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Viernes, 13 de agosto de 2010

ENTREVISTA

CRONICAS DE COLECCION

La misma fascinación que ejercen las tiendas vintage por exhibir, prometer y escamotear escenas del pasado, revive en la lectura de esos cronistas que en el siglo XIX y principios del XX fueron construyendo un sentido común desde diarios y revistas. María Moreno, maestra, impulsora y crítica del género, dirige la colección de crónicas latinoamericanas y del Caribe, que publica la Editorial Eterna Cadencia. Mientras presenta la serie que ya cuenta con dos títulos, Cosmópolis (Crónicas de crímenes, “¡filo misho” y otros cuentos del tío), de Beatriz Colombi, y Arriba las manos (Del flaneur al globetrotter), de Ariela Schnirmajer, va dejando algunas pistas para seguir pensando los misterios de un género insasible.

 Por Liliana Viola

Como si un par de caballeros irrumpiera ahora mismo, galera y bastón, comentando los funerales de Isadora Duncan no sin morbo, decretando la muerte de Londres no sin error, los dos libros que abren la Colección Nuestra América, Cosmópolis y Arriba las manos, llaman la atención, obligan a fijarse. Por exóticos, por reliquias y por anunciar en sus tapas la palabra mágica, “crónicas”, junto con una lista de autores fundantes, a la que se le cuelan muy pocos contemporáneos y muchas rarezas. Especie de laboratorio a posteriori, las dos series, una dedicada a los viajeros, paseantes y flaneurs, la otra a crímenes cruentos, cuentos del tío y otras avivadas, ponen en bandeja los primeros pasos de esta criatura –hoy monstruo mayor– que empezó sacándole prestado rigor a la historia, estilo a la ficción, y pragmatismo a las noticias de los diarios del siglo XIX, justo cuando éstos estaban forjando al ciudadano correcto de cada nueva y gloriosa nación.

Sarmiento, Larreta, Soiza Reilly, Rafael Barret, Arlt, Fray Mocho, están escribiendo aquí a la par de expertos en medicina o en comisarías, poetas encumbrados como Nervo, Martí, Darío y Vallejo que en un ataque de doble o triple personalidad se lanzan a la crónica policial, a la de viajes, o a la que podríamos calificar de asociación diletante. Así, con estos textos divertidos y siempre culturales, estos cronistas fijan en público su identidad y la de sus lectores. Mientras desmenuzan la anécdota de turno dan cátedra sobre lo que de verdad importa: el arte por el arte, hacia dónde va el periodismo, qué clase de Europa somos, cómo enfrentar a las masas que empujan y modifican el paisaje. No son crónicas viejas, sino crónicas de otros tiempos cuando la escritura testimonial se hacía con la mano más que con el ojo. O como lo explica más adelante María Moreno, “mientras en los cronistas de fines del XlX y XX se trataba de hacer algo grande de lo nimio, los nuevos cronistas quieren objetos que tengan peso en sí: narcotráfico por sus protagonistas, las putas niñas, los pobres ‘exóticos’. En la biblioteca latinoamericana y del Caribe la crónica es un laboratorio de escritura, donde el dato periodístico está superditado al clima, los personajes y los diálogos literarios y sobre todo cumple una función política”.

Rubén Darío, que escribe para el diario La Nación en 1911, sucumbe ante el heroísmo de los criminales por esa capacidad, tan literaria, de tramar complicaciones. Describe la muerte de una actriz ahogada en el Rhin, sin la menor piedad, sin saber nada de ella y con el mayor sentido del humor hacia sus colegas, más asesinos que el asesino. Amado Nervo indaga con casos reales el origen de la palabra “rateros”, que por lo visto ya a esa altura de 1900 le estaba quedando corta a los maleantes mexicanos. José Martí, pocos años antes de dar la vida por la independencia de su patria, visita Nueva York y cae rendido ante las luces del centro, incluido un criminal de aquellos, “que no robaba bolsas sino bancos, ni casas sino pueblos”. Quién le hubiera dicho al Apóstol Martí sobre el bloqueo, los gusanos y todo el resto. Ventajas de leer recién ahora: pescar la ingenuidad del que mira o la traición de los hechos. Prerrogativas del cronista, ver algo que los que vengan luego van a creer ver mejor. De Hernán Cortés en adelante, les ha pasado a todos y a ninguno le ha temblado la mano, los cronistas son así.

Lo único que no asombra de esta colección es que sea justamente María Moreno quien está en la dirección y en el origen de la idea. Escritora anfibia, como ella misma se describe, hace ya muchos años que trabaja el género desde talleres y seminarios, en sus propios artículos periodísticos y en libros que van desde la investigación pasional como El petiso orejudo (1994) hasta la experiencia retórica en Banco a la sombra (2007).

