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Viernes, 18 de enero de 2013

CINE

La suerte de la fea

En Despedida de soltera, el grupo de “lindas” envidia a la obesa del grupo por llegar al altar antes que ellas. Le destruyen el vestido, se drogan la noche que tienen que acompañarla y se montan a cuanta fiesta sexual se les cruza por el camino.

 Por Marina Yuszczuk

Todavía se supone que las chicas nos queremos casar, ¿no? Y que nos importa todo el ritual del vestido blanco, la torta, los invitados. Por más rancia que sea, la fórmula sigue produciendo imágenes que se multiplican en el cine, la televisión, las publicidades de lavarropas o de detergentes para la ropa fina. Y la comedia más potencialmente salvaje que se estrenó en mucho tiempo, en lugar de jugar a la corrección política con personajes progres y modernos, se agarra fuerte del estereotipo con tres chicas que, a la hora de ser damas de honor de la primera amiga que se casa, sólo lamentan que los confites le toquen primero a la gordita del grupo, esa que todos llamaban “Cara de cerdo” mientras le imaginaban un destino de perdedora rechazada por los chicos. Así comienza Despedida de soltera, con una rubia, una morocha y una pelirroja (Kirsten Dunst, Lizzy Caplan e Isla Fisher) que si algo tienen en común es la sorpresa brutal de que “Cara de cerdo” vaya primero al altar y la frustración colectiva de preguntarse qué habrán hecho mal, ellas que son tan lindas, para no haberse casado primero. Son chicas malas, tan malas como si se tratara de recuperar más de diez años después a las protagonistas de Mean Girls, ese trío que prepoteaba a Lindsay Lohan en los pasillos de la secundaria. Pero también son fiesteras y contradictorias, y la noche antes de la boda toman cocaína en el hotel, se ponen a jugar con el vestido de bodas de la amiga, lo rompen (la broma era tan brutal como sacarse una foto con dos flacas metidas adentro del vestido de la gorda para postearla en Facebook) y salen de gira a tratar de arreglar el desastre y armar otros desastres por el camino, que siempre incluyen sexo. Era de esperarse: producida por Will Ferrell y Adam McKay, los responsables de comedias sacadas como El reportero y Talladega Nights, y escrita y dirigida por la debutante Leslye Headland, ésta no podía ser la típica historia de chicas que parecen malas pero en el fondo son buenitas y se redimen a través del amor o la amistad más pura.

Hace ya un par de años que películas como Bad Teacher y Damas en guerra vienen pisando fuerte en el terreno de un humor hasta hace poco reservado a los chicos, en una línea de películas con chicas que no se prestan a ser modelos de nada: en la primera, Cameron Diaz conseguía trabajo como maestra de primaria con la idea de ahorrar lo suficiente para comprarse un par de tetas y salir a conquistar a un tipo con plata; en la segunda, Kristen Wiig entraba en crisis existencial, en parte por la envidia que le generaba el casamiento próximo de la mejor amiga. Despedida de soltera es un poco más radical, porque quiere parecerse por momentos a ¿Qué pasó ayer? en su retrato de una noche salvaje que desordena el mundo prenupcial y lo vuelve a ordenar como para que, al final, el casamiento se pueda concretar y el mundo siga su curso. Pero también porque se alcanzan en algunas secuencias niveles de acidez y de amargura que no ayudan demasiado a ponerse dócilmente del lado de las protagonistas, o de algún otro lado más o menos claro. Es que estas chicas no parten de un desajuste moral para terminar mostrando que también tienen su corazoncito, y son brutales porque están perdidas en una vida que llegando a los treinta no resultó como esperaban. Lo dice el personaje de Kirsten Dunst en un momento: “No entiendo qué pasa, yo hice todo bien, fui a la universidad, hice ejercicios, como una persona común, tengo un novio que estudia Medicina, y no me pasa nada”. Y agrega, con ese tono de decepción y de vulgaridad intraducibles, “I’m fucking miserable”. Las tres serán las encargadas de agotar en una noche los medios para arreglar ese vestido blanco desgarrado, para recomponer y habilitar la ceremonia, y el esfuerzo se justifica no tanto porque el mandato social así lo imponga sino porque en Despedida de soltera la única realmente feliz y satisfecha es la que al otro día se va a poner ese vestido remendado, la amiga loser, la gordita enamorada.

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