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Viernes, 13 de agosto de 2010

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DONDE APUNTAN SUS OJOS

Ya pasaron más de siete años desde que el cuerpo de Sandra Cabrera apareciera en Rosario con un tiro en la nuca. Sin embargo, las consecuencias de su trabajo como militante de Ammar siguen sucediéndose. Su crimen podrá quedar impune, pero sus denuncias lograron, entre otras cosas, que se deroguen edictos que dejaban indefensas a las trabajadoras sexuales frente a la policía. Un documental, presentado ayer, recoge la historia de esta mujer, de su vida, de su obra y de su muerte.

 Por Sonia Tessa

Macarena tenía nueve años cuando mataron a su madre. El documental Sexo, dignidad y muerte, Sandra Cabrera, el crimen impune, dirigido por Lucrecia Mastrángelo, empieza y termina con el testimonio de la hija de la dirigente de Ammar Rosario que recibió un disparo en la nuca en la madrugada del 27 de enero de 2003. La ahora adolescente se hamaca en la plaza de la zona oeste de Rosario donde las compañeras de su madre pintaron un mural en su memoria. “No mataron a cualquier mujer, mataron a mi mamá”, dice casi al final, cuando pide que se esclarezca el crimen.

Durante una hora, la película recoge testimonios de los principales actores de la causa judicial, de sus compañeras trabajadoras sexuales, de dirigentes gremiales y políticos, del periodista que investigó el expediente, y los mixtura con escenas de ficción en las que se recrean libremente anécdotas de la militante que en 2001 se incorporó a la Asociación de Mujeres Meretrices de la República Argentina.

Sólo al final, después de las palabras de la hija, aparece la primera imagen de la protagonista en acción. La cámara hace foco en sus grandes ojos negros, entre pícaros y desafiantes, para dar lugar a la canción que dice “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, de Liliana Felipe. La música deja flotando en el aire lo más notorio de la dirigente rosarina: al rebelarse contra las reglas que regían las relaciones entre la policía y las trabajadoras sexuales autónomas, que no trabajan en boliches ni son regenteadas por proxenetas, Sandra Cabrera provocó miedo. De hecho, aquel trabajo militante sigue dejando su estela: este año se derogaron los artículos del Código de Faltas provincial que brindaban instrumentos extorsivos a la autoridad policial. Cuando la dirigente estaba viva, muchas chicas se defendían en las comisarías amenazando con llamarla para que hiciera la denuncia.

El documental que se estrenó ayer en el Cine Público El Cairo, de Rosario, no escapa a ninguno de los temas de la causa judicial que investiga su muerte, pero lo hace desde una mirada respetuosa, que da la palabra, en un trabajo de luz y cámara con gran sensación de intimidad, a las compañeras que recuerdan a Sandra como alguien solidaria, que les “enseñó” a organizarse. También Elena Reynaga, dirigente nacional de Ammar, confiesa que Sandra le enseñó a ponerse “en los zapatos de otra”. Incluso, admite que Sandra le rehuía, y un día le confesó que lo hacía porque se avergonzaba de estar “dura” cuando llegaba su dirigente nacional.

La cuestión de la merca, de “cómo las trabajadoras sexuales son utilizadas por la policía para la venta de drogas”, es un aspecto de la investigación que corre por cuenta de Carlos del Frade. En el documental, el periodista describe el carácter de las relaciones entre las trabajadoras sexuales y la policía que “controla” la calle. Para Del Frade, el cadáver de la dirigente desnuda la convivencia ilegal entre las policías provincial y federal para vender drogas, y “cómo esa venta la tenían que hacer las trabajadoras sexuales de la zona de la terminal de ómnibus”. En ese sentido, considera que “el cadáver grita”.

En tanto, el dirigente de la CTA –central de trabajadores a la que pertenece Ammar–, Víctor De Gennaro, y la Madre de Plaza de Mayo Nora Cortiñas son los encargados de darle el tono político, recuerdan más bien su militancia, el origen de Ammar, las arbitrariedades policiales que todavía sufren.

En cambio, el fiscal de la causa, Ismael Manfrin, se sumerge en un mar de palabras leguleyas para admitir que el crimen quedará impune. Un plano cerradísimo sobre el rostro de Carlos Varela deja al descubierto el cinismo del abogado defensor del único imputado que tuvo la causa, Sergio Parvluczyc, el policía federal que enamoró a Sandra Cabrera.

El valor periodístico del trabajo excede su pluralidad de voces, pero ése es un punto valioso. La realizadora entrevistó también al primer juez que tuvo la causa judicial, Carlos Carbone, quien tomó centenares de declaraciones para imputar a Parvluczyc. Es él mismo quien cuenta el fallo de la Cámara de Apelaciones que revocó el procesamiento. Allí se descalificaron los testimonios porque correspondían a trabajadoras sexuales. Varela reconoce que fue él mismo quien brindó ese argumento al Tribunal.

Por otro lado, la decisión de ficcionalizar algunas escenas de la vida de la dirigente le permite a Mastrángelo escapar de la sobreabundancia de testimonios. No serían lo mismo esas anécdotas relatadas frente a la cámara. Así, los espectadores pueden ver la violencia a la que están expuestas las mujeres en situación de prostitución, saber que Sandra ocultaba su relación con “el federal”, que vendía pequeñas cantidades de drogas, que llevaba a su hija a la escuela, que recibió una trompada de un jefe policial removido del cargo por sus denuncias. Que vivió amenazada en los últimos meses de su vida. En cambio, de boca de Miriam, compañera de Sandra, se conoce que ella misma le dijo: “En cualquier momento aparezco en un zanjón”. Seis años después de su asesinato, no hay ningún acusado. La impunidad, se sabe, tiene que ver siempre con el poder.

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