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Viernes, 29 de octubre de 2010

CRONICAS

Rueda la vida

Tiene 27 años y un oficio que la convierte en única, al menos dentro de los límites de nuestro (machista todavía) país: es camionera, transporta autos desde Córdoba a Brasil y sabe tanto de rutas como de la soledad que disfruta sobre todo si el paisaje pasa y se transforma por la ventanilla de su vehículo.

 Por Melina Torres

Se dice que para estacionar de culata es necesario usar el espejo retrovisor, los dos laterales y hacer un buen cálculo de las medidas donde debería entrar el auto. Ahora bien, si al vehículo se le añade media cuadra de largo y se le quita el espejo retrovisor, a las anteriores maniobras hay que sumarles una invocación a nuestros antepasados para poder embocarlo correctamente. Sabrina lo hace diariamente. No conduce un automotor de medidas estándar sino más bien todo lo contrario; está al frente de un camión que mide de mi casa a la de la vecina pasando por la verdulería y la dietética. Y por su autoconfianza, esta cronista duda de que invoque a algún santo; en todo caso, se deja llevar por su instinto, que lo viene aceitando desde los 21 años, edad en la que empezó a trabajar con camiones.

Sabrina Valor tiene 27 años, vive en Córdoba pero nació en San Miguel y estudió hasta quinto año Trabajo Social en la universidad de Luján. Tiene el pelo largo hasta la cintura y la tez color aceituna notablemente más bronceada en el brazo izquierdo; un tostado desparejo al que se lo suele llamar “de camionero” y en este caso es cierto, salvo que la o final de camionero se debe reemplazar por la a. Porque Sabrina es una de las pocas mujeres camioneras del país, y la única que transporta autos cruzando frontera. Su amor por los camiones se lo transmitió su abuelo materno, Marcelo Salván; casi como un juego, don Salván le enseñó a su nieta los cambios de un camión y los cuidados necesarios para manejar semejante mole, y la chica aprendió y le gustó. De tal forma que a punto de terminar sus estudios universitarios, y con un trabajo en una escuela, decidió montarse a uno de ellos para no bajarse más. Así, a los 21 años Sabrina dejó todo y comenzó a manejar un furgón en la empresa de un tío, transportando el material que se utiliza en las toallitas femeninas y los pañales, viajando desde Pilar hasta Uruguayana. De ahí el destino la llevó a la ciudad de Córdoba, donde manejó un chasis y transportó carga en toda la provincia para la empresa Andreani; luego se mudó a otro empresa, para la cual transportaba harina hasta Bolivia en un camión cisterna. Las cisternas son como unos recipientes de gran tamaño que se ponen en los remolques y que pueden llevar líquidos, gases o sólidos a granel (harina o cemento). Una vez descargada la harina, Sabrina se metía en esos grandes contenedores y los limpiaba bajo el sol asfixiante del verano boliviano, a veces sintiendo que el aire le faltaba tanto que necesitaba salir a la superficie a respirar. Un trabajo que sin necesidad de preludios implica poner el cuerpo, vencer el cansancio y el agotamiento.

Un día, de pura casualidad –de esas que la vida tiene cada tanto– escuchó que en la empresa Elta (la transportadora oficial de Fiat) buscaban choferes de camiones. Allí partió y dejó su currícula. Cuando Carlos Aumada tuvo en sus manos los antecedentes, le pareció un tanto raro pero lo pensó un poco y la llamó; la puso a prueba tres meses en la planta de la Fiat para ver cómo se desenvolvía cargando autos con rampa a la batea del camión. Un trabajo minucioso y de riesgo.

Y el día llegó, porque para eso Sabrina le puso mucho empeño. Los supervisores de la planta informaron que la mujer tenía una audacia enorme, y una precisión sólo comparable a la que se consigue en años de hacer tal labor.

De modo que el 13 de marzo del 2010 Sabrina se montó al frente de un Cavallino Iveco, de una cilindrada de 320 caballos de fuerza, de 22,40 metros de largo por 4,30 metros de alto, con 15 mil kilos de carga, traducida en diez autos nuevos que no se podían rayar ni estropear. El destino: Brasil. Atrás, en otro camión, la secundaba Rubén, quien sería después su gran amigo y consejero.

EN VIAJE

El punto de encuentro para hacer la entrevista fue el cruce de la Ruta 9 y la Ruta 12. Sabrina venía de Córdoba con una carga de ocho autos, y los llevaba hasta Berazategui (provincia de Buenos Aires). Al bajar veo que tiene una sonrisa tan amplia que le ocupa la mitad de la cara. Me invita a subir y a empezar el periplo que culminará (para mí) al día siguiente. Para ella, en cambio, es sólo el comienzo.

Sólo dos cosas son importantes como para detener la marcha de un camión: que la carga esté en riesgo o que alguna pieza del transporte funcione de forma anormal. Para Sabrina, otra cuestión grave es si se vuelca yerba en el tapizado. No es para menos, su camión brilla como un palacio imperial.

