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Viernes, 28 de enero de 2011

ENTREVISTA

Adriana no duerme

Actriz igualmente rendidora en el drama y la comedia, capaz de cantarse a conciencia tanto un chamamé como un bolero, Adriana Aizenberg exprime al máximo su segunda vida que empezó en 2003, cuando pasó por un momento de extremo peligro. Desde hace unos años muy solicitada por jóvenes cineastas, ahora está en cartel como protagonista de La vieja de atrás, muy alabada por la crítica y premiada en Huelva.

 Por Moira Soto

Ella podría representar con todo merecimiento las dos máscaras del teatro griego, ya que la comedia y el drama se le dan igualmente bien. De yapa, Adriana Aizenberg sabe de verdad cantar. Intérprete teatral prestigiosa que venía de hacer –con mucho respaldo de crítica y público– obras tan recordadas como Las pequeñas patriotas (1992, reestrenada años después) y Venecia (estrenada en 1999), Aizenberg tuvo dos episodios determinantes en su vida y en su carrera: en 1999, Pablo Trapero la elige como enternecedora novia de El Rulo en Mundo grúa, primer protagónico de una actriz a la que el cine le había sido esquivo, y en 2003 recibe un trasplante de hígado que le salva la vida. Ese mismo año, apenas repuesta, se emperifolla con coloridos atuendos folklóricos mexicanos y se larga a cantar boleros en el musical Loca por Lara, y a continuación filma El abrazo partido (2003), de Daniel Burman.

Desde entonces, a Adriana Aizenberg nadie la puede parar: por un lado, jóvenes directores y directoras de cine reparan en ella –en su talento, su gracia, su plasticidad– y la convocan de continuo; por el otro –sin pasar por ningún trance místico ni hacer borrón y cuenta nueva, porque no reniega para nada de su pasado–, Adriana toma plena conciencia de su buena estrella, de la felicidad de estar viva y se lanza al abordaje de todas las cosas gratificantes que su nueva etapa le ofrece. Entre las cuales, sin dejar la escena (el año pasado, sin ir más lejos, hizo El misterio de dar, unipersonal de Griselda Gambaro), figura el aceptar distintas ofertas que le interesaban de cineastas de la nueva generación, incluyendo debutantes.

El tuyo es un caso testigo de que se puede ser mujer y hacer cine en la madurez...

–Claro, porque empecé con papeles interesantes en películas también interesantes después de los 50. Había hecho algunas cositas por ahí, lo más recordable el personaje de Plata dulce, de 1982. Pero paré de contar hasta Mundo grúa. Ahí arranqué con todo y ya no me detuve. Podría haberme tocado antes, pero yo estoy igual contentísima: me llamaron buenos directores para hacer lindos personajes a los que pude sacarles el jugo...

Ahora mismo estás en pleno rodaje con un realizador de 26, Rodolfo Carnevale.

–Exactamente, la película que estoy haciendo en San Luis se llama El pozo. Y te digo que encara un asunto bastante escabroso, poco tratado: es sobre dos chicos con problemas de discapacidad mental, no síndrome de Down. Yo hago de madre de uno de ellos y estuve estudiando para este papel, donde enfrento situaciones que desconocía absolutamente en lo personal. Mi hijo en la ficción sufre de una parálisis cerebral no evolutiva: a los 28, su mentalidad es de 8. Se lucen los dos jóvenes actores que protagonizan: Ezequiel Rodríguez y Ana Fontán. Es una realidad que el director conoce muy bien porque tiene un hermano de 27 en esas condiciones. Entonces, Rodolfo, que es un chico sano, que ha podido estudiar, desarrollarse, quiso encarar esta temática en su ópera prima: los problemas que surgen en una familia, en todo el entorno cuando hay un chico autista, una situación que te descompagina la vida. En la película soy una madre, directora de escuela, que enfrenta sola esta contingencia tan complicada. Me informé bastante sobre esta temática y te puedo decir que es frecuente que los tipos se borren en estos casos...

¿Vos no retrocedés ante ninguna proposición que te parezca interesante?

–No, soy una atrevida, me gustan las apuestas interpretativas bravas. Por eso digo que soy una kamikaze. Sé que hay muchas actrices de mi edad que no quieren hacer personajes desagradables, que no caen bien. No te digo villanas de telenovela, porque esas casi siempre son muy rendidoras...

¿Así fue que te cargaste a las espaldas a esta doña Rosa de La vieja de atrás, una amarga de 85 pirulos?

–Y qué te parece. Que a mi edad me propongan hacer a alguien varios años mayor... No es que yo me crea que no voy a los 85 como cualquier terrícola. Eso sí, en buena forma espero, y si es posible laburando.

¿Quizás interpretando a una señora de 95?

–No te quepa duda, si aparece la oportunidad. Mirá, la vieja que hago en este estreno en cartel es una mujer a la que no me parezco ni me pareceré nunca: prejuiciosa, resentida, desconfiada, esquemática, sin un gramo de sentido del humor... Una extraña total para mí. Cuando vi La vieja de atrás por primera vez en el Festival de Mar del Plata, casi me da un soponcio: ¡me causé espanto a mí misma! Claro, entre el maquillaje que exigió un trabajo delicado y que acentúa los rasgos –te aclaro de paso que nunca me hice nada en la cara– y toda la gestualidad corporal que trabajé, no me reconocía.

De todos modos, vos ya habías encarnado distintas edades en teatro.

