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Viernes, 27 de abril de 2012

RESCATES

La que nunca se rindió

Elena Andreiánova

(1819 - 1857)

 Por Marisa Avigliano

Cuando Elena salió al escenario de su San Petersburgo natal nadie la miró; los ojos de todos seguían los saltos flotantes y el arabesque de María Taglioni, la hija de Filippo, el bailarín, maestro y coreógrafo italiano que empezó su carrera en Pisa bailando roles femeninos y que ahora estaba detrás de cada una de las apariciones de María. La sílfide Taglioni era la referencia obligada de la época y, si Elena –que se había graduado en la Escuela del Teatro Imperial en 1837 y formaba parte del ballet de Maryinsky– quería convertirse en primera bailarina, iba a tener que desplazarla. Y lo hizo. Las crónicas cuentan que su primera batalla la ganó cuando eligió como amante a Stepán Gedeónov, el director del Teatro Imperial. Bajo su protección consiguió bailar Giselle por primera vez en tierra rusa –las anteriores protagonistas habían sido extranjeras–, pero para su desdicha el público no la acompañó y la crítica la calificó de mediocre. La esperaba entonces el anhelo por Moscú, pero un embarazo oculto la mantuvo alejada de la escena: “dolor de pierna” argumentaban cuando ya uno sobre otro, corsé, cubrecorsé y enagua no podían disimular lo revelado. Si no iba a ser Rusia quizá París, pensó la bailarina y planeó una gira francesa con el amparo de Gedeónov. Su aparición parisina no fue hostil, pero como ya eran muchas las bailarinas que se destacaban –en especial la austríaca Fanny Elssler– y los aplausos que podía cazar apenas rozaban sus expectativas, decidió volver a la patria. Nada iba a estar resuelto ni mucho menos porque organizar la programación iba a ser otra vez una pesadilla. Su rival ya no era María sino Fanny, de modo que a falta de arrollador talento se decidió que jamás actuarían simultáneamente ni en San Petersburgo ni en Moscú. Un banquete ideal para recrear un nuevo Espejito Espejito o una escena de la fallida –muy fallida– El cisne negro.

Rearmada la cartelera, Moscú la esperó a teatro lleno para el estreno de Paquita (de Marius Petipa) y Satanilla (también de Petipa), especialmente creados para ella. ¿Llegaría el momento de las flores y las ovaciones? No, no iban a ser flores devotas las que rebotaran sobre el escenario, sino los restos de un gato muerto que alguien arrojó desde uno de los palcos. Elena vio el gato y se desmayó. Sólo un aplauso exaltado después del shock logró despertarla del oprobio. Bailó durante años en el mismo teatro, pero nada pudo desterrar la imagen de aquel gato muerto como ofrenda y desprecio de una Moscú que nunca se rindió del todo ante sus encantos para la pantomima y los juegos expresivos que combinaba con su formación clásica. En cambio, la petersburguesa sí fue profeta en su tierra, su ciudad la adoraba y aplaudía beata en cada una de las funciones de La gitana (de Filippo Taglioni), El pirata (anónimo) o La Péri (de Jean Coralli). Fue hada y condesa en los escenarios de Hamburgo, Londres y Milán, pero cuando regresó de la gira europea perdió protagonismo dentro de la compañía y no tuvo nunca más camarines estelares. A mediados de los años cincuenta Elena fue zarza ardiendo entre la lumbre, Gedeónov la había dejado por una bailarina más joven. Ya no era la poderosa Elena, ahora era sólo elenco y olvido. Su cuerpo ya no supo cómo unir espacio y tiempo. La danza, una de las más antiguas formas de la magia, le era ajena, tan ajena como para saber cuál era la forma anhelada que pedía el escenario. Y como si hubiese podido recitar a Olga Orozco, “no hay ninguna migaja para ti, roedora de arenas./Este frío no es tuyo./Es un frío sin nadie que se dejó olvidado no sé quién”. Dejó Rusia, se mudó a Francia y murió en París, tres años después.

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