las12

Viernes, 22 de octubre de 2010

PRIMERA PERSONA

Amada en el amado transformada

Actriz de formidable plasticidad, Victoria Almeida reparte sus talentos entre los personajes que hace en los programas de Pakapaka, la participación en El amante del amor, obra inspirada en los sonetos de Shakespeare, y el sobresaliente protagónico de El Dibuk, pieza de Shlomon An-Ski recientemente estrenada en el San Martín, una historia de amor más allá de la muerte que recupera poéticamente rasgos del folklore judío.

 Por Moira Soto

¿De dónde saca Victoria Almeida esa fuerza casi sobrenatural para encarnar a la Leah poseída por su amado muerto y luego exorcizada en la obra El Dibuk? En la entrevista que da a Las12, la joven actriz revela cómo se fue conectando con este personaje que representa mundos que ella desconocía. Es que la obra de Shlomo An-Ki (1863-1920), un superclásico del teatro judío en ídish, es una condensación dramática de la abarcadora y minuciosa investigación realizada por este autor durante los años 1915 y 1916. Todavía adolescente, Shloynme-Zavl Pappoport (su nombre en los papeles) trató de despegar de la tradición familiar pero igualmente fue perseguido por el zarismo a causa de su condición de judío. Se relacionó con la clase obrera, abrazó las ideas socialistas, vivió un tiempo en París. Cuando regresó a Rusia, sin soltar sus convicciones políticas, volvió a las fuentes e hizo ese estudio sobre la cultura popular judía que cimentaría la escritura de El Dibuk, título que alude a un alma en pena en busca de un cuerpo viviente hospitalario.

Tremenda pena de amor es la que padecen Janán y Leah, separados por la fatalidad, por el quebranto de una promesa hecha por el padre de ella. Con un marco de pueblitos judíos de Europa del este que evoca el universo de El violinista en el tejado, El Dibuk cuenta un romance signado por la tragedia, con gran altura poética, jugándose por la vía mágica, por los poderes del amor por encima de la muerte. No por azar, Janán es un cabalista, aprendiz de hechicero que muere al descubrir un secreto que lo supera y que Shlomo An-Ski –el judío que se reconcilió con su cultura sin dejar por eso de estar en la Revolución de Octubre– prefiere respetar.

Aunque le tira el canto y está haciendo un repertorio con el músico Pablo Bronzini, V. A. percibe claramente que “todavía no estoy yo allí, no está mi alma. En esto no cedo, por más que la gente que me ha escuchado me diga que lo hago bien, que tengo que cantar más. Sucede que no tengo ahí toda esa conexión interna que experimento cuando actúo y me siento dueña de lo que hago. Estoy en busca de ese canto verdadero. Con Pablito armamos un repertorio de canciones de cuna de distintos países, tomamos algunas cosas de María Elena Walsh. Gran placer yo ensayando con él, pero si me ponés público, sé que no es aún mi terreno. Me encanta escuchar a mi hermana Milagros que es una cantante hermosa, hace sobre todo funk, está componiendo sus propias canciones. La mía es una búsqueda en la que no querría no ser auténtica”.

Entonces, mientras el canto se va afianzando ¿hacemos teatro?

–¡Hacemos teatro porque si no me muero! Tengo unas ganas locas de hacer veinte millones de obras al año... Estoy dos semanas sin actuar, entre una obra y otra, y ya no soporto más, me agarra el mono de actuar. Eso es algo que nos pasa a los que ponemos demasiada pasión en lo que hacemos. Por ahí en tu vida personal puede haber huecos, algunas carencias al no dedicarle suficiente tiempo a los afectos porque, sí, hay algo de la actuación que es como tu amor.

¿En el teatro tenés poder?

–Sí, es un poder, totalmente, muy fuerte. Creo que todo pasa por encontrar tu pecera y en consecuencia, sentirte como pez en el agua. Y una vez que la encontraste, no querés otra cosa. Vos me decís estas cosas tan lindas a propósito de obras donde funcionaron varios aspectos, hubo conexiones... y el día de mañana puede haber un espectáculo donde la esté pifiando por todos lados, aunque lo haya elegido con cuidado: no hay garantías sobre lo que puede acontecer en el proceso de los ensayos.

¿Cómo se presenta El Dibuk en tu horizonte?

–Me llaman para audicionar. El productor Gustavo Schraider me había visto en El trompo... Preparo algo largo porque se trataba de un rol muy protagónico: tres monólogos de dos carillas, una canción en hebreo. Hice una prueba y el director me eligió. Todavía no conocía la obra. Cuando me eligieron, la leí, me interesó mucho.

¿Tenías algún acercamiento a la cultura judía, a la tradición de Europa del este?

