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Viernes, 7 de enero de 2011

INTERNACIONALES

El pais de las mujeres

Aunque no pudo alcanzar al tercio que había prometido para las mujeres dentro de su gabinete, la flamante presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, triplicó la cantidad de ministras en el gobierno del país más importante de América latina. Además, juró frente a once compañeras de cautiverio durante la dictadura y ya se abrió la posibilidad para que al menos empiecen a investigarse los crímenes de lesa humanidad cometidos durante los años ‘70.

 Por Sonia Tessa

“La convocó a Ana de Hollanda porque su hermano, Chico Buarque, rechazó el cargo.” La suposición machista sobre la llegada de la artista al Ministerio de Cultura de Brasil no es un mal chiste. Está tomada de una conversación real. El sexismo siempre apunta a debilitar a las mujeres en el poder o a aislarlas. Sin embargo, Dilma Rousseff no se quedó sola con la gloria de ser la primera presidenta mujer del país más imponente de América latina. También triplicó la cantidad de ministras en el gabinete, si bien el complejo entramado de las cuotas de poder en la coalición de gobierno le impidió llegar al tercio de las 37 carteras que había prometido. En su primer discurso, el día que comenzó 2011, la presidenta prometió “honrar a las mujeres”. Antes, había elegido a nueve nombres fuertes, con experiencia de gestión, para ocupar cargos claves como a Miriam Belchior para el Ministerio de Planeamiento (encargado de elaborar el presupuesto); Tereza Campelo, en Desarrollo Social –que administra el estratégico programa redistributivo Bolsa Familia–, y Maria Do Rosario Nunez en Derechos Humanos. “Los derechos humanos no son negociables”, dijo la funcionaria apenas asumió. Enseguida salió en busca de apoyo parlamentario para formar la Comisión de la Verdad por los 400 asesinados y 160 desaparecidos brasileños durante la última dictadura. Una medida que Lula impulsó demasiado tibiamente y que no pudo concretar.

Tras el traspié de la campaña electoral, cuando abjuró de cualquier posibilidad de impulsar una ley de legalización del aborto para asegurarse el triunfo, Rousseff se convirtió en presidenta electa. Recién entonces prometió trabajar por la igualdad entre los géneros. Cuánto de eso podrá o querrá hacer es una incógnita, pero empezó con un gesto: su gabinete triplicó la presencia femenina que tuvo el de su antecesor. Allí donde Lula da Silva tenía 3 entre 37, Dilma eligió a 9. Belchior, por ejemplo, viene de un cargo de segunda línea en el gobierno anterior, como secretaria ejecutiva del Programa para la Aceleración del Crecimiento (PAC).

Entre las mujeres del gobierno de Dilma está también Luiza Bairros, la ministra de Igualdad Racial, socióloga y líder del movimiento social contra la discriminación. Antes de asumir, la funcionaria se cercioró de contar con el apoyo de las ONG que trabajan en el tema. Y venía de una experiencia de gestión: era la secretaria del área en Bahía, un estado donde más del 85 por ciento de la población es negra, como la propia ministra, que es gaúcha, como dicen a los nacidos en el estado de Río Grande Do Sul.

Cuando se oficializó la composición del gabinete, los medios hablaron de “sorpresa” por la elección de Ana de Hollanda en Cultura, en especial porque había un fuerte movimiento de artistas y trabajadores de la cultura a favor de la continuidad del anterior ministro, Juca Ferreira. Sin embargo, la presidenta brasileña decidió cambiar la conducción de la cartera que ocupó Gilberto Gil durante buena parte del gobierno de Lula. Para eso llamó a la actriz, cantante y compositora que todos nombran –aquí y también en Brasil– como la hermana de Chico Buarque. Al punto de que la noche de la asunción, una mujer llegó empapada por la lluvia al Museo de la República, donde se realizó el acto, y se quejó porque esperaba encontrar al autor de “O qué será” entre los invitados. Con paciencia y sentido del humor, la ministra dijo: “Mi hermano no acostumbra a salir mucho de casa. Eso es público y notorio. El vendrá después”. Más allá de la portación familiar, Ana de Hollanda tiene su propia trayectoria. Fue secretaria de Cultura del municipio de Osasco, en San Pablo, y vicedirectora del Museo de la Imagen y el Sonido, uno de los más importantes de Río de Janeiro. Su nombramiento levantó polémica porque se opone a uno de los proyectos insignias de su antecesor, la Ley de Derechos Autorales. En la fiesta de su asunción, en cambio, prefirió hablar de otros desafíos de su gestión, como la necesidad de convertir el crecimiento económico y la movilidad social en un aliciente para acceder a la cultura, “no sólo a los electrodomésticos”. No es poco en un país donde más del 10 por ciento de la población es analfabeta.