Juntos, como deberían leerse Cosmópolis y Arriba las manos, desparraman ese encanto de la acumulación. Como en las tiendas vintage se suceden trajes y objetos, partes reconocibles de un pasado y prima sobre todo el sentido de la colección. Hay algo de coleccionista en los autores de crónica y también en los que las leen.

¿Armás series casi sin darte cuenta y después te ves obligada a seguir? ¿Buscás textos raros y de ahí vas hilando asociaciones? O dicho más directamente, ¿sos una coleccionista?

–Sí, soy coleccionista pero pobre.

¿Qué tormentos impone esa categoría?

–Que con más dinero podría completar mis colecciones antes de abandonarlas por falta de piezas raras. Llegué a coleccionar pisapapeles de cristal, angelitos artesanales, muñecas antiguas, mariposas disecadas, pescados que miran a la izquierda. Y además he escrito bastante sobre esto.

El hallazgo de un objeto raro, como por ejemplo esa crónica increíble que abre el libro Arriba las manos, “El crimen de Aguacatal”, ¿puede llevarte a armar una colección?

–Tener un solo ejemplar de alguna cosa no me hace efecto, pero empiezo la serie si tengo dos. Un segundo angelito, una segunda muñeca. Si algo modifica la serie, inmediatamente inicio una nueva: por ejemplo, si alguien se equivoca y me regala un pescado que mira a la derecha. “El crimen de Aguacatal”, escrita en 1872 en Medellín cuando el asesinato de una familia todavía estaba caliente y no había sido esclarecido, es una de las joyas de esta colección, sí. El autor, Francisco de Paula Muñoz, era, además de periodista de investigación, un abogado, parlamentario y especialista en mineralogía. Lo leés ahora y es imposible no pensarlo como un precursor de Truman Capote en A sangre fría. Por supuesto que cuando encontrás con un objeto así querés más.

¿Con qué par de objetos empezó tu interés por la crónica?

–Cuando era muy joven me fasciné por la escritura de los modernistas. Me topé con un libro de Lisandro Z. Galtier sobre Charles de Soussens y la bohemia porteña. Luego intenté pesquisar los textos de algunos de sus personajes como Antonio de Monteavaro, Lazcano Tegui o Emilio Becher. También leí la selección de cronistas que hizo el Centro Editor de América Latina por los años 70. Cuando empecé a colaborar en la sección de Vida Cotidiana de La Opinión, tenía como referentes a escritores periodistas como Rodolfo Walsh, Enrique Raab y Tomás Eloy Martínez, el modelo Primera Plana, en general en donde los periodistas tenían una fuerte marca de Borges y de Cortázar. Al principio, tanto en artículos como en las clases hice eje en textos nacionales y atendiendo a la posición de los cronistas, a su tensión entre estilo e información, al límite de invención adentro y para un medio. Después me metí más con los latinoamericanos Pedro Lemebel, Carlos Monsiváis, Juan Villoro. Esta colección es una manera de seguir estudiando sobre la crónica, por eso el lugar importante que tienen los prólogos tanto de Beatriz Colombi como el de Ariela Schnirmajer. La idea es ir aportando perspectivas para pensar un género que de por sí está armado con desplazamientos.

¿Cuál sería la mayor diferencia entre estos textos y lo que hoy se vende como crónica?

–Tal vez se deba a una exigencia del mercado, lo cierto es que la crónica hoy parece poner en escena la fuerza del objeto en sí, lo más heavy, lo más raro y exótico, mientras que el lenguaje es meramente instrumental o de un realismo ramplón.

Hoy el trabajo lo hacen los que tienen “el problema”, lo hacen los otros...

–A veces se llega directamente a un “fiolismo del otro”, exhibiendo excluidos desde una mirada sentimental y victimista tan alejada de la posición crítica como del trabajo con la lengua. Pienso que si antes se demandaba realismo mágico ahora se demandará, al sur, realismo pobrista, violencia urbana con bijouterie étnica. En lugar del dictador y las palmeras: la coca y la villa, corrupción, inmigrantes y cumbia.

El último libro de Cristian Alarcón encaja en esta lógica que decís, sin embargo, vos misma lo considerás entre los mejores cronistas de hoy, y en esta colección, él y Lila Caimari son los dos extratemporáneos que figuran en el plantel.

–Por supuesto, el libro de Cristian Alarcón Si me querés, quereme transa, encaja en esa demanda que te digo, sólo que es excepcional por las tradiciones que cruza y las vueltas de tuerca que le da a la no ficción.

Dijiste por ahí que tal vez la crónica sea hoy un género hipervalorado. ¿Pensás que todos decimos lo mismo cuando decimos esto es una crónica?

