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Viernes, 25 de mayo de 2012

RESCATES

Sola en la plaza

 Por Sonia Tessa

Ahora que el dueño del poderoso Ingenio Ledesma, Carlos Blaquier, tiene pedido de captura internacional y empieza a revelarse con fuerza la complicidad empresaria con el terrorismo de Estado, la figura de Olga Márquez de Arédez se agiganta. Ella dio vueltas en soledad durante años en la plaza de Libertador General San Martín, enfrentando el miedo, la indiferencia y el hostigamiento de una empresa que decidió sobre la vida y la muerte de los pobladores de ese pueblo en el extremo noroeste del país. Hoy son poco más de 50 mil los habitantes de esa localidad. En los ’70, sólo el ingenio empleaba 12 mil trabajadores. En la actualidad, todo el complejo tiene poco más de 7300.

Olga se ponía su pañuelo blanco, llevaba una pancarta con la foto de su esposo Luis Arédez, desaparecido desde 1977, y daba vueltas. Durante años, nadie se acercaba ni siquiera a hablarle. En ese pueblo, la dictadura continuó aun cuando ya había terminado el gobierno dictatorial en Buenos Aires. Allí, la opresión del ingenio sigue vigente como terror económico. El terrorismo de Estado disciplinó, la desocupación mantuvo la amenaza latente.

Olga había nacido en Tucumán, era odontóloga y se había casado con el médico Luis Arédez. En los ’50 se fueron a vivir a Libertador General San Martín porque era zel sitio con mayor mortalidad infantil del país. El se enfrentó tempranamente al ingenio por la salud de sus trabajadores, lo echaron porque gastaba demasiado en medicamentos. Después, en 1973, fue intendente de ese pueblo, y se atrevió a cobrarles impuestos. El mismo 24 de marzo de 1976 lo detuvieron y después de un año fue liberado. No duró mucho: el 13 de junio lo secuestraron, y continúa desaparecido.

La resistencia de más de 30 años de Olga pudo parecer invisible, tan lejos de la Pirámide de Mayo que todo lo amplifica. Pero no lo fue. La desaparición de su esposo, el primer intendente que se atrevió a cobrarle impuestos a los “dueños del pueblo”, marcó buena parte de su vida. Su muerte, el 17 de marzo de 2005, también tuvo que ver con el ingenio: la bagazoosis es la enfermedad producida por los residuos de la caña de azúcar, con los que se hace papel, y que la empresa mandaba sin ningún filtro al aire que respiraban sus vecinos. Ella tampoco se cansó de denunciar la contaminación. En los últimos años, hacía la ronda con barbijo.

Ninguna heroína –como ningún héroe– es individual, siempre forman parte de una construcción colectiva, pero esta mujer le ponía el cuerpo a un lugar hostil y supo convertir en un hito popular el aniversario de esa infamia que hoy lleva a Blaquier a la Justicia: en la Noche del Apagón, el 27 de julio de 1976, se cortó la luz de todo un departamento jujeño para secuestrar a 400 trabajadores de varias localidades, en camionetas con logos de la empresa y con personal del mismo ingenio. Hubo 40 que nunca volvieron.

Olga no se resignó nunca a la impunidad. Integró Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y declaró ante la Comisión Interamericana por los Derechos Humanos, en 1979, en el Juicio a las Juntas y más tarde en la Justicia penal.

Con los años, la Noche del Apagón se convirtió en una conmemoración multitudinaria anual, a la que iban militantes de todo el país y unos pocos vecinos del pueblo. En la casa de Olga se cruzaban generaciones para conversar, tomar mate, dormir, comer. El velo empezó a descorrerse. Un documental, Sol de Noche, dirigido por Norberto Ludin y Pablo Milstein, contó su pelea para el país y el mundo. El 10 de diciembre de 2004, Néstor Kirchner le entregó el premio Azucena Villaflor. “Quedan muchas asignaturas pendientes, Olga, tenés razón”, le dijo el presidente. En estos días, la Justicia empieza a saldar una de ellas.

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Olga Márquez de Arédez
 
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