Otras ministras darán vida al nuevo gobierno. Si Belchior y Campelo están encargadas, antes de fin de mes, de encontrar vías de ahorro presupuestario que permitan “hacer más con menos”, será Helena Chagas, ministra de Comunicación Social, la que deberá hacer frente a los poderosos multimedios –como la omnipresente cadena O’Globo– que le mostraron algo más que los dientes a Dilma durante la campaña electoral. La presidenta les contestó de una manera más que inteligente. En el acto de asunción, expresó que prefiere el ruido de la libertad de expresión antes que el silencio de las dictaduras. Pero no fue lo único que dijo: Brasil se enfrenta ahora a una modificación de la ley de medios que la ahora presidenta prometió en campaña.

Entre las privilegiadas asistentes al traspaso de la banda presidencial había 11 compañeras de celda en el penal de Tiradentes, once mujeres que pertenecieron al movimiento insurreccional brasileño y estuvieron, como ella, en la cárcel. Dilma Rousseff no olvidó los 22 días de tortura que sufrió cuando pertenecía a la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares, en 1970, ni los tres años de prisión. Al contrario, en su discurso lo reivindicó. “No tengo arrepentimientos, tampoco resentimiento ni rencor. Muchos de los de mi generación que cayeron no pueden compartir la emoción en este momento: comparto con ellos esta conquista y les rindo mi homenaje.” Mucho más fuerte que cualquier respuesta directa a las feroces críticas que le hicieron los medios de comunicación por su pasado guerrillero.

Justamente, Brasil debe adecuarse a una decisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que condenó su ley de amnistía a represores, firmada en 1979, durante la retirada de la dictadura militar. Y hacer equilibrio con la cúpula militar, que en 2009 amenazó con renunciar si se impulsaba la Comisión por la Verdad. Por eso, la estrategia parlamentaria de involucrar a las fuerzas armadas en ese armado, con la misión de brindar datos sobre el destino de los 160 desaparecidos.

Que haya una mujer en la Secretaría de Políticas para Mujeres no es ninguna novedad, pero allí estará Iriny López. También habrá una ministra de pesca, Ideli Salvati, y otra de Medio Ambiente, Izabella Teixeira. Desde esa cartera, la militante ecologista Marina Silva fue parte del primer tramo de la gestión de Lula da Silva, para convertirse –en 2009– en una piedra en el zapato: el 20 por ciento que cosechó la líder amazónica impidió a Dilma considerarse presidenta en la primera vuelta.

¿Mejora la vida de las personas por el solo hecho de estar gobernadas por mujeres? La premiada novela de Gioconda Belli, El país de las mujeres, le da vuelo a esa utopía. Claro que en Faguas, el país inventado por la escritora nicaragüense, gobierna un Partido de la Izquierda Erótica, mientras Brasil es un país real, complejo, donde el reparto de poder de la coalición gobernante, los desafíos económicos y sociales y la misma sombra de Lula tendrán su peso en el desarrollo cotidiano del gobierno. Rousseff es, además, una economista de fuerte carácter. Tanta voluntad, que superó con apenas tres meses de quimioterapia un cáncer linfático. El 1º de enero habló de “amor, generosidad, creatividad y tolerancia” como premisas de gobierno. Es difícil imaginarse a un mandatario –aun al sensible y carismático Lula– echando mano a esas cualidades.

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