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Viernes, 20 de noviembre de 2009

DIXIT

Las preocupaciones de Moyano

“El afiliado es como la mujer. Hay que darle cariño, asistencia médica, si no se te va con otro.”

 Por Veronica Gago

Las mujeres fueron las primeras en ser dejadas de lado del mundo laboral cuando se las confinó a sus hogares, a ser trabajadoras “no-asalariadas”, es decir, no-reconocidas. Sindicatos, patrones y maridos estuvieron de acuerdo allá por el siglo XVII: era mejor que ellas fueran reducidas a servidoras personales o a meros recursos naturales para evitar que su participación en el mercado de trabajo bajara el precio de los salarios masculinos, al mismo tiempo que se aprovechaba su gestión doméstica de forma gratuita y se reforzaba su dependencia al dinero conseguido por los varones.

A pesar de las diferencias evidentes, algunas analistas trazan un vínculo entre tal devaluación del trabajo femenino y el sometimiento de las mujeres esclavas en América, forzadas a determinadas tareas y al servicio sexual de sus amos y a poner su cuerpo para la expansión de la fuerza de trabajo como puras máquinas naturales de crianza, según necesidades y ritmos no determinados por ellas mismas.

Más tarde, las mujeres se hicieron necesarias como empleadas en los momentos de crisis: guerras, hambrunas y estallidos sociales las pusieron al centro de la escena y las incorporaron de manera subordinada al mercado laboral. También como protagonistas de la asistencia social, es decir, como destinatarias privilegiadas (en su función de madres) de todas las formas en que el Estado intenta mediar la reproducción de la vida social cuando el capitalismo es la regla.

En este sentido es fundamental la advertencia de varias feministas: no se puede estudiar el trabajo femenino por fuera de la constelación del trabajo doméstico y de la prostitución. Tampoco de la discusión de la asistencia pública. De maneras difusas o confusas, estos territorios aparecen siempre unidos, aun por hilos difíciles de visibilizar y/o de coherentizar. Toda una economía (femenina) se organiza en las relaciones de estos espacios: la calle, lo doméstico, el mercado laboral, la organización barrial.

No es casual que en la coyuntura política argentina aparezcan enmarañados los debates sobre las cooperativas, el papel del sindicalismo y la asignación universal por hijo/a: todos remiten a una reconfiguración profunda del mundo del trabajo y, por tanto, a redefiniciones de fondo sobre su división sexual, ya sacudida de cuajo cuando el desempleo masivo reorganizó las relaciones familiares para siempre. No es casual entonces que Hugo Moyano compare a sus afiliados con las mujeres, como meras demandantes de asistencia y calculadoras del beneficio por el que prestan su fidelidad (“El afiliado es como la mujer. Hay que darle cariño, asistencia médica, si no se te va con otro”, Páginal12, 15/11/09). No es casual que “la zurda loca”, así en femenino, sea el insulto con que desde la burocracia sindical se condena a toda experiencia asamblearia, capaz de disputar poder gracias a su autoorganización y a la ampliación de la protesta a otros actores (precarias/os, jóvenes, desocupadas/os, etc.)

La permanente reivindicación del trabajo como ordenador social –como añoranza de regreso a la Argentina dorada de los años ’50– permite desempolvar del armario estos discursos ordenancistas. Los que salen del closet, ahora, lo hacen blandiendo la idea de empleo como única disciplina posible, como antídoto contra otras formas de experimentar la organización social (en los trabajos, en los barrios, en las familias). Sólo esa retórica explica y hace lugar a los “exabruptos” de los gurkas sindicales.

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