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Viernes, 14 de septiembre de 2012

PANTALLA PLANA

La vida loca

Aunque con un arranque decepcionante, Tiempos compulsivos –con sus personajes de manual de desórdenes afectivos y mentales– tiene potencial para remontar, siempre que no caiga en el dramatismo.

 Por Marina Yuszczuk

El año que vivimos en terapia: después de la serie protagonizada por Diego Peretti, que ya terminó su primera temporada en la Televisión Pública, y de los tantos psicoanalistas desparramados por pantallas, sean grandes o chicas (este año también se estrenó en cine Un método peligroso, donde David Cronenberg bucea nada menos que en la psicología del mismísimo Freud), la recién estrenada Tiempos compulsivos viene a meter la mano en el mismo plato y se enfrenta por eso con el desafío de no ser lo mismo. Con un casting un poco demasiado homogéneo que podría rotularse como “personas atractivas de 30-40” (Rodrigo de la Serna, Carla Peterson, Paola Krum, Fernán Mirás, Pilar Gamboa, Juan Minujín), el unitario no pone el foco, como lo hizo En terapia, sobre los comunes y silvestres neuróticos, esos que entran y salen del consultorio una vez por semana, así como otros días pueden ir al gimnasio o la peluquería. No; acá de lo que se trata es de un grupo de “locos”, no de hospital psiquiátrico, pero sí de esos que van por el mundo cargando una etiqueta que casi los precede: el obsesivo de limpieza, la histérica, el mentiroso compulsivo, la que tiene personalidades múltiples, etcétera. En ese sentido, Tiempos compulsivos se parece más a Locas de amor, aquella serie de Pol-ka que también dirigió Daniel Barone en 2003, y donde los actores sobreactuaban sus patologías.

Acá, el libreto de Javier Daulte invitaba a esperar un poco más de sutileza, pero el arranque del programa fue esquemático hasta la exasperación en la manera de presentar a sus lunáticos de manual, y así se pudo ver a todos con un nivel de intensidad un poco insoportable, describiendo sus rayes. Pilar Gamboa, por ejemplo, se cortajeó los brazos frente a un espejo, y Carla Peterson limpió y volvió a limpiar unas cuantas veces las manijas de las puertas, como si nunca hubiéramos visto a Jack Nicholson lavándose las manos y contando baldosas en Mejor imposible como para saber de qué se trata. Además, el analista interpretado por Fernán Mirás se presentó como –otra vez, en la estela de Peretti– un tipo entero en su trabajo, pero desarmado en el hogar, con una esposa solitaria e incomprendida que le mete los cuernos. Pero las más que reminiscencias de la demasiado reciente En terapia no fueron la debilidad mayor de ese primer capítulo: el problema fue sobre todo la sensación de que en lugar de contratar tantos actores conocidos se podrían haber ahorrado unos pesos usando siluetas de cartón que llevaran escrito con una fibra gruesa: “Mentiroso”, “Masoquista”, “Se lava demasiado las manos”, y así por el estilo. De esta patología de la ansiedad narrativa ni siquiera se salvan los terapeutas, porque la psicóloga recién recibida que interpreta Paola Krum tuvo que padecer que un hermano adolescente le cantara la justa: “Vos estudiaste Psicología para entender por qué se suicidó mamá”.

Una celebración tan fuerte del estereotipo quizá solamente sea soportable y verosímil desde la comedia, por eso el segundo capítulo, mucho menos espasmódico y dubitativo en su modo de narrar, tuvo buenos momentos que ojalá se repitan a cargo de Rodrigo de la Serna y su mamá (Marilú Marini, hasta ahora lo mejor del programa), a la que él hace pasar por su esposa (tienen dos hijos imaginarios) frente al grupo de terapia. Todo parece indicar que Tiempos compulsivos crece y se afirma cuando vira al chiste, y ése parece ser el tono que conviene a sus personajes un poco caricaturescos que casi siempre están ojerosos o despeinados de lo mucho que sufren por sus patologías. O con la sensación de haberse cortado el pelo con un cuchillo en un arranque de algo. Total, este año ya tuvimos una cuota de melodrama psicoanalítico, y no estaría mal equilibrarla con un poco de risa y de locura festiva, según el sabio consejo del saludable pervertido John Waters: “El daño emocional puede que ya esté hecho, pero dejemos de mariconear. Usemos nuestra locura para destacarnos”.

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