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Viernes, 8 de marzo de 2013

RESCATES

ATREVIDA

Teresa Carreño (1853-1917)

 Por Marisa Avigliano

La pianista más prolífica de los siglos XIX y XX de América latina y una de las más importantes del mundo suele ser la sentencia con la que la describen diccionarios y pequeñas biografías de ocasión. ¿Qué mujer en su época se dedicaría a tocar el piano fuera de las cuatro paredes del empapelado salón familiar? Pocas, casi ninguna lo hubiera siquiera pensado, pero la Teresa que llevaba ese nombre en honor a la mujer de Simón Bolívar (MaríaTeresa Rodríguez del Toro y Alayza era tía de su madre, quien murió en 1866 a causa de una epidemia de cólera), sí. Tenía cinco años cuando las variaciones rítmicas de su teclado apenas descansaban y seis cuando compuso su primera obra, “Gottschalk Waltz”, dedicada a su maestro Louis Moreau Gottschalk. La niña prodigio ofrecía pequeños recitales para amigos y familiares hasta que en noviembre de 1862, un mes antes de cumplir nueve años, tocó por primera vez frente al público y frente a la crítica en la sala Irving Hall de Nueva York, ciudad a la que se había mudado la familia. Los aplausos ardientes programaron cinco presentaciones más en menos de treinta días y un concierto privado para el presidente Abraham Lincoln en la Casa Blanca –una anécdota cuenta que la pequeña Teresa le dijo al republicano que su piano estaba desafinado–. Saltando a ritmo y tiempo es solista con la Filarmónica de Boston y la Sinfónica de Londres, da conciertos en París –donde conoce a Rossini, Debussy, Ravel y Liszt (con quien comparte escenario)–, en Cuba y en España antes de convertirse en una adolescente. Teresa se casó cuatro veces. La primera a los diecinueve años, con el violinista Emile Sauret (con quien tuvo una hija); su segundo marido era italiano, el barítono Giovanni Tagliapietra (tuvieron tres hijos). Pero no fueron éstos años de aplausos ni de palcos llenos, un fracaso tras otro (incluido un viaje a su Venezuela natal con una compañía de ópera) aumentaron los problemas económicos de Teresa –que eran muchos desde siempre y que se incrementaron con la muerte de su padre y con una seguidilla de giras cada vez más sombrías que terminaban casi siempre en naufragios. El tercero se llamaba Eugen d’Albert, un alemán (aunque había nacido en Escocia) con quien tuvo dos hijas y el cuarto, Arturo Tagliapetra, su ex cuñado. A pesar de sufrir los embates y críticas de una sociedad caraqueña muy moralista que le daba la espalda y que criticaba su “desordenada vida amorosa”, ella siempre pensaba en Venezuela, el merengue era su brújula. Después de componer “Saludo a Caracas” y el “Himno a Bolívar”, cuando estaba organizando una gira por Sudamérica y volvía de una presentación en La Habana, una parálisis parcial del nervio óptico que amenazaba con llegar al celebro llegó como diagnóstico previo a la muerte. Murió el 12 de junio de 1917 en los Estados Unidos. Su cuerpo hecho cenizas volvió a pedido suyo a Venezuela. Casi cien años después calles, escuelas y el principal Complejo Cultural de Caracas llevan su nombre. Hasta hace pocos días sus dedos caribeños habrán tecleado el acompañamiento de rezos y llantos cuando el teatro de su Centro Cultural se convirtió durante semanas en un templo de súplicas y buenos deseos. Iban allí esperando que la magia de la plegaria le devolviera la salud a Chávez. Escondida en algún pasillo de la sala, Teresa, la primera pianista venezolana, habrá escuchado sin interrupciones la música prodigiosa que emana el “Hasta la victoria siempre”.

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