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Viernes, 26 de noviembre de 2010

ICONOS

Las redes del diablo

La cabellera femenina es el objeto de deseo cinéfilo de la excitante y abarcadora muestra Brune/Blonde que la Cinemateca Francesa ofrece en París hasta mediados de enero próximo. La importancia erótica, histórica, política, sociológica de la representación de rubias, morenas y pelirrojas en las imágenes del celuloide proyectado, ligadas a su vez a las artes visuales y a la literatura. Pasen y admiren.

 Por Moira Soto

Morena clara por excelencia hasta que Almodóvar le plantó una peluca rubísima en Los abrazos rotos (2009), Penélope Cruz es la imagen insignia de la espectacular muestra Brune/Blonde que se ofrece en la Cinemateca Francesa (51, rue de Bercy, París 12ème) hasta el 16 de enero de 2011. Casi todo lo que ustedes quieran saber, recordar, relacionar sobre pelos de mujer en el cine, lo encontrarán en esta expo accesible (8 euros la entrada general, 4 los menores, 5,50 los estudiantes), que se quiere erudita y lúdica al mettre en honneur: el tema de la cabellera femenina en las imágenes, desde fines del XIX hasta nuestros días.

Raros archivos de TV, extractos de películas y ciclos de films completos, cortometrajes y un documental especialmente realizado, pinturas y esculturas, zonas interactivas incluso para los chicos (quienes, por ejemplo, a partir de un detalle elegido previamente, pueden encontrar la obra a la que pertenece ese fragmento, y establecer los lazos de un mismo tema entre cuadros, fotos, estatuas y otras películas). También se puede optar por las visitas guiadas de la comediante Christabelle Papin, o por diversas conferencias (para el próximo lunes, si llegasen a tiempo, está prevista una sobre Naná y sus avatares, de Manet a Abel Ferrara, que partirá de la Venus de cascos ligeros de esa pintura de 1877, tres años anterior a la novela de Zola, para llegar a Blackout, de Ferrara, construido en torno de la Naná de Christian Jacque).

Actrices de altri tempi y recién llegadas; rubias, morochas y trigueñas, sin desdeñar a las pelirrojas; pelos bien cortitos o bien largos, lacios y rizados, sueltos al viento o recogidos en elaborados peinados de época o en moderna cola de caballo, flequillos legendarios y greñas devenidas sexies. Y como emblema, el inolvidable chignon espiralado de la rubia divina Kim Novak en Vértigo, ese ensueño de Alfred Hitchcock. Un director particularmente exaltado a través de esa galería de blondas casi siempre reservadas, retenidas, con o sin rodete (Grace Nelly, Madeleine Carroll, Joan Fontaine, Tippi Hedren, Ingrid Bergman, Janet Leigh, Marlene Dietrich, Vera Miles...)

Si una morocha trocada en rubia es el glamoroso afiche y un chignon fetichista el símbolo de Brune/Blonde, las pelirrojas tiene su reválida en la fachada de la Cinemateca, sobre la que caen desde el techo 5 mil metros de pelos colorados de muñeca, como una telaraña gigante, surrealista. Esta instalación pertenece a la artista francobritánica Alice Anderson y se titula The Isolated Child, en una nueva referencia a la propia infancia de esta notable creadora (recientemente, su Mother Nest II se exhibió en la Tate Modern de Londres, y su Bird en la Bienal de Corea).

Adentro, al abrigo de esa cabellera más larga que la de La mujer de 50 pies (la de Allyson Hayes, por favor, de 1958, no la más reciente de Daryl Hannah), iconos como la melenita oscura de Louise Brooks en Lulú, las ondas de la platinadísima Jean Harlow en los ‘30, el rojo cobrizo que incendió la pelambre con vida propia de Rita Hayworth en los ’40 y los ’50, el corte andrógino de Jean Seberg y el batido premeditadamente sauvage de Brigitte Bardot rondando los ’60, el oro capilar de Catherine Deneuve, bella de día, de noche, de joven, de mayor. Y también –¿pourquoi pas?– las latinas rubias por adopción como Madonna.

Pero, como se dijo más arriba, no todo es cine en esta seductora muestra que también pone de manifiesto hasta qué punto los/as directores/as se inspiraron en la pintura, la escultura, la fotografía... Es así que un cuadro pop entabla conversación con otro prerrafaelista, asimismo con una litografía Art Nouveau o una pintura surrealista. Una estatua de fines del XIX (Rodin) convive en acertada vecindad con una sugerente foto de Francesca Woodman, tomada un siglo después. Junto a instalaciones contemporáneas (Marie Drouet, Camille Henrot), se despliega la reinterpretación de figuras mitológicas de la talla de Lilith, la Medusa, Mélisande, Ofelia o la mismísima Rapunzel del cuento de hadas, la de las luengas trenzas.

Entre otras ramificaciones capilares incitantes, Brune/Blonde promueve un diálogo entre el cine clásico y el marginal, el de Occidente y el de Oriente, el de ayer y el de hoy. De esta guisa se pueden revisar las variaciones de la rubiedad en Hollywood, de la blonda hogareña esposa fiel de los ’30 a la vamp tentadora de los ’40, reconociendo que el cine negro no dejó de lado a rutilantes morenas como Ava Gardner. También es posible hacer un repaso de los numerosos pigmaliones proveedores de iconos que se instalaron en el imaginario cinematográfico mundial, directores que modelaron a actrices –que ciertamente traían lo suyo–, inventando estilos que se impusieron y que, en algunos casos, reaparecen en la actualidad, recuperados por la moda.

