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Viernes, 9 de septiembre de 2011

“En los pibes habla más el mundo que en los adultos”

 Por Flor Monfort

Una experiencia de seis años en la escuela primaria 105 y la secundaria básica 39 de González Catán, Partido de La Matanza, dio como resultado el recorrido de Imágenes de lo no escolar (Paidós), de Silvia Duschatzky y Diego Sztulwark. De alguna manera, de este libro se resume una mirada diferente sobre cómo sostiene, estimula y recibe la escuela a los chicos y chicas. Duschatzky define la investigación en modo de pregunta y en relación directa con las cosas, con la práctica, que no nacen de tomar esa práctica como un objeto para manipular o entender, o adosando una serie de significaciones sociológicas sino encontrando imágenes, figuras, conceptos que a su vez hagan que algo se siga abriendo cada vez más, produciendo alguna cuña en el modo de relación con esas experiencias. En 2002, junto a Cristina Corea, Duschatzky había publicado Chicos en banda (Paidós), testimonio que marcó un punto de inflexión en su modo de investigar. Chicos en banda nació post 2001 y sintetizaba la ambivalencia de “estar en banda” como estar agrupado, estar con otros, y también el “estar en banda” en la vida, “a la buena de Dios”. La crisis institucional había instalado frases como “los pibes no son lo que eran” y una estabilidad desvencijada marcó aquel trabajo pero hoy, diez años después, el desmembramiento es algo viejo, algo de lo que ya no tiene sentido dar cuenta en la escucha hacia los chicos y chicas.

Sin embargo ustedes hablan de la destrucción de un suelo cohesivo...

–Sí, pero lo que más nos interesa mostrar no es lo que se perdió o lo que se destruyó porque de eso ya se habló. Lo que más nos interesa mostrar es todo lo que se va armando: qué es pensar los desechos, qué es crear situaciones entre quienes habitan una situación que en principio es de malestar o de desprendimiento y desconcierto. A nosotros no nos interesa más hablar de la caída de las instituciones o del desfondamiento, de eso dimos cuenta en Chicos en banda. Nos interesa hablar de cómo se piensa y se transita este suelo mostrando los interlocutores, las alianzas, mostrar lo que viene a liberar algo. Cuando todo empieza a quebrarse se puede llegar a armar otras formas de intercambio, se arma otra historia para los que habitan esa invención de otras formas de gestión de la vida social.

Dicen “al entrar en la escuela no percibimos violencia sino desconexión, choque de cuerpos, detonaciones intempestivas”. ¿Cómo define esa desconexión/malestar?

–Nosotros nos corremos de ciertas denominaciones porque están muy clicheteadas. Uno dice violencia y aparece prevención, artificios de seguridad o explicaciones en torno de la pobreza, entonces no sirve. Nosotros entrábamos a la escuela y había estas detonaciones: un pibe se rayaba, un docente también se rayaba, maestras que caminaban hasta la mitad del aula y declaraban zona franca de la mitad para el fondo porque tenían miedo. Encontramos esos cuerpos y fuerzas que de pronto se vinculaban y de pronto cada uno estaba en la suya. Hoy entrar a una escuela es entrar al “cualquiercosismo”, pero no “qué desastre, pasa cualquier cosa” sino un genuino “cualquier cosa puede pasar” y eso implica cosas inesperadas e interesantes.

¿Cómo cuáles?

–Cuando nosotros entramos a esa escuela de González Catán encontramos a Cristina Ibalo, la directora, preocupada por miles de situaciones post 2001 muy complicadas. De algo que podía ser solamente una queja o algo que podía ser un obstáculo o algo que podía producir temor, como es un chico que se enoja, grita, manda todo al demonio y los maestros se asustan, tuvo la consecuencia de poder producir un taller de alfabetización, primero en la escuela y después con un movimiento de trabajo de desocupados. Luego el trabajar con los chicos en la posibilidad de filmar la vida en el barrio y en la escuela, y entonces empezamos a trabajar con la ficción teatral y con la improvisación, luego una radio.

¿Qué es lo no escolar?

–Es lo que el dispositivo pedagógico no sabe leer porque lo lee como hiperkinesia, lo lee como violencia, como déficit, como desastre. Para nosotros todo lo no escolar y si querés el “no” es casi una provocación a esa lectura, es afirmativo: en lo no escolar, en aquello que no esperás, en eso que está interpretado como déficit hay una enorme potencia, un montón de información y de disponibilidades que si se piensan se pueden poner en acto. Lo que tratamos de mostrar es el camino de pasar de la idea de desfondamiento o de declinación de las instituciones a la idea de la producción de mundo en esa declinación, con todas las tensiones que implica producir en un suelo arrasado de alguna manera, pero no queremos hablar más del arrasamiento sino de cómo producir una territorialización, casi como un acto político, de instalar una forma de existencia feliz en el momento en que hay interlocutores para pensarla.