–Por supuesto, la vieja de 80 en Venecia hace como 15 años, y también la niña dicharachera de Las pequeñas patriotas, junto a Norma Aleandro. Pero el teatro es otro ámbito, te da otra protección. Igual, no te creas que no dudé un cachito cuando me ofrecieron La vieja... Pero me terminó de convencer Martín Piroyansky, el coprotagonista que está perfecto, que representa la soledad del chico de provincia en la gran ciudad, muy buen compañero: “Si vos la hacés, yo la hago”, me dijo. Además, el director Pablo Meza confiaba mucho en mí. Entonces, me pregunté ¿qué me puede pasar? A fin de cuentas, todo personaje entraña riesgos... Y ya ves lo bien que me fue: los críticos me trataron maravillosamente, gané el premio en Huelva...

Cuando salís de un personaje de más edad que la tuya, ¿te sentís rejuvenecida?

–Totalmente, me siento una pendeja... (carcajadas), aun sabiendo que soy una mujer grande con un nieto que es un sol de primavera. Pero en verdad, para mí, lo más revitalizador es que me guste tanto mi trabajo, hacerlo con tanta pasión. Viniendo del teatro, el cine me parecía más difícil por la cercanía de la cámara, que no perdona nada, tan alcahueta hasta con un mínimo gesto. En teatro, son otras las proporciones, las formas de comunicar. En el cine, se te lee el pensamiento.

Algo sanador ha de tener el teatro, porque a los tres meses del trasplante de hígado, ya estabas ensayando Loca por Lara.

–Y pensar que yo estaba convencida de que no iba a poder volver a hablar, a actuar. Ese fue un espectáculo que traté de defender con mi trabajo, pero no se sostenía y me fui cuando el director me retó mal. Sin embargo, mientras duró, me calcé los trajes mexicanos e hice la mía, canté temas divinos: “Amor de mis amores”, “Pecadora”, “Veracruz”... Y cinco meses después estaba filmando encantada El abrazo partido, bailando con alma y vida el rigudín, las canciones judías con Salo Pasik.

Y en 2004 hiciste en teatro Lo que habló el pescado, donde te relacionabas con otro hombre muy joven.

–Sí, soy incorregible (más risas), con Luciano Castro... Una obra poética, que trataba esa situación con mucho tacto: una señora mayor judía y un chico paraguayo, un lumpen total. Yo me lo creía y el público también. En teatro, con talento y recursos, podés hacer creer lo que quieras.

¿Que estás en la ciudad de los canales con un cajón, una palangana y unas prostitutas de improvisadas guías turísticas, como pasaba en Venecia?

–Claro, que sos una vieja madama de prostíbulo perdido del norte argentino con putas de 5 pesos que revive un sueño de juventud. Por supuesto que ahí contábamos con el talento exquisito de Helena Tritek para darle forma teatral a esa obra. Ella también nos dirigió en Las pequeñas patriotas con ese humor increíble para la sátira que nosotras hacíamos desde la unción patriótica muy asumida. Porque a la comedia el actor la tiene que hacer en serio, es el público que se ríe cuando está lograda. En El abrazo..., yo era una madre judía que se ponía a hacer el leicaj. Dale batir y mi hijo que ni aparecía ni llamaba. Y yo batiendo: “Me tenés que llamar, sabés que no pego un ojo, ya vas a ver cuando tengas hijos”, me quejo al personaje de Daniel Hendler. “Ni pienso tenerlos”, me responde él, y yo con lágrimas en los ojos agarro un cuchillo de hoja aserrada y le pido: “Ahora, matame, pero de verdad”. Era una comedia y en la sala la gente se tronchaba de risa.

¿Te tomás un respiro después de El pozo?

–Tengo que filmar una película con la directora alemana –nacida en Buenos Aires– Jeanine Meerapfel. Me convocó en octubre pasado y me adjudicó un rol en El amigo alemán. El guión es una saga extraordinaria, que se filmará acá y en Alemania: dos familias de ese país, una judía y la otra nazi que llegan a la Argentina en la posguerra. Gente en buena posición, culta. La hija de la primera familia conoce al hijo de la segunda, se enamoran, la vida los separa, la película los sigue a través de sus viajes, sus respectivas carreras, hasta que se reencuentran a los 50 años. Yo hago de una tía con acento de la chica judía alemana. Se va a filmar en marzo. Ah, también tengo para estrenar otra producción que hice en Uruguay, Rambleras, con una directora de allá, Daniela Speranza, donde también hay una relación, muy entrañable en este caso, entre gente grande y gente joven.

No tenés tiempo ni de tomarte un tecito, como en aquella publicidad...

–Lo mío no se puede creer, se da todo junto: que me convoquen y que tenga ganas y fuerzas, pero te aclaro que cuido mucho mi salud después de aquel trance, con disciplina prusiana. Y no te pienses que abandono el teatro: me hablaron de un proyecto para mitad de año, una obra que Cossa y Halac están reescribiendo, todo está todavía medio verdolaga. Entretanto, cuando puedo, sigo yendo a clases de canto con Gipsy Bonafina que me está ampliando el registro. Me mezclo con niños, con jóvenes, pero todo muy profesional. Me encantaría armar un show de canto: soy de Santa Fe y tengo muchas canciones de allá con preciosas letras de mi papá, Guiche Aizenberg. Sé que algún día lo haré.

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Imagen: Juana Ghersa
 
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