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Viernes, 7 de enero de 2011

MúSICA

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Instrumentistas, compositoras, cantantes, letristas, docentes, las mujeres avanzan a pasos redoblados en el territorio del tango, y en la mayoría de los casos, cantidad implica calidad, originalidad, renovación, compromisos políticos, entre los cuales, el de género. Casi un siglo después, son las orgullosas herederas de aquellas pioneras, las primeras cancionistas y bailarinas, pero asimismo las letristas y compositoras, tan poco recordadas, como la baronesa Eloisa d’Hervil (1852-1943 primerísima compositora), Ana Schneider de Cabrera, Paquita Bernardo, Maruja Pacheco Huergo, María Isolina Godard, Naty Paredes, María Luisa Carnelli y aquella Dama Blanca, Ebe Bedrune, de melenita de oro y frac a lo Marlene, que en los ‘40 dirigía una orquesta, reemplazando a su padre enfermo...

 Por Moira Soto

Desmarcarse

Sonia Possetti ya había dado la nota de refrescante sonoridad en su debut discográfico, Mano de obra, a la cabeza de su propio quinteto. La pianista y compositora –que asimismo ha grabado junto a notables intérpretes, y cuyas composiciones y orquestaciones han llegado al exterior (tocadas por la orquesta de la BBC, por ejemplo)– este año lanzó su nuevo CD, Cayó la ficha, ahora al frente de un sexteto, brindando un repertorio de “música de Buenos Aires” que le pertenece y en donde relumbra la “Suite de los elementos”.

En el tango hubo letristas e incluso compositoras desde finales del XIX, pero sólo se recuerdan algunas cancionistas de la primera mitad del XX, y aun considerando antecedentes más cercanos como Eladia Blázquez o Carmen Guzmán, todavía las mujeres que componen aparecen como excepciones, singularidades.

–Sinceramente, debo decirte que gracias a la actitud con que yo me lancé a componer, no percibí ninguna valla. Quizás porque no buscaba el reconocimiento sino mi propio disfrute: para mí ha sido y sigue siendo terapéutico crear música. Cuando no tengo ese espacio para expresarme, empiezo a sentirme mal, a somatizar. Entonces, me puse a componer sin ningún tipo de cálculo, sin consultar con nadie, intuitivamente. Cuando tuve algo de obra, me dediqué a estudiar específicamente composición. Te diría que como pianista viví más claramente el prejuicio: cuando era chica escuchaba eso de que el tango es cosa de hombres... Actualmente, ya nadie se anima a decirlo ¿te imaginás, con la cantidad de mujeres que hay haciendo tango? Cuando yo empecé, hace veinte años, era todavía un bicho raro. Sin duda, hay algunas mujeres valiosas que fueron abriendo camino, pero quién sabe cuántas quedaron tapaditas, sin poder desarrollar su talento. Por suerte, me tocó una época en que se empezaba a abrir la mentalidad. Tuviste tus coqueteos con el folklore, cosa que le pasa a mucha gente relacionada con el tango, no son mundos opuestos...

–Toqué y bailé muchos años folklore, durante mi infancia y mi adolescencia. Este género siempre estuvo en mi casa, en mi vida. Lo disfruto mucho, me gustan las músicas de mi país, son parte de mi identidad. Y creo que folklore y tango son dos caras de una misma moneda. Interior y capital: entre todos armamos este país, su cultura.

También hiciste tu pasaje por el tango bien tradicional antes de entrar de lleno en el contemporáneo.

–Es que para hacer vanguardia tenés que saber muy bien qué se hizo antes, de dónde venimos. Antes de romper el molde, tengo que conocerlo, incorporarlo.

¿Cuán importante es Piazzolla en tu recorrido musical?

