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Viernes, 16 de octubre de 2009

DIEZ PREGUNTAS > GLORIA PAMPILLO

“Escribir involucra al cuerpo”

 Por Laura Rosso

1. ¿Cuál es tu reflexión sobre el hecho de escribir?

–Es una experiencia difícil de traducir. Creo que se ponen en marcha relaciones entre sucesos, ideas, sentimientos, recuerdos al mismo tiempo que una inteligencia y saberes diferentes cuando se escribe. Y eso involucra también el cuerpo. Son facultades que se van desarrollando con el tiempo y que se caracterizan por su velocidad. Son muy volubles. Hay que cuidar que no se cristalicen, que no se dejen estereotipar, ni siquiera por aquello que parece más atractivo. Hay que cavar en ese conglomerado y perseguir la idea, la frase, la trama que asomó apenas.

2. ¿Cuáles son las primeras cosas que les decís a quienes llegan a tu taller?

–Depende. Antes, cuando eran grupos chicos, y también en otra época, repetía lo que había dicho Mario Tobelem en la primera reunión de Grafein a la que fui. Para mí, fue como si una cortina de hierro –nada romántico, ni metafórico, una cortina como las viejas de los negocios– se alzara o la bajaran. El habló en contra de la representación romántica de la escritura: talento, inspiración, genialidad por una parte. A esas ideas que no caratuló le opuso la experimentación, el juego, el placer, sobre todo entrar a la literatura o a la escritura misma escribiendo. Y lo que más me sacudió fue la idea de escribir a partir de las palabras, de otros textos. Desde ese momento, yo pude realmente escribir.

3. ¿Qué te interesa transmitir a través de la narrativa?

–Ahora se me ocurre decir: cosas que me parece que la gente no ve. O experiencias que he tenido y que estarían ahí difusas, mezcladas, olvidadas, si no las escribiera. Escribiéndolas se construyen y se aclaran. A veces la construcción es destrucción. Cosas que me imagino; bueno, eso sería lo que la gente no ve. Pero la gente puede no ver que en la Costanera Sur, gente del barrio ha hecho unos bungalows y juegan a la paleta y son como unos fisicoculturistas. O la mirada de los chicos en la calle, que ya está anunciando que los van a volver criminales, y las casas, las casas, el paisaje urbano. Tal como lo veía Chesterton.

4. ¿Qué aprendizaje recibiste de quiénes has leído?

–A mí me hacía gracia cuando en la facultad venía alguno o alguna y me repetía seriamente lo que yo le había enseñado, como si fuera su idea. Yo creo que una actúa así. Al comienzo viene algún crítico y te dice “porque vos tenés la marca de...” Y una lo acepta y de inmediato trata de separarse. Pero veamos. Conscientemente, de Vladimir Nabokov. Ese contar algo y al mismo tiempo narrar otra cosa. Y también recursos muy de entre casa: cómo se las arreglan algunos escritores para no caer en la cacofonía con los verbos.

5. ¿Y de la literatura argentina?

–Leer una página de Saer es zambullirse en la lengua argentina. Y no lo digo por su juego con las reiteraciones o su puntuación o sus modalizaciones. Por todo su léxico, por la precisión ni forzada ni formal de las palabras. Además de todas las virtudes de sus libros, es un maestro. Saer sí que enseña a escribir.

6. ¿Qué te interesa explorar en tu escritura? ¿El detalle, lo verosímil, lo inverosímil?

–Lo que exija lo que se comenzó a narrar. Represento mucho, eso sí. No dejo pasar los detalles. Eso ya no es exploración, sino lo que dicen o aconsejan Flannery O’Connor, Borges, Nabokov. En realidad, no es ningún truco sino que en la literatura tiene un significado profundo. En mí es un placer, un modo de aprender a ver el mundo.

7. ¿Dónde debería ubicarse el buen narrador?

–También depende. A veces, la ubicación viene con la primera frase. Otras, hay que cambiar la focalización o también, variarla bruscamente. Lo que no me gusta es lo experimental. Es la materia, el mundo mismo que se va narrando el que te impone o pide un lugar al narrador o la narradora.

8. Participaste del grupo de escritura Grafein en 1975 y estudiaste teoría literaria con Josefina Ludmer. ¿Qué comentarios podés hacer de esa parte de tu recorrido?

–Obviamente fue riquísimo y determinante escribir y al mismo tiempo estudiar crítica literaria. Lo que aprendí con ella fue no solo el rigor sino la actitud crítica frente a la teoría.

9. En 1978 llevaste los Talleres de Escritura a España. ¿Cómo resultó esa práctica?

–Genial. Creo que si no hubiera ido a Madrid, a lo mejor no me hubiera especializado en el trabajo literario de los talleres y la escritura. Con todas las herramientas teóricas que tenía fui fundamentando las consignas. O mejor, al revés. Hallé en cada consigna su fundamentación teórica, pero sobre todo, su capacidad de llevar a descubrir un modo de ser de la escritura. Pero allá estaba también mi queridísima y llorada Ana María Pelegrín. Cordobesa, para más datos. Ella había fundado una Institución, Acción Educativa, y coordinaba unos maravillosos talleres donde les enseñaba a docentes a recuperar la poesía oral unida a los juegos, con los niños y niñas de distintas regiones de España. Además, ese ambiente del posfranquismo era maravilloso.

10. Publicaste La mula en el andén, ¿qué te atrae del género literatura juvenil?

–Siempre fue muy circunstancial escribir para chicos, aunque me gusta muchísimo. Quizá se deba a todo lo que significó para mí la literatura en la infancia. Imagino una especie de complicidad con ellos y ellas cuando escribo.

Gloria Pampillo es docente, investigadora y escritora. Su trayectoria es una de las más relevantes en el terreno de la escritura en nuestro país y sus trabajos han dejado una huella en la historia de los talleres de escritura. Pampillo participó del mítico grupo Grafein.

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