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Viernes, 26 de noviembre de 2010

MUESTRAS

Colgadas

Ana Alvarez Errecalde reflexiona a través de una obra revulsiva sobre el código mercantil que se impone sobre el cuerpo de las mujeres. Un último paso en una serie de trabajos con los que la artista desnuda lo que está destinado a la invisibilidad.

 Por Dolores Curia

Ana es osada. Cuando trajo a su segundo bebé al mundo no quiso que el recuerdo de ese evento se desvaneciera. No quiso que el suceso (o su huella) se desgastara por ese mecanismo a veces engañoso, a veces impreciso, que nos juega la memoria. Decidió atesorarlo haciendo lo que mejor sabe hacer: guardándolo en una imagen. De ese acontecimiento único el resultado fue una foto impactante y conmovedora. La obra es un gran díptico, en la primera, la (algo incrédula) madre aparece con su beba en brazos, minutos después del parto. Ana y su hija todavía están ligadas de la forma más primaria que ofrece la naturaleza. El cordón umbilical sigue ahí intacto haciendo de nexo entre ambas. Un champurreado de sangre es denominador común en las dos imágenes, como un cuadro expresionista salpicado sobre la piel y el fondo blanco. En la segunda imagen, Ana sonríe con toda la cara, amamanta por primera vez a su beba y nos ofrece a la vista aquello que la albergó durante los meses del embarazo. Es la masa gelatinosa y sangrante más adorable que hayamos visto jamás. Una imagen de la maternidad que es todo lo contrario de los prototipos asépticos con la que la iconografía religiosa nos ha taladrado los ojos. Todo lo contrario: “El nacimiento de mi hija” (2005) es puro enchastre. Es antihigiénico. Es un realismo impúdico que atropella, y emociona. Sin velos, tapujos ni idealizaciones.

El díptico pertenece a su serie “Egología” en la que también fotografió a sus padres (2003) poniendo en jaque el tabú del desnudo en la vejez. En 2007, retrató a su familia instantes después de haber sobrevivido a un accidente. En el 2009 exhibió sin cortes ni censura al hombre que ama en “XXL, lies, lust, love”. La serie “Egología” es algo así como el antifacebook: “Quiero desafiar el preconcepto que tenemos a la hora de formar el álbum familiar, de eso que hacemos cuando editamos nuestras propias imágenes. ¿Sos eso? El que está contento con los amigos y la copa, ¿eso sos vos? ¿O lo que realmente te hacen son las cosas o eventos que no forman parte de ninguna imaginería, que no fueron fotografiados o que fueron descartados a la hora de la “edición”? Mi trabajo apunta a eso: a lo que mostramos ser y a lo que somos”.

Ana Alvarez Errecalde tiene historia en el mundo del documental, pero ahora está abocada tiempo completo a la foto. Nació en Bahía Blanca, pero después de un periplo por Nueva York y Europa, terminó anclando su carrera como artista visual en Barcelona. Desde la semana pasada y en plena calle Florida, una vidriera excéntrica exhibe parte de su trabajo al público porteño. Del perchero penden, primorosamente, piezas de peletería humana. La oferta hace contrapunto con las otras tiendas de cuero de la zona y descoloca (desde la risa hasta el espanto, porque las reacciones son surtidas) al transeúnte desprevenido. Con More Store/Tallas –que podrá verse en el CEBA hasta el 23 de diciembre–, Errecalde, escarba en el tema de la construcción de la identidad y la mercantilización de lo humano con el cuerpo femenino como valor de cambio. La muestra cuenta con trajes, fotos y una videoinstalación que desnuda el proceso de gestación de las obras, las secciones fotográficas y los testimonios de aquellas modelos que se prestaron al experimento.