La excelencia en todos sus rubros de esta muestra se explica al conocer el nombre de su creador y curador: Alain Bergala, ex jefe de redacción de la revista Cahiers du Cinéma, realizador, docente, autor de ensayos sobre cine, especialista en Jean-Luc Godard. Tal ha sido siempre la fascinación por la cabellera femenina en este experto, que cuando escribía crítica de cine llegó a tomar 4500 notas sobre el tema: “Motivo central en la pintura y la escultura a través de los siglos, tomó más importancia en las películas. Sin embargo, aún no existe un solo libro dedicado a este asunto”, dice el curador de Brune/Blonde. “Lo interesante, a partir de una temática que puede parecer superficial, encantadora pero fútil, es darse cuenta de que ahondando se puede llegar a zonas más serias... Los cabellos de las mujeres mantienen un rapport estrecho con la historia en las sociedades, con las mitologías.” Respecto de la gestualidad ligada al pelo femenino, Bergala opina que la pintura ha marcado una suerte de nomenclador que el cine, finalmente, no ha hecho más retomar y enriquecer.

“¿Cómo explicar el imperialismo de la blondeur que tanto ha circulado durante el siglo XX, desde los países nórdicos hasta Alemania, de los Estados Unidos a Rusia? Tratamos de responder a estas y otras preguntas sin centrarnos exclusivamente en Occidente: de este modo, Africa, los países árabes están presentes en la exposición”, prosigue el autor de Godard par Godard. “En la India, por ejemplo, el pelo tiene una importancia capital: difícil concentrar una escena de amor sin ventilador cerca, el movimiento del cabello vuelve palpable la agitación erótica.” Para Alain Bergala, los cineastas maestros en la materia son –aparte del mencionado Hitchcock– Buñuel, Mizoguchi, Antonioni, Bergman, Lynch, Fassbinder... “Sus películas están atravesadas por las emociones que en ellos desencadenan los cabellos femeninos”, se explaya. En cuanto a sus preferencias entre las actrices, no tiene dudas: Louise Brooks es “la” morocha, Marilyn Monroe es “la” rubia.

Desde el vamos, se decidió que Brune/Blonde iba a establecer filiaciones, mostrando que desde sus inicios el cine estuvo impregnado por la tradición artística, “así como actualmente los films se han vuelto una inspiración para los artistas visuales”. Aparte de los creadores plásticos ya nombrados, están presentes en la muestra Rossetti, Böcklin, Picabia, Munich, Léger, Delvaux, Warhol, Marina Abramovic... La elección de estos artistas parte de fines del siglo XIX, cuando el cine se iniciaba para trazar coincidencias, correspondencias.

Entre las curiosas imágenes de archivo se ofrece un documental hecho para la TV, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno pedía la movilización de las mujeres para que ocuparan los puestos que dejaban los hombres que se alistaban. En esa época hacía furor el famoso peinado de Veronica Lake, el mechón rubísimo sobre el ojo (así como en los ’20 había hecho correr ríos de agua oxigenada la novela de Anita Loos, Los caballeros las prefieren rubias, filmada en 1953 por Howard Hawks, película que se proyecta en la expo). Pues bien, esa guedeja de Lake era incompatible con el trabajo en las fábricas porque provocaba accidentes. En consecuencia se rodó un clip donde la estrella daba las razones por las que debía cambiar su look. A la brevedad, las obreras modificaban su peinado...

Un interesante ejemplo de los juegos múltiples de inspiración entre las artes lo da uno de los films que se exhiben, La captive (2000), de Chantal Akerman. Historia de un amor obsesivo, libre adaptación de La prisionera (En busca del tiempo perdido 5, 1923) de Marcel Proust. En una escena, el protagonista sigue a su rubia cuando va al museo y la mira contemplar La Slave (1906) de Rodin, cuyo peinado a su vez recuerda el de Madeleine personaje y Carlotta, figura en el cuadro, de Vértigo (1958). Y entre las fotos vale rescatar el Autorretrato como Lucille Ball –la inefable comediante– hecho por la gran Cindy Sherman, esa artista que tan lejos ha llevado su búsqueda de nociones de identidad y representación de la mujer en la sociedad y en la historia.

La conocida frase misógina del filósofo Schopenhauer (1788-1860) –“La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”– es retrucada por el corte que asumen las garçonnes de los ’20 en pos un peinado práctico y confortable. Y las melenas breves ligadas a las ideas amplias se acortaron aun más en las intérpretes de Sin aliento (1959), El bebé de Rosemary (1968). En el precioso catálogo, la historiadora feminista Michelle Perrot subraya el impacto político de la evolución de los pelos femeninos entre los siglos XIX y XX. Asimismo, se pueden leer dos sustanciosas entrevistas a Catherine Deneuve y François Ozon. Por otro lado, está a la venta la antológica caja de DVDs Brune/Blonde, que incluye Belle de jour (con la rubia glacial Deneuve), Los abrazos rotos (la morena Cruz que calza peluca platinada), Mulholland Drive (rubia y morocha verdaderas, Naomi Watts y Laura Harring) y El desprecio (la blonda Bardot se embellece aún más en una escena mediante una peluca corta y negra).

Sólo una queja ante tanta creatividad, despliegue y diversidad: ni una actriz argentina, ni de antes, ni de ahora. Ni una Zully Moreno, ni una Laura Hidalgo. Ni una Isabel Sarli, ni una Libertad Leblanc. Pero al menos uno de los seis cortos realizados especialmente para la muestra lleva la firma de Pablo Trapero.

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