–No llegué a verlo en vivo, lamentablemente. Lo fui conociendo a través de mi papá tanguero; para mí era una luz de esperanza saber que existía alguien como Piazzolla, algo me decía que por ahí iba la música que yo quería hacer. Ya en el último año del Conservatorio no soportaba más esa manera anticuada de enseñar, capaz de hacerte odiar algo que amabas. Cuando me negué a seguir tocando esa música de cámara, el profesor me preguntó qué música quería interpretar. “Piazzolla –le dije– yo quiero que mi pecho vibre cuando hago música, y no me importa si no puedo dar el examen porque no me sirve en esas condiciones.” Me dijo que le llevara las partituras para tocarlas, él con flauta traversa. Recontenta, clase a clase, yo iba llevando temas inspiradores. Tocaba feliz, aunque a esa materia no me la dejaron dar. Pero seguí mi deseo, lo digo con orgullo. Porque ahora hay montones de talleres de folklore, de tango, géneros que antes no interesaban al Conservatorio. Lo que me encantaba de Piazzolla era que iba adelante con lo suyo, lo hacía a fondo, sin condescender. Se hizo cargo plenamente de aquello que quería, en lo que creía. Después estudié a otros músicos contemporáneos que acá tienen poco espacio, poca divulgación. En Europa hay todo un circuito, interesa a los jóvenes, se alienta la experimentación.

En tu último disco son muy atractivas y apropiadas las pinturas de Sofía Bolotin, mientras que vos te lucís en el texto en el que hablás sobre los Elementos de la Suite: aire, tierra, fuego, agua, ¿con cuál de ellos te identificás?

–Tengo que ver con el aire, y los rasgos que menciono: la vanguardia, el movimiento, las ideas que transitan y mutan, el despegue de las formas tradicionales. Pero no hago la distinción entre femenino o masculino, que creo que aparece en todos los elementos. Mi energía está con el cambio.


Desamarrarse

Claudia Levy ya venía soltando ataduras desde que tempranamente formó dúos con otras chicas (Clori Gatti, Dolores Solá) para luego armar Muñeca brava con Laura Casarino y grabar el CD La joven guardia. A continuación, se mandó como cantante solista y progresó como compositora y letrista a través de “Mentime más” y “Escuchame”. En su nuevo opus, “Soltar amarras”, hace realmente lo que se le canta y lo hace muy bien, en el plano musical –trazando vecindades entre tango y folklore, haciendo alianzas entre clásicos y la actualidad, incorporando nuevos sonidos– y también en los contenidos de los textos de sus temas, donde conjuga romanticismo, ternura, erotismo, humor.

En lo que hace a la mujer componiendo música ¿todavía hay que justificarse, dar pruebas?

–Mirá, ya debería estar superada esa parte de la historia: como docente, tengo más alumnas mujeres que alumnos varones, en canto, en composición. Hay una nueva camada que se está moviendo, arriesgando... Creo que tiene que ver con avances en todos los campos: mi mamá quiso ser médica, mi abuelo no la dejó porque supuestamente no correspondía. Y no te hablo de mi tatarabuela: el cambio es reciente y de gran magnitud. Y también han cambiado los hombres, por lo menos los más jóvenes; los noto más sensibles, abiertos, democráticos.

En Soltar amarras, se reconoce tu personalidad básica pero a la vez te disparás para otros lados. También hacés dos tangazos de antaño que resisten gallardamente el paso del tiempo. Y te largás con ese inclasificable tema, “Gurungutá”, en un idioma rarísimo.

–En realidad, se trata de un idioma inventado. Es el primer tema que compuse en mi vida, a los 15, llegando al fin de mi primer amor que duró un año. Salió así, no sé de dónde. Me dicen que parece japonés, quichua... Yo lo relaciono con lo inca porque estaba imbuida de esa cultura. Diría que va por el folklore, por el canto ancestral, ritual.

Hay otro tema, “Si fuera este café”, en el que citás a otro superclásico, lo retomás desde otro lugar.

–Sí, “El último café”, pero con un sonido actual, otro pensamiento: acá se abre una duda, quizás no sea el final. En cuanto a “Paraísos”, este tema habla de una mujer que vivió un episodio tremendo durante la dictadura, algo se le quebró en lo profundo. Está enajenada pero ha sabido armarse una burbuja con su mundo interno. También puede ser una víctima de la violencia de género. La veo hermosa, me conmueve mucho...

En otro tema, “Prófugos”, transmitís esa vivencia del tango como baile sexual.