El camión que conduce Sabrina es como una casa. La cabina tiene una cama detrás de los asientos, con un cubrecama rosa y blanco. Tiene dos percheros que ella le instaló y un sitio donde van los bolsos. Tres cajones perfectamente ordenados. Uno con provisiones, otro con los zapatos y otro con los utensilios de cocina. Cada asiento tiene una alfombra en tonos pasteles (haciendo juego con el cubrecama). El espacio que queda entre asiento y asiento está alfombrado. Cada vez que se baja y se sube, Sabrina se limpia los zapatos cuidando de no tener tierra. Debe tener dos Lysoform de repuesto, que se suman al que está constantemente en uso. Hay un limpiamuebles dispuesto a sacar cualquier pelusa que ande dando vuelta. Para decirlo sin rodeos, Sabrina es una obsesiva de la limpieza. Tanto que da vergüenza que se caigan dos miguitas de algún bizcocho cordobés que tiene en una bolsita perfectamente alineada junto al termo y al mate. Además de limpio, el camión es un refugio con todo lo necesario para el relax: DVD, playstation y música. También hay un calentador donde calentar el agua a punto, porque en los dispenser la tienen o demasiado caliente o demasiado fría.

El camión tiene dos cajas de marcha con ocho cambios, radar y es todo computarizado, a tal punto que tiene una opción que se llama velocidad crucero en la cual se puede programar la marcha, que dicho de manera simple significa “anda solo”. Claro que esta opción sólo puede ser utilizada en la llanura y no en los paisajes brasileños repletos de curvas y contracurvas.

Se les puede temer o no a los fantasmas, se puede creer o no en los espíritus, pero es seguro que algo se le va a fruncir si viaja en un camión de cuatro metros de alto con varios autos en fila y tiene que pasar por debajo de un puente. A Sabrina le sucedía lo mismo al principio, y ante la duda de si el camión pasaba o se comía el puente, detenía la marcha, se subía al techo y hacía un par de cálculos.

Al parar en el peaje, la cajera, acostumbrada a un mecanismo automático de recibir el dinero y dar el ticket, mira a Sabrina y se asombra al ver a una mujer al volante. Entonces le dice “sos mi ídola”. Esta situación describe lo poco habitual que resulta ver a una mujer al frente de un camión. Sin ir más lejos, en la empresa Elta trabajan 220 varones (entre fleteros y camiones fijos) y solamente una mujer. A tal punto es poco común esta situación, que las estaciones de servicio tienen ducha solamente en los baños para caballeros, porque se supone que si alguien de un camión pasa allí la noche, será varón. Esto no sucede en Brasil, donde los baños están preparados para las mujeres porque hay una porción alta (comparada con otros países) de mujeres al volante de transportes de carga.

Ya que nos encontramos con una eximia conductora y como método para no dormirme luego de 14 horas arriba de un camión, le pregunto: ¿existe una forma correcta de manejar? Y la respuesta de tan elemental me hace quedar como una persona que para conducir tiene menos olfato que un pescado.

–Claro que existe, hay que mantener la marcha –responde Sabrina–. Mirá ese idiota por ejemplo (señalando a un auto), te das cuenta de que acelera y frena, acelera y frena. Y eso hace que toda la manga de pelotudos que viene atrás aceleren y frenen con él. Así se pierde una marcha continua y se forman los embotellamientos. Porque fijate vos que es fin de semana largo y, en vez de salir a descansar, parece que salen a matarse de lo rápido que van.

De aquí se deduce que si Sabrina se queda sin trabajo podría ser una excelente estratega de filas. También se desprende que Sabrina tiene un amplio repertorio de malas palabras aprendidas y gritadas en tantos años de ruta.

Por qué es signo de buen vivir una señorita manejando un Audi y no lo es si esa misma señorita maneja un camión. Sacando cuentas, un camión (de marca nacional) cuesta lo mismo que uno de estos autos. La respuesta es simple: porque manejar un camión implica no descender de él salvo para dormir, defecar o ambas cosas si los dos mil mates que tomó la conductora le hicieron efecto. Y la verdad que en un Audi se puede pasar esta cantidad de tiempo sólo si se conduce hasta Punta del Este y se quiere llegar temprano. Bueno, a decir verdad, hay muchas más respuestas, pero son tan obvias que quedan al criterio de quien lea.

El día empieza temprano, lavarse la cara, tomar los primeros mates, hacer alguna compra de proveeduría y poner a calentar el motor. A las 7 de la mañana Sabrina está en la ruta. Generalmente transporta autos desde Córdoba hasta Betim, a 40 km de Belo Horizonte, capital de la provincia de Minas Gerais, en Brasil. El viaje implica 14 mil kilómetros y la cantidad de días depende de la lluvia, y de la Aduana.

Su paisaje cambiará. Tendrá lluvia, sol, llanura, montaña y hasta mar. Los conoce a todos. Ha pasado por el desierto de Atacama, por donde no andan ni los reptiles, por las curvas bolivianas, por las playas cariocas. De todos esos paisajes, lleva recuerdos y fotografía pero sólo desde el camión, de donde nunca se baja. Puede estar 15 días en una Aduana pero no se separa de su carga, que cuida como una leona a sus cachorros. Sabrina sabe de soledad, de esa que muerde, pero que a la vez fortalece. Sabe que quiere comprarse un camión y para eso debe trabajar desde que el sol sale hasta que se oculta. Sabe que nada le fue fácil, que su mamá desde algún lugar del universo la acompaña, como así también su abuelo, que le enseñó a andar la vida ahí arriba, mirando adelante, siempre adelante.

epigrafe

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Imagen: Melina Torres
 
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