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Viernes, 16 de octubre de 2009

CRóNICAS

Café café

 Por Juana Menna

La cuestión está en saber dónde pararse. Para Bárbara no es tan sencillo. Hace tres meses que vende café en la calle. Va a cargar sus ocho termos a un local minúsculo de México al fondo, al igual que otros cafeteros y cafeteras de la zona. Allí también le alquilan un changuito azul con compartimentos, que ella arrastra buscando un buen lugar para ofrecer su mercadería. Hasta ahora no ha descubierto ese lugar. Así que se pasa el día de acá para allá. Lo sufre un poco pero no le importa. Peor era trabajar en un call center.

Lo de vender café se le ocurrió un día que salía del call. Estaba exhausta de hablar por teléfono sin parar y vio pasar a un hombre con un carrito. Bárbara se compró un café y el tipo le contó que el suyo era un buen trabajo: pasaba todo el día en la Costanera, eso sí, pero al final de la jornada podía acumular hasta 300 pesos. Nadie lo mandaba, él era su propio patrón. A Bárbara le gustó. Quizás, si trabajaba por las suyas, podía estudiar magisterio. Y ahorrar, inclusive, para comprarse un terreno en Florencio Varela. Por ahora vive en Wilde, en un departamentito contiguo a la casa materna.

Trabaja desde los 18 (tiene 31) pero no se lleva bien con los patrones. Además, se acaba de separar de un novio al que amó. En los veranos se iban a trabajar como artesanos a Pinamar y ahí es donde ella empezó a pensar que la calle no era del todo mala. “Pero la verdad es que me hice demasiado dependiente de él. Una amiga me abrió los ojos para que viera que era cierto, que yo no hacía nada que él no aprobase. Así que bueno, dejalo donde está, como puntero político mientras yo me las rebusco por mi cuenta”, dice mientras esquiva un colectivo 86 que, impiadoso, se adueña de toda la calle con su bufido de bestia envejecida. Es que no siempre puede llevar el changuito por las veredas llenas de gente.

La detiene un vendedor de soda. Ella le pregunta si prefiere el café de dos o el de tres pesos mientras le muestra unos vasos de papel de diferente tamaño. Luego va hasta un estacionamiento. Pasa a cobrar lo que le adeuda de la semana pasada un empleado que tiene la oficina empapelada con posters de mujeres medio desnudas del diario Olé. Más tarde la llama por su nombre el motoquero que se quedó sin vehículo por estrellarlo contra un médano el último fin de semana largo. Le cuenta la historia de su viaje y de su moto herida. Le recrimina que nunca pase a saludarlo. Ella le dice que pasará apenas tenga un rato, pero que no recuerda cómo se llama él. A cada rato se cruza por el camino de Bárbara un pibe que hace mensajería en bicicleta. La saluda bajando levemente su cabeza y se queda mirándola como si ella fuera una luz distante.

“Tendría que empezar a vender jugos y ensaladas de frutas ahora que vuelve el calor”, observa Bárbara mientras hace cálculos: cuánto gastó en facturas, a qué hora puede volver al localcito de México para preparar los sandwiches de milanesa que ofrece a partir del mediodía, cuánto lleva vendido desde las siete de la mañana, cuando empieza su jornada, hasta ahora, que son casi las once y media. Cuatro termos de dos litros cada uno, eso lleva vendido. Anota unos números que guarda con el dinero en su riñonera. Y sigue andando.

Por ahora, trabaja hasta las seis de la tarde. Luego, vuelta a Wilde a lavar todos los utensilios, preparar las milanesas y a las diez de la noche, como mucho, a la cama. Bárbara dice que no siempre será así, que cuando encuentre el lugar indicado para pararse podrá trabajar menos y ganar más. Se le acercan unos operarios con overol que están arreglando un caño. Otro, desde la vereda de enfrente, les grita que seguro que no tienen ganas de tomar café, que sólo quieren mirarla a Bárbara, que para las “chicas lindas” (así dice) todo es más fácil. “Dios, por qué no me hiciste mujer así me lleno de plata”, suspira el gordo. Bárbara también suspira. Quisiera que al gordo se lo tragara la tierra de ese hueco en la vereda, que cada hombre que le mira las caderas se convirtiera en estatua de sal. Pero más querría volver a casa. Una casa en Florencio Varela de la cual saliera todas las mañanas para no ser la chica que vende café sino la Señorita Bárbara, de profesión maestra.

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