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Viernes, 13 de agosto de 2010

TITA MERELLO (1904-2003)

LA ARTISTA SALVAJE

 Por Moira Soto

No hubo desplantes ni bravuconadas que lograsen encubrir del todo ese desconsuelo profundo que venía de lejos, de la niñez en el asilo, luego del boyerito precoz, más tarde de la adolescente humillada por un plato de comida o un colchón dónde dormir... Acaso a Tita –Laura Ana en los papeles– Merello no le quedó otra que acorazarse en ese personaje respondón, irónico, camorrero, chúcaro, mientras iba tratando de avanzar como bailarina, cantante, actriz, expandiendo y puliendo a los ponchazos un formidable talento natural. Desarrollando esa personalidad arrolladora que, sin embargo, aun en el cenit del éxito, no la salvó de mantenerse permanentemente a la defensiva. Por las dudas, quizás adelantándose a un posible desprecio, siempre temiendo ser juzgada y reprobada. Puras conjeturas, claro, porque nunca ella lo verbalizó de esta manera. Pero lo cierto es que ese perfil que labró tenazmente en la vida, terminó confundiéndose con muchos de los roles que hizo –que le ofrecieron, que eligió, que le escribieron– en el cine y en el teatro, con los contenidos de los tangos y milongas que entonó con su sello único, la realidad y la ficción retroalimentándose durante décadas.

Se apropió con todo derecho de Filomena Marturano, en el cine y en el teatro. Emperatriz del melodrama, fue la sufridora prostituta corazón de oro que bancaba los estudios del joven pianista Alfredo Alcón, haciéndose vanas ilusiones en La Morocha; provinciana bravía, se volvía isleña por seguir a un hombre en la lucha contra el río, ella misma una fuerza de la naturaleza, en Los isleños. Ya había empezado con esa tendencia a inmolarse (¿o a pagar sus pecados, según se estilaba en aquellos años?) en los ‘30, en La fuga, como lo haría muchos años después en Para vestir santos, sin morirse esta vez, pero renunciando generosamente a la felicidad porque se enteraba a último momento de que la esposa legítima de su amado estaba embarazada. También le tocaba sacrificarse vía suicidio en Guacho, en este caso por haberse portado muy mal como madre de un niñito lisiado, todo para preservar el amor de un hombre. Pobre Tita, pobres personajes a los que generalmente les estaba vedado el final feliz. A los 51 reales, Merello se quedaba embarazada de un despreciable rufián en Mercado de Abasto y, por el bien de la futura criatura, se casaba, sin amarlo, con un tipo buenazo. Y cuando en algún momento dejó por un rato a sus mujeres trabajadoras, luchadoras, apasionadas, fue muy capaz de encarnar con propiedad en Deshonra a una señora neurasténica de la alta burguesía, víctima de un marido villano que la había dejado baldada y luego la asesinará culpando a la enfermera Fanny Navarro...

Comparada a menudo en su época de esplendor con Anna Magnani y con Bette Davis, en verdad Tita parece estar más emparentada con Edith Piaf, tanto por sus orígenes y carencias como por la innata calidad de artista, por el carisma irresistible y el carácter excesivo. Si Piaf se volvió loca de dolor por la muerte de Marcel Cerdan, Tita quedó herida para siempre por el abandono de Luis Sandrini, después de seis años de tempestuosa relación. Ambas fueron cantantes populares singulares, dotadas de una intuición prodigiosa que les permitió sortear academias y conservatorios.

Esa máscara de insolencia que la liberaba de guardar las formas, y parecía darle cierta seguridad a Tita Merello, se fue convirtiendo en una dura corteza exterior que llegó a tener varias capas. Tantas que cuando empezó a fracturarse con el tiempo, como los viejos árboles que poco a poco se desvisten dejando ver los anillos de distintos colores que revelan su edad, la diva indómita, en vez de mostrar su médula secreta, se fue para el lado sentimental y puritano. Ya muy mayor, con la fe de los conversos, empezó a sermonear sobre las ventajas de ser una buena chica y no darles la prueba de amor a los muchachos aprovechadores y pedigüeños. Cosas de beata, tan luego ella. Admoniciones que sonaban anacrónicas en una época de post-revolución sexual, en que las mujeres hacían uso cada vez con menos culpa de su libertad sexual.

Rómulo Berruti, conductor del programa radial Plumas, bikinis y tangos (domingos de 10 a 13 por La 2x4, FM 92.7), conoció de cerca a Tita Merello porque ella había debutado en el teatro de texto con Milonga, de Alejandro Berruti, tío del periodista: “Ella empezó bien de abajo, en el Bataclán de la calle 25 de Mayo, un reducto terrible adonde iban los marineros y no dejaban entrar a mujeres...”. Cuando la actriz y cantante cumplió los 80 estaba trabajando en Mar del Plata con Enrique Carreras, quien propició una entrevista en su casa. “Imposible, es inabordable, la conozco desde que era chico”, le advirtió Rómulo. Se hizo un almuerzo y, en la sobremesa, Rómulo intentó un entre, le preguntó afectuosamente a Tita cómo iba todo y ella lo pescó al vuelo: “¿Qué hacés? ¿Venís con el grabador a romper las pelotas?”. El alegó la fecha que celebraban y Tita le retrucó: “¿A vos te parece que, además de los 80 años, me tengo que aguantar un reportaje?”.

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