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Viernes, 26 de noviembre de 2010

MONDO FISHION

El maestro Balenciaga

 Por Victoria Lescano

Una muestra enclavada en el 684 de Park Avenue, la sede neoyorquina del Instituto Español Reina Sofía, y que fue recientemente inaugurada con la presencia de la mismísima reina de España, cobija hasta el 19 de febrero una retrospectiva de trajes de Cristóbal Balenciaga, bajo el título “Balenciaga: Spanish Master”.

El diseñador, nacido en el País Vasco en 1895 y fallecido en 1972, fue hijo de una costurera y aprendió el oficio de la alta costura con solo catorce años.

Mientras hace años que se aguarda la apertura de un museo con su acervo en España –más precisamente en su pueblo natal– y cuyos fondos mal gastados fueron hace un tiempo comentados desde esta columna, los estudiosos y devotos del estilo tienen un anticipo o una tregua para hacer un tour por la obra del diseñador.

Con la curaduría del experto en moda y editor de Vogue Europa Hamish Bowles –y logística del creador Oscar de la Renta–, los 70 trajes allí reunidos enfatizan modismos españoles, tanto en las influencias religiosas como los atuendos de gitanos, las batas de colas, las siluetas y el barroquismo de los trajes de toreros, plus rescates ornamentales de los trajes regionales que revolucionaron la moda femenina del siglo diecinueve y veinte.

Entre maniquíes, bocetos, figurines y accesorios que componen dos salas de tamaño XL, hay piezas tomadas de colecciones privadas y de fondos de placard de aristócratas y extravagantes que celebraban el corte y los modismos que la crítica especializada calificó de “el milagro Balenciaga”.

Así se aprecian vestidos en negro monacal, otros para fiesta en combinaciones de blanco y negro y tramas de polka dots, abrigos cuadrados sin cuello pinzas ni botones, encajes desacralizados.

El extravagante Bowles –quien anteriormente tramó una celebrada retrospectiva de Jackie O– deja sentado que sus gustos por la moda remiten a su tierna infancia.

Cuando el sitio T –blog del periódico The New York Times– lo interrogó acerca de la procedencia y el research para dar con las prendas, él no vaciló en responder: “Algunos pertenecen a mi colección privada, porque empecé a coleccionar su ropa cuando tenía once años y la primera pieza fue un traje Balenciaga de 1962. También hay una pieza de los años ‘40 que usó la bailarina Margot Fonteyn y que, si bien lo había apreciado en un remate de beneficencia, no había podido adquirirlo. Pero, hace cinco años, revolviendo en una tienda vintage de Los Angeles, di con esa chaqueta Balenciaga en uno de los depósitos del sótano”.

Continuó fundamentando Bowles, el curador: “La muestra traza un itinerario de su carrera en París entre 1937 y 1968 (Cristóbal abrió una tienda en la avenida Georges V en cuyas vidrieras nunca exhibía ropa y en cuyos salones de medida solía enunciar: ‘Las mujeres curiosas acá no son bienvenidas’). Me gusta destacar que mucho antes de sus inicios en París él ya tenía una vasta trayectoria previa en España y era muy exitoso en las ventas”.

Finaliza el experto del Vogue con otro análisis del estilo Balenciaga referido a fines de 1960: “En 1967, cuando Cristóbal Balenciaga tenía casi 70 años, hizo sus ropas más experimentales y extraordinarias. Me llama notoriamente la atención que por entonces tuviera la capacidad de inventar y reinventar y que en ocasiones a los mismos temas los desarrollaba como un nuevo desafío en cuanto a formas y a siluetas”. Sin duda se refiere a conjuntos de pantalón y chaqueta en marta cibelina, tops de lamé o abrigos de visón superpuestos sobre freakies pijamas de seda.

Sobre los archivos y las colecciones privadas que cedieron su tesoros, se comunicó que hubo aportes de coleccionistas norteamericanos y europeos, del Museo Metropolitano y del Fashion Institute of Technology en Nueva York, el archivo Balenciaga de la maison situada en París –actualmente dirigida por el revolucionario Nicholas Ghesquiere–.

Muchos de los trajes, del estilo Infanta, los que emularon bailaoras y mantones de duelo, fueron un must have en los placares para sociales de Pauline de Rothschild y también de la condesa Mona Bismarck (una clienta que según trascendió, cuando se enteró del cierre de la maison, se encerró en su habitación durante semanas). Tal vez porque, en ocasión de las pruebas y a modo de mantra, Cristóbal B. enunciaba: “Una mujer no necesita ser perfecta ni bella para llevar mis vestidos, el vestido lo hará por ella”.

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