–Hoy se llama crónica tanto al texto periodístico con énfasis en la narración, como a la crónica literaria y a la basura de escritor –esos híbridos que suelen encontrarse posmorten en los archivos de la PC–, cuando no se reemplaza el término arbitrariamente por “nuevo periodismo” y “no ficción”, categorías que habría que diferenciar aunque sus fronteras sean difusas.

¡Diferenciémoslas ahora mismo!

–El nuevo periodismo se limitaba a expropiar los recursos retóricos de la narrativa realista, mientras que la no ficción implica un cierto modelo judicial de investigación aspirando a otra sentencia que la oficial (Operación Masacre, por ejemplo). Me parece que la no ficción –desde los textos de Truman Capote y Rodolfo Walsh hasta los Cristian Alarcón– está más del lado de la investigación y con un modelo casi parajudicial en donde el cronista ocupa el lugar del juez.

¿Y la crónica, entonces?

–Si bien mantiene un nexo con “los hechos” está menos regida por “la prueba”. Esa exigencia de que cumpla con la regla del conocimiento in situ es relativamente contemporánea. Un José Martí no iba a cubrir la noticia, escribía a partir de lo que leía en el periódico. Un Fray Mocho escribía “En el mar la austral” sin haber viajado. Con la utilización del telégrafo aparece la figura del corresponsal, por otra parte prolifera lo que Viñas llama el viaje importador. La comparación es la figura retórica por excelencia del cronista. Es muy común en la crónica la apropiación del espacio por asimilación. Me encantan los cronistas que para contar un mundo desconocido necesitan referirlo al conocido.

¿Por ejemplo?

–Cuando Martí habla del ascensor de Gable y dice que es más alto que la torre de la Trinidad de Nueva York pero dos veces más alto que la torre de nuestra catedral.

En el contraste con el presente, los textos del siglo XIX y principios del XX no sólo delatan creencias sino que, cuando no se quivocan, parecen premonitorias.

–Es divertido ver cómo ya a principios de 1900 había preocupación por la prensa amarilla, el consumo desmedido, los avances técnicos y científicos como fuentes de pánico. Pero el ir hacia atrás no es por una intención de dar la lista de los precursores, ni de generar antinomias entre pasado y futuro. En todo caso, sí polemizar. Los textos elegidos son de aquellos años porque existe una proliferación del género en los diarios en el momento en que se “inventan” la ciudades latinoamericanas y el Caribe en cuanto identidad y modernidad al mismo tiempo. Me interesan los cruces entre géneros y sobre todo llegar a descubrir por qué se producen. Julio Ramos sitúa a la crónica como el género que al convivir en los periódicos en roce con los lenguajes contaminados de la información y la cultura de masas –por contrastes con ellos–, favoreció la autonomía del escritor latinoamericano. Hay una relación entre el género crónica y “nuestra” literatura.

¿Cómo sigue la colección?

– Ahora nomás está saliendo Mapa Callejero (maricas, patos, locas, pájaros y pingueros) las maneras de decir gay en América del Sur y el Caribe, de José Quiroga, y luego viene Dandys (poéticas de estilo y escrituras siglo XX), de Juan Pablo Sutherland.

Volviendo a tus hábitos, ¿tenés colecciones secretas?

–Tengo cierta debilidad por las colecciones perversas como la de Lombroso, que no sólo era de cráneos, también de vasijas con cenizas de criminales como una que tenía grabado “Qui riposa il povero Tu lacche stanco di rubare en questo mondo va a rubare nell’altro”. O la de un tal N.K., un caso de los doctores Hartwich y V. Krafft Ebing, que coleccionaba rodajas de chorizo de todos los países, y las conservaba en alcohol, cada una con su etiqueta que decía dónde la había comprado.

El coleccionismo parece ser una práctica que se contagia incluso de oidas, si otro colecciona, dan ganas de armar una serie propia. La lectura de crónicas te puede llevar a completar quién sabe cuántos tomos...

–Bueno hay muchos títulos más, pero por lo pronto mi coleccionismo es una cita literaria de los cien pisapapeles de Colette que Lalique le regaló de golpe (no sé si a eso se puede considerar colección), las japonerías de Lugones o las cajas de mudanza de Fitzgerald, en donde tenía un pimentero y un salero en forma de auto. Los había robado de un café cuando estaba Isadora Duncan sentada en la mesa de al lado.

¿Pensaste esta colección para ponerle un pisapapeles a todo lo que hoy se llama crónica y no te termina de convencer?

–Para el que le gusta la ficción, para el que le gusta la escritura marginal, para el que pretenda escribir. Porque creo que quien puede pensar un texto, puede pensar un lugar o un suceso. Sobre todo pensé la colección para abrir las ganas de investigar más que repetir como loros “¿Crónica?: Lemebel, Monsiváis, Caparrós”.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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