Hay una experiencia radial y tres documentales. ¿Cómo fueron esos procesos?

–Son intentos por un lado de gestión grupal que de alguna manera están leyendo algo diferente a un déficit, que es lo que suele marcar la escuela cuando los pibes no responden a sus expectativas. “Entre líneas” es la propuesta de un taller de alfabetización que le hacemos a Emmanuel, un pibe que viene de un instituto de minoridad y que no da pie con bola en la escuela. Nosotros tratamos de ver qué es lo que él porta, de tal manera que la propuesta sea una invitación para él. “En la esquina” muestra ese lugar subterráneo pero a la vez muy manifiesto de producción de vida que tiene la esquina para los pibes, que está teñido de secretos, de armados, de desarmados, de mucha adrenalina, y “La batidora” es una experiencia de gestión de los pibes, cómo se hacen dueños de la radio, tratando de pensar todo el tiempo qué vemos en las inconsistencias que se producen todo el tiempo en una escuela, qué vemos como posibilidad, como energía, y a partir de ahí qué forma producir para que eso vaya extrayendo más valor, pero en todo ese recorrido necesito no mirar con ojos de la pedagogía ni de la educación, sino en los términos de tanta expectativa, tanto significado, tanta interpretación, tanta seguridad de que si estoy viendo algo, eso ya lo sé. Nosotros partimos de la base de que de aquello que estábamos viendo no sabíamos nada.

El capítulo 8 se llama “Tan raro que puede ser” y narra las voces de los chicos y chicas que participaron del proyecto radial. ¿Qué cosas plantearon que más le sorprendieron?

–Lo interesante es ver qué hablan ellos cuando dicen lo que dicen. Por ejemplo, a un grupo de chicos que hacen rap, a la pregunta “¿qué es el rap para ustedes?”, Osiris, que es un pibe que no va a la escuela, no quiere ir más, dice: “El rap es mi vida. Lo siento adentro cuando lo hago: rapeo desde los 12 años, tengo 15. También escucho hip hop desde los 6. El rap es de barrio bajo, tiene que ser bien callejero. Yo escribo, a veces salgo a caminar de noche, los fines de semana vamos para Capital o si no en la plaza de Catán se juntan varios raperos y nos quedamos ahí rapeando toda la noche (...) En el rap se improvisa, pero si querés mejorar improvisando, tenés que escribir mucho, si no te vas a repetir. Si vos no escribís nunca, después vas a querer improvisar y vas a decir siempre lo mismo y no es solo escribir, hay que leer libros, hay que patear la calle”. Osiris es un pibe que tiene una relación con el mundo y tiene una sutileza en las cosas que observa y no lee por obligación sino porque eso lo estimula a escribir lo que ve.

Ustedes señalan que los pibes cuando hablan de la muerte lo hacen con mucha naturalidad, que no tienen esa cosa dramática del mundo de los adultos.

–El humor es sustraerse de aquel lugar en el que el otro espera que vos estés. Aquello de “si vamos a hablar de la muerte hay que morirse de angustia”. Y el humor viene a desviar esa espera, ahí te das cuenta de que hay un saber enorme, porque el pibe no hace una interpretación sobre la muerte sino un chiste o una humorada, pero como desvío de aquello que se supone tendría que ocurrir. Cuando se produce un desvío también se produce una sorpresa de “ah, entonces esto se puede pensar de otra manera”. Yo pienso que en los pibes habla más el mundo que en los adultos. Cuando los adultos hablan, en general lo hacen de su pesar en el mundo, de la tristeza, de la melancolía, de la bronca o de la ansiedad. Cuando los pibes hablan, la relación con las cosas se ve hablada, no es que la interpretan. En sus diálogos o cavilaciones podés escuchar más del mundo que en los diálogos de los adultos, donde escuchás más de su narcisismo en el mundo. Los pibes tienen una cosa directa que produce aprendizaje.

¿La escuela no cercena esa capacidad de hablar de las cosas directamente?

–Sí, totalmente. De todas maneras ocurren mil cosas en las escuelas, no es que nosotros hicimos ocurrir algo que no ocurre en otros lugares. Y estas cosas ocurren en la medida en que se pueden correr determinados lentes que hacen que antes de estar en las cosas se tenga una idea de las cosas. Si eso ocurre es muy pobre lo que después puede pasar. Pero estar en las cosas y que las ideas se vayan elaborando ahí, es abrir una compuerta, pero para eso hay que dejar de lado el entendimiento de estar previamente.

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