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Viernes, 20 de noviembre de 2009

TESTIMONIOS

El don de la palabra

Querellante en la primera megacausa con 90 víctimas en el interior del país, Marta Bertolino es, además, supervisora clínica del Programa de Protección a Testigos de la Secretaría de Derechos Humanos de Santa Fe. Desde ese lugar valora el testimonio de las y los sobrevivientes como un don que la sociedad entera necesita para conjurar el mandato de silencio que conlleva el terrorismo de Estado.

 Por Sonia Tessa

En la madrugada del 10 de agosto de 1976, la vida de Marta Bertolino quedó rota para siempre. Dirigente de la Juventud Universitaria Peronista de Rosario y embarazada de ocho meses, fue secuestrada junto a su marido, Oscar Manzur, delegado sindical, quien continúa desaparecido. Después de interminables días de tormentos –los primeros junto a su compañero– fue llevada a dar a luz en la Maternidad Martin, donde un médico –al que ella está muy agradecida, pero que hoy no recuerda nada– la ayudó no sólo a parir a Alejandra, sino también a devolver a la niña a su familia. Es que los responsables de su secuestro –a policía de Agustín Feced bajo supervisión del Ejército, encabezado en aquel entonces por Genaro Díaz Bessone–, la habían amenazado con quitarle a su hijo para enviarlo a una casa cuna. Han pasado 33 años desde entonces, Marta estuvo presa en Devoto hasta 1981 y desde la recuperación de la democracia pelea para enjuiciar a los responsables del terrorismo de Estado en Rosario. Como psicoanalista y analista institucional, es coordinadora y supervisora clínica del Programa de Protección a Testigos de la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia, un lugar al que llegó luego de formar profesionales para ese fin durante años en su cátedra Estructura Psicológica Social del Sujeto 3 (B), en la Facultad de Psicología de la UNR.

Con la historia inscripta en su propio cuerpo, Marta no atiende en forma directa a ningún paciente, pero sí forma parte del equipo que garantiza “un trabajo clínico para todas las personas afectadas por el terrorismo de Estado que así lo soliciten”. Eso incluye no sólo a sobrevivientes, sino también a familiares de las víctimas.

Al mismo tiempo, Marta es querellante en el juicio oral y público que comenzará el 18 de febrero, la primera megacausa, con 90 víctimas, que llegará a esta instancia en todo el país. Se la conoce como causa Feced, pero el Tribunal Oral Federal Nº 1 de Rosario la recaratuló a Díaz Bessone. Al respecto, ella subraya que “todos conocen a Galtieri, pero Díaz Bessone fue el jefe del Segundo Cuerpo de Ejército hasta octubre de 1976”. Y los propios policías de entonces, como Adolfo Salman, afirman que eran peones del Ejército. Por el Servicio de Informaciones de la entonces Jefatura de Policía de Rosario –ubicada en el centro de la ciudad– pasaron por lo menos 2000 prisioneros y todos ellos sabían de la permanente circulación de militares por allí. Marta fue una de las prisioneras, así como su compañero, al que en un momento de tortura escuchó gritar: “Me muero” y del que nunca supo más nada. Sin embargo, las autoridades de entonces dijeron que él se había fugado. “En un exceso de defensa, Mariana Grasso, la representante oficial de José Lofiego (el único torturador al que Marta pudo verle la cara), dio por fugado a Oscar, cuando hay testigos de que nos secuestraron juntos”, cuenta ahora Marta, quien acaba de lograr que también se eleve a juicio la desaparición de su compañero.

El valor del testimonio, no sólo para el propio sobreviviente sino para la sociedad, vuelve a la superficie con cada juicio que los organismos de derechos humanos y las propias víctimas han podido arrancarle al Estado argentino luego de 30 años de impulso. “Dar testimonio del horror máximo es muy importante, porque toda situación de terrorismo de Estado conlleva algo que no se puede decir”, indica hoy la psicoanalista, quien define al testimonio como “un don”. “Algún día, la sociedad va a poder valorar lo que los sobrevivientes están donando para aportar algo de verdad que nos permitirá ser una sociedad adulta”, afirma. Porque “siempre que se sustrae la verdad, produce efectos en el momento menos esperado. Pueden ser diversos, pero dejan en evidencia que no se puede mutilar la verdad”.

Esa verdad también se silencia porque –según indica– “durante la vigencia del terrorismo de Estado, la sociedad entera está sometida a un amo. Las cosas complejas que se juegan ante una situación de secuestro son infinitamente más agudas pero también se les juegan a las personas que están, entre comillas, en una situación de libertad, porque no hay libertad en esas condiciones”.

Y si bien –como buena psicoanalista– sabe que ninguna sociedad puede guardar la verdad en un cajón para hacer como si no existiera, también subraya el dolor y el esfuerzo que significa dar testimonio para los sobrevivientes y para todos los afectados por el terrorismo de Estado. “Estamos hablando de situaciones altamente traumáticas, algo que irrumpe en tu vida y rompe todos los parámetros. Esa madrugada del 10 de agosto de 1976, mi vida quedó rota para siempre”, dice con lágrimas en los ojos, que aparecen pocas veces, pero subrayan el dolor que significa recordar, es decir, volver a pasar por el corazón. Durante 25 días, Marta estuvo desaparecida. “Te encontrás inerme, en manos de un amo que puede hacer lo que quiere con vos”, relata para resaltar que cada una de las víctimas del terrorismo de Estado pasó años de su vida rearmando su historia. “Dar testimonio significa salir de todo lo que construiste para dejar atrás aquello y volver a conectarte con los hechos más terribles de tu vida”, dice.

Pocos meses antes del inicio del juicio, critica que muchos de los responsables del terrorismo de Estado no estén sentados en el banquillo de los acusados, ya que no hay pruebas de su accionar, aunque puede deducirse de los lugares que ocupaban en la estructura militar. También espera el juicio con expectativas. Es que no basta con la condena social, hace falta la institucional. “Algo es inaceptable cuando la sociedad lo sanciona”, indica sobre el valor de las condenas judiciales que tanto ha empujado.

Y retoma sus banderas de entonces, al afirmar: “Siempre quise un país solidario. Cuando yo luchaba por un país mejor, era mucho mejor que el que hay ahora. Y cuando alguien pregunta, cómo la sociedad no veía que torturaban en pleno centro de Rosario, yo retruco, ¿cómo la sociedad no ve que hay chicos que comen de la basura?”.

Por eso, Marta es una de las fundadoras del espacio de Carta Abierta en Santa Fe. “Es un espacio fundamental de apoyo crítico a un gobierno que es hostigado desde las derechas”, explica su militancia actual, a la que enlaza con aquella de los ‘70. “Eramos militantes políticos y sociales y seguimos con las mismas posiciones éticas”, dice ahora.

Marta escribe, nunca ha dejado de escribir poesía. En una de ellas, recuerda el sol entrando por las rendijas del segundo piso de la maternidad pública en la que estaba atada a la cama, custodiada por la patota, el domingo 5 de septiembre de 1976. Su hija había nacido el día anterior y ni siquiera pudo amamantarla. Ahora, Alejandra Manzur es una mujer, tiene un bebé de 10 meses y hace música. Su primer disco está dedicado a “la memoria de los 30.000 desaparecidos”. Uno de ellos es su padre.

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