–Nada, no había tenido oportunidad. De modo que fue un doble regalo: poder meterme en ese mundo. Desde que supe que iba a hacer la obra y hasta el comienzo de los ensayos, tuve tres meses en los que me dediqué a investigar, a escuchar músicas. Averigüé mucho sobre tradiciones, ritos, fiestas judías, el lugar de la mujer. Me preparé por ese lado.

¿La mujer en un lugar secundario en casi todos los planos?

–Sí, poco espacio en lo religioso, un tema de hombres. Las mujeres se casaban según un acuerdo entre varones, criaban a los hijos. Está ese prejuicio en torno de la menstruación: por ejemplo, no pueden tocar los rollos de la Torah en esos días. Por otro lado es una cultura muy rica y antigua, una filosofía muy vinculada con el perdón, el agradecimiento. Una actitud muy solidaria con los más necesitados de la colectividad.

El Dibuk es como un compendio de ciertas tradiciones y creencias. Pone al público no conocedor en contacto con esa cultura de manera poética, lo deja con ganas de saber más. Por otra parte, hay puntos de contactos con la religión católica: el monoteísmo, el Antiguo Testamento, otros vasos comunicantes...

–Para mí fue entrar en un universo que apenas conocía por referencias de películas, libros. Sin embargo, El Dibuk es una historia de amor universal, donde lo religioso es el marco. En una primera lectura, me quedé con esta impresión: qué inmenso es este amor. Me preguntaba cómo abordarlo: dos personas predestinadas que se miran y se reconocen y se enamoran. Además del deseo, de la atracción física, sexual, la obra habla de dos almas que se quieren, que necesitan absolutamente estar juntas, no importa si en esta vida o en la otra. Es una obra muy difícil, eso fue lo que más me atrajo: había mucho que comprender para poder decirlo.

Felizmente, en el numeroso elenco, además de tu memorable labor, hay actuaciones muy buenas, entra ellas la de Mariano Mazzei, como tu amado que ya está en otra parte al comenzar la obra; Omar Fantini, un Mensajero rebosante de misterio; Juan Carlos Puppo, tu pícaro padre; los conmovedores rabinos de Carlos Kaspar y Marcos Woinski; la protectora nodriza que interpreta Mónica Santibáñez...

–Bueno, fuimos amasándolo entre todos. Mariano Mazzei es un actor que a mí me ilumina. Cuando te mira, lo hace de verdad. Si esto sucede, sólo tenés que ponerte enfrente y devolver la mirada. Suspiré contenta cuando supe que él iba a ser Janán. Mónica Santibáñez es una actriz muy sólida, muy generosa, gran compañera, atenta a todo el elenco. Su nodriza es como la voz del barrio, la sensatez, se la ve venir, la tiene clara. En cambio, mi Leah es una adolescente que tiene poco recorrido, su saber proviene de la intuición, como si le bajaran data. Fue un placer trabajar con todo el elenco.

¿Cómo fuiste arrimando al personaje de Leah?

–Creo que ella es una chica bastante especial: tiene una percepción muy amplia, profunda, despierta. La obra alude a que ella tiene sueños donde se le aparece gente muerta. También se insinúa que ve muertos en la vida cotidiana. A ella se le murió la mamá cuando era muy chica. Su alma está muy predispuesta a que venga un dibuk, el espíritu de un muerto, y entre en su cuerpo, en su mente. Empecé a buscar a Leah por ese lado, tratando de encontrar ese color. Y luego traté de bajarla, hacerla cada vez más natural, quitándole solemnidad. En lo que hace a la posesión, el exorcismo, pasé por todo, todo.

¿Hasta por Linda Blair?

–Nunca miré El exorcista. Además, el dibuk que se introduce en el cuerpo de Leah es su propio amado. Y es el único momento en que pueden estar juntos, muy íntimamente además. Porque hay un componente sexual en esta posesión.

Una sola carne, como les anunció Dios a Adán y Eva en el Génesis...

–Como sea, ellos se unen. Para mí hay cuatro quiebres en Leah: al comienzo, enamorada del chico; transformada en otra cuando él muere; vuelve a cambiar cuando es poseída por el espíritu; y una vez que sale de ella Janán, se modifica de nuevo, deja de ser virgen, ya le pasó la vida... El Dibuk es un texto maravilloso donde todas las piezas encajan a la perfección. Pero si vamos a mi personaje, debo decir que tiene todo lo que querría hacer cualquier intérprete, mucho para explotar. Cuando la leí, pensé: este autor se enamoró de una actriz y se propuso escribirle un personaje para que se diera todos los gustos en una sola obra. ¤

El Dibuk, miércoles a sábados a las 20, domingos a las 19, en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, Corrientes 1530, a $ 45 (los miércoles a $ 25). El amante del amor, los martes a las 20.30 en Patio de Actores, Lerma 568, a $40.

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