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Viernes, 23 de marzo de 2012

RESCATE I

La militante impaciente

Delia Rodríguez Araya
(1929-2009)

 Por Sonia Tessa

Delia Rodríguez Araya fue una querida presencia durante los dos años de audiencias de la causa Díaz Bessone, aunque murió el 13 de mayo de 2009, un año antes del comienzo de ese juicio oral y público que ella urdió con un minucioso trabajo hace más de 30 años. El lunes al mediodía, ese juicio, que con seis acusados y 93 víctimas constituye sólo una parte de la megacausa Feced, tendrá su sentencia por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar. Delia Rodríguez Araya volverá en ese instante a la vida que supo construir: paseará su ironía, su carácter fuerte y el eterno cigarrillo en los labios por el bulevar Oroño donde la multitud irá a celebrar la justicia. La recordarán los sobrevivientes que fueron escuchados por ella en plena dictadura, las compañeras de los organismos de derechos humanos con las que en la clandestinidad buscaban los testimonios, los nombres, las pruebas para que alguna vez, cuando volviera el Estado de Derecho, todo eso pudiera ser juzgado. Y Delia era la estratega.

Delia, la abogada militante se llama el libro escrito por el periodista y escritor Carlos Del Frade que a fin de abril se presentará en Rosario, nacido de la férrea voluntad de la hija de Delia, Mariana Caballero, para rescatar ese legado del olvido. Durante las audiencias, más de una vez fue recordada delante de los jueces por sobrevivientes del Servicio de Informaciones, el mayor centro clandestino de detención de la zona, por donde pasaron 2000 detenidos. Sin Delia, este juicio –y el que viene como segunda parte de la megacausa– hubiera sido más difícil de concretar. “Sin duda hubo otros abogados que hicieron presentaciones y aportes importantes en la causa Feced, pero la labor y valentía de Delia son indiscutibles. Antes de la aparición de la Conadep, antes de la reanudación democrática, ella ya estaba acumulando pruebas, tomando testimonios, arriesgando su vida”, resume Nadia Schujman, abogada de Hijos, en una página del libro. Agustín Feced fue el interventor de la policía rosarina durante la dictadura, el mandamás de la patota.

Una de las compañeras de Delia en aquellas lides, la también abogada Olga Cabrera Hansen (sobreviviente del SI) recordó, el 29 de noviembre de 2010 cómo hacían para burlar –en los primeros días de la democracia– el férreo control de quienes todavía tenían poder en los organismos de seguridad cuando la causa se tramitaba en la Justicia provincial por la presentación colectiva elaborada justamente por Delia. “Apenas nosotras pedíamos una medida, enseguida se enteraban (los represores). Entonces, optamos por subirlo al juez (Francisco Martínez Fermoselle) al auto y recién ahí decíamos adónde íbamos, para que no se filtrara”, relató.

Aunque quienes la conocieron aseguran que rechazaría cualquier pedestal, Delia Rodríguez Araya fue una mujer excepcional. Nació el 22 de mayo de 1929, estudió abogacía en la Universidad Nacional del Litoral, donde empezó a militar en el Partido Socialista. Allí se convirtió en presidenta de la Federación Universitaria del Litoral y, cuando se recibió, rindió concurso en los Tribunales santafesinos. Primero fue defensora, luego fiscal, pero en 1968 renunció ante la Corte Suprema de Justicia de la provincia porque consideraba que la independencia judicial había sido anulada por la dictadura de Onganía.

Siempre defendió a presos políticos. En la época en que la Justicia había rechazado más de 700 hábeas corpus en la zona, ella seguía recurriendo a las estrategias del derecho. Aceptó lo que muchos otros colegas rechazaron: representar a Juan Martín Guevara, el hermano del Che que cayó en 1975 en Rosario. Lo visitó en todas las cárceles, hasta en Rawson. Les decía a sus dos hijas, Mariana y Micaela, que a una mujer con zuecos y rodete no le pasaría nada. Ella los usaba como una forma de conjurar los peligros.

“Delia no fue una paciente dócil, imposible que lo fuera, pero fue la ‘impaciente’ ideal. Luchó, y lo consiguió, por recuperar no su salud, sino su capacidad de decidir sobre su vida con la misma tenacidad con que enfrentó cada momento personal y colectivo”, rememoró Ana Ferrari, también sobreviviente del SI y la enfermera que la cuidó en los últimos meses de su vida: “¡Me enseñó tanto y tantas cosas! Pero una se hizo carne en mí: hay cosas que no se pueden negociar”.

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