–Otra historia real que duró una semana, que condensé en una noche. Los que bailan bien el tango dicen que es un romance de tres minutos. En ese lapso estás en brazos de esa persona y no existe nadie más en el mundo.

Aunque acaso más romántica y tierna que en discos anteriores, en Soltar amarras se perfila netamente una mujer bien plantada, que no baja sus banderas de género, aunque las levanta de otro modo.

–Me gusta escuchar ese comentario porque ciertas cuestiones me siguen importando mucho. A mí me costó bastante al principio, cuando empecé a componer hace 15 años. Ahora han caído muchos prejuicios, ya no tengo que dar explicaciones. Estoy feliz de haber incorporado el folklore, me gusta arrimarlo al tango.


Arrabaleando

“Esto de que las mujeres conquistemos espacios que no nos regaló nadie, es el resultado de una larga lucha, cuyos fruto se manifiestan en muchos planos, desde el hecho de tener una presidenta, ministras...”, dice Jana Purita, cantante y actriz, que además de participar en recordados espectáculos como Cachafaz, de Copi, y Orejitas perfumadas, tiene en su haber un meritorio CD, Tangos canallas, que remite –desde una clara postura crítica– a la situación de las prostitutas esclavizadas a comienzos del siglo pasado. En su nuevo disco, Puerta abierta, acompañada por el trío de guitarras Fierro Chifle, Jana torna afectuosamente su mirada hacia los barrios periféricos. “Por suerte, a nosotras nos está tocando el momento en que germinan y florecen las semillas que plantaron las pioneras. De todos modos, hay que decir que eran muchas las mujeres que participaban en las primeras décadas del tango, inclusive letristas y compositoras que usaban seudónimos masculinos, cierta cantidad de orquestas de señoritas y desde luego abundantes cancionistas.”

¿Esas cancionistas que fueron tus musas en tu primer CD?

–Sí, me tomé el trabajo de estudiar con cantantes mujeres, que en los ’20, ’30 fueron mayoría: Azucena Maizani, Mercedes Simone, Tita Merello, Ada Falcón, Rosita Quiroga, Libertad Lamarque... Luego llegó Nelly Omar, para mí una maestra, a quien felizmente todavía tenemos. También estudié con Gardel, pero especialmente quise escuchar a estas mujeres cuando decidí cantar tango en forma profesional: cada una de ellas tenía un estilo propio y además se caracterizaban por saber decir. A mí lo que me apasiona es la cultura del tango, lo que el tango significa como espejo donde nos reflejamos en diversas facetas.

A menudo, en sus entrelíneas, el tango relata la historia política, la situación social, las costumbres, parte de la historia de las mujeres.

–Sí, claro, por ejemplo, las prostitutas son las grandes protagonistas de los tangos. Me impactó mucho, cuando empecé a profundizar, advertir hasta qué punto el tango reflejaba el drama de la trata de personas de fines del XIX, comienzos del XX, a veces en tono de denuncia. Dicho esto sin negar que existen tangos machistas y reaccionarios, porque el género da cuenta de distintos aspectos de la sociedad.

En tu reciente CD, Puerta abierta, tomás partido por el rioba, para releer en forma aggiornada temas de muchas décadas...

–Es verdad que los releo desde un punto de vista político. Alguien que me influyó mucho para esto fue el Tata Cedrón, con quien tuve la felicidad de compartir el espectáculo Orejitas perfumadas. El me ayudó a abrir mejor los ojos, a empezar a interpretar las letras de otra manera. En mi último CD, “Puerte Alsina” y “Como abrazado a un rencor” son lecturas que hago de lo que puede ser la vida de un chico de la calle, sus carencias, la pérdida de un refugio, y luego ya adulto, denunciando una infancia desolada, diciendo que quiere morir sin confesión y sin dios. Fijate, en un tango de 1928. La crisis del ’30 no fue de golpe, se estaba gestando. Y me gusta empezar con “Nobleza de arrabal”, un elogio a la vida simple que en tres palabras plantea toda una cuestión existencial. Los temas los elegimos entre todos, los músicos de Fierro Chifle y yo, quisimos que el disco expresara esa filosofía de vida de la gente de barrio.

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