Cual finas prendas se presentan colgados, en el que bien podría ser el escaparate de una boutique glamorosa, los pellejos de decenas de mujeres. Es una metáfora, claro está. Pero algo de lo real se abre paso entre lo sintético de las telas. La huella de los cuerpos “en vivo” nos saluda desde cada foto impresa en el traje. Son desnudos de más de cuarenta modelos de distintas procedencias, residentes en (o de paso por) Barcelona en el momento en el que se estaba cocinando la obra: “Yo invité a mis amigas pidiéndoles que corrieran la voz, al principio me decían que sólo las chicas entre veinte y treinta años con cuerpos perfectos iban a querer posar pero me empezaron a llegar emails de sus tías y abuelas. Vi que la mayoría de las que se ofrecieron a participar eran justamente aquellas que no se sienten representadas por la publicidad y los modelos estandarizados. Y me pareció estar dando un espacio que necesita ser ocupado, a pesar de los juicios o la polémica que se pueda generar”. Así un séquito de mujeres no arquetípicas (en el amplio espectro que va desde los 18 a los 74 años) se expuso frente a la lente. Esas fotos, que atestiguan de todo menos del rostro de las retratadas, fueron luego impresas sobre telas conservando las proporciones de las musas originales.

La idea data del 2007, cuando un conjunto de hechos tuvo lugar, impulsando la obra: “Por un lado, me enteré de que la tasa española de muertes por violencia doméstica en ese año había sido de 7000 mujeres. Me alarmó. También en 2007 una de mis hermanas falleció de cáncer, entonces, me interesaba mucho hablar del valor de los cuerpos en función de la ausencia. Estamos acostumbrados a pensar los cuerpos en los términos mercantiles que nos impone la publicidad. Pero cuando perdés a un ser querido, la corporalidad adquiere otra significación, otro valor. Me impactaba que, con el dolor que yo tenía por la pérdida, aun así seguía siendo bombardeada. Había un cuerpo que no estaba, pero yo con el mío seguía teniendo la posibilidad, y hasta la exigencia, de moldearlo. Podía cambiar de tetas, si quería”, dispara la fotógrafa. En simultáneo, otro suceso inspiró, también, el proyecto: “En la época en que yo estaba gestando esta idea, el Ministerio de Salud de España, a raíz de la problemática que se generó con Pasarela Cibeles (habían prohibido participar de los desfiles a modelos anoréxicas), decidió hacer un escaneo de las distintas mujeres españolas para unificar la talla. Las midieron y sacaron un promedio de 8000 personas. Para reflejar un poco que las mujeres vienen en distintos envases”.

Price, Prix, Preço, llevan escrito las etiquetas que penden de cada traje, aludiendo, sin dudas, a la cotización de la carne de estas féminas en el mercado. Pero Ana agrega una arista más a su propuesta y coloca en cada etiqueta el respectivo made in según la procedencia de la mujer que ha accedido a ser fotografiada y nos interpela sobre el valor de cambio en función del origen étnico y geográfico: “En el momento en el que estaba realizando la obra, en el Raval (Barcelona), donde vivo, justo hubo una redada a prostitutas del Este. Todo eso me hizo pensar qué valor le damos al cuerpo del inmigrante según su procedencia”.

Muchas de las piezas están a disposición de quien se atreva a ponerse, casi literalmente, en la piel del otro. Lo/as visitantes pueden jugar a calzarse un pellejo que no es el propio. En ese acto sería posible, según la fotógrafa, experimentar algo que se acerque a la empatía, traducible como el “sufrir con” o “sentir con”. Pero la identificación siempre es renga, tuerta o fallida, porque por más que intentemos vestirnos con el otro, nunca cabemos en sus zapatos; por más remiendos, achiques o fisuras que queramos hacerle a la talla ajena, nunca nos cuadra: “Cuando el participante se pone la piel de otra persona encuentra trajes que le quedan más chicos o más grandes. Me parece que en fondo la idea que se desprende de ahí es que siempre, al fin y al cabo, la historia que tenemos es la que nos cabe. Por mucho que a veces envidiemos o deseemos ser de otra manera, no sólo físicamente, finalmente te terminás dando cuenta de que en realidad lo que te ‘queda bien’ es lo que te ha tocado, lo que puedes llevar”. ¤

More Store/Tallas podrá verse hasta el 23 de diciembre en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (Sede: Florida 943).Entrada libre y gratuita. Más información en www.cceba.org.ar

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