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Viernes, 20 de noviembre de 2009

CONTRAVALORES: EL REALISMO

La rama dorada

 Por Aurora Venturini

Por la década de los años cuarenta yo cursaba la carrera de Filosofía en la Facultad de Humanidades de La Plata. Catalina Dawson cursaba Letras; teníamos materias comunes y solíamos estudiar en su casa de la calle 46. Entonces La Plata estaba serena a ritmo del retornelo: “La mar estaba serena, serena estaba la mar”, aunque se atisbaran en cada esquina los movimientos de cambios. Pero ésa es otra historia. Para este relato sólo interesa el reencuentro con el libro La rama dorada de Frazer. Lo habíamos tratado en la cátedra de Estética del doctor Luis Juan Guerrero: Catalina faltó a varias clases, no tenía el libro, me lo pidió prestado, le dije que lo retuviera todo el tiempo necesario, total yo había rendido. Catalina era regordeta, linda y novia de Pedro Catella, romance quebrado como el vaso de Samain. Formábamos un grupo estudioso que se completaba con Carlitos Ringuelet, poeta exquisito que una vez rimó y me arrimó unos versos dedicados a mí: “Tus ojos anduvieron por el Mediterráneo”, y casi me enamoro, y no, porque estaba casado... Corrieron ríos caudalosos bajo los puentes; desintegrado el grupo de estudios, dejamos de vernos.

En cierta ocasión necesité La rama dorada y fui a buscarla a la casa de Catalina Dawson. Acudió a la puerta la mamá, señora muy blanca cuyo acento la descubría irlandesa. Me invitó a pasar, Catalina no estaba, pero ella fue a su biblioteca a buscar el libro de Frazer. Mientras tanto yo observaba el interior de la mansión que permanecía igual al tiempo perdido. En las paredes navegaban unos mapas antiguos, portulanos del Támesis, algunos marineros albinos; una mesita que simulaba un lago donde nadaban cisnes de loza inglesa, sillería estilizada que soportaría apenas el peso de las hadas.

Tardó en hallar el libro la dulce dama irlandesa, y me lo dio de sus propias manos que estreché en la despedida. (Insisto, tener en cuenta este dato.)

Caminaba por la diagonal 80 cuando vi a Carlitos Ringuelet que por esos días se dedicaba a vender libros. Guardo en mi memoria su anécdota: rindió dos veces Sociología a causa de una distracción del profesor que no le anotó la nota, “sobresaliente” la primera vez. Rindió por segunda vez, otra vez “sobresaliente”, Carlitos se reía como loco...

En la diagonal 80, cerca de la preciosa fuente de cerámica frente a la iglesia San Ponciano, le comenté que venía de la casa de Catalina Dawson y el tema del libro. Que Catalina no estaba, que su mamá había tenido la amabilidad de buscar La rama dorada en su biblioteca. Me dijo que no podía haber visitado una casa que ya no estaba... Estuviste en el país de los muertos. Se ofreció a acompañarme hasta la calle 46, de la cual yo recién venía. Protesté y le mostré el libro que tenía en la mano. Empezó a lloviznar esa lluvia platense “que no parece que llueve” y que desató Francisco López Merino, “que en pleno día buscó la noche”. Me atacó una angustia fría porque creí que Carlos Ringuelet me calificaba mitómana, y con esas cosas no se juega. Llegamos enseguida dada la proximidad de las arterias urbanas, siglos para mí hasta llegar a la casa en cuyo lugar levantaba su arquitectura un edificio de varios pisos de propiedad horizontal. Me califiqué entonces como una persona normal, aunque muy impresionable y siempre “a la búsqueda del tiempo perdido”. La memoria sumada a la imaginación puede resucitar las casas, sus moradores y proveer de contactos intangibles a nuestra ánimas que se revelan frente a la única muerte: olvidar.

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