vez en cuando y bailar reggaeton. No somos muy compatibles. ¿A vos te gusta el porno al menos?”.

Rodrigo la miró con sorpresa. Dijo que el porno no pero que el reggaeton, sí.

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