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Viernes, 25 de julio de 2014

Pilosa discusión

COSAS VEDERES Una profesora norteamericana da créditos extra a las alumnas que se dejen crecer la pelambre de piernas y axilas. Los motivos, a continuación.

 Por Guadalupe Treibel

A la profesora Breanne Fahs puede sobrarle melena, pero no lleva ni un pelo de tonta: la doña sabe que la mejor forma de aprender es haciendo, y en esa línea ha dispuesto una actividad que, por su velluda peculiaridad, ha alcanzado las páginas de cantidad de tabloides en las últimas semanas. Ocurre que, desde su humilde curso, BF otorga puntaje extra a las alumnas que no se rasuran y a los alumnos varones que sí lo hacen, del cuello para abajo, amén de desafiar las normativas de las vellosidades corporales; como bonus, los/as estudiantes deben llevar un diario donde anoten los vaivenes propios de la experiencia. A juzgar por aquel iniciático paseo por la alfombra roja de 1999 con un vestidito deluxe y los sobacos tupidos, bien podría decirse que Julia Roberts estaría orgullosa de tamaño proyecto. Aunque, en honor a la exactitud, ella desestimase los clamores de espanto declarando que no pasaba todo el día pensando en sus concavidades, a diferencia de los mozalbetes que se adentraron en la propuesta lanzada –e instalada– por Fahs. Para consternación, eso también hay que decirlo, de madres y novios.

Como la joven Stephanie Robinson, que define la tarea-para-el-hogar como “uno de esos momentos que te cambia la vida”. En sus palabras: “Muchos de mis amigos no querían ejercitar a mi lado o escuchar acerca de la asignatura. Empecé a notar, además, los rostros de los extraños y de otras personajes del campus, todos repugnados con mi apariencia. Definitivamente comprendí que si una no adhiere estrictamente a lo prescripto para el rol de género, el cuerpo se vuelve un lugar de confrontación y opinión pública”. “No hay un motivo de peso por el que depilarse o no depilarse sea una cuestión importante. Pero lo es, y mis estudiantes tienden a descubrirlo más temprano que tarde”, resume la profe Breanne.

Catedrática asociada en el área Estudios de Mujer y Género, en la Universidad Estatal de Arizona, la maestra ha cosechado, entonces, el nada despreciable mérito de que sus alumnos/as se involucren en cuerpo y mente en la materia, a punto tal de poner la propia fisonomía a disposición de cuestionar(se) ciertas reglas preestablecidas. Concretamente aquellas reglas que demandan, exigen, declaman que las axilas y piernas de una verdadera lady estén lisitas y al ras: siempre depiladas, horror andar peludas. “No hay mejor manera de aprender acerca de nuestras normas sociales que romperlas y ver cuál es la reacción de la gente”, sostiene BF ante cuanta cámara o grabador se le apreste, y le pregunte acerca de la mentada actividad. O, para el caso, acerca de los estudios que ha escrito sobre el tema (por ejemplo, el paper Perilous Patches & Pitstaches) donde, haciendo hincapié en el crecimiento de pelo en cuerpo, subraya “la invisibilidad del sexismo omnipresente dirigido a aquellos que violan las prácticas para mantener el ideal femenino”. Cortito y al pie: la compulsión a afeitarse es, para ella, otra manifestación de cómo las mujeres han internalizado ideas patriarcales.

Manifestación que, dicho sea de paso, se traduce en un 99 por ciento de damiselas inglesas habiéndose depilado en algún punto de vida, un 90 por ciento de australianas que lo hace cotidianamente y estimables cifras superiores para las norteamericanas que, como anotan ciertos estudios, “tienen el asunto tan incorporado que ya pasa desapercibido en el discurso informal, la investigación o la literatura”. Los números dicen por cuenta propia y hacen que más de una periodista yanqui, patidifusa, interrogue: “En la era de la pornografía generalizada, donde adolescentes apenas se inmutan ante anos, vaginas y escrotos, ¿cómo es posible que una realidad anatómica tan inocente como la del pelo de las axilas resulte tan revulsiva?” En especial cuando –ofrecen sitios como Mirror o Jezebel– se trata de un gesto moderno: “La pauta de rasurar el vello corporal se remonta a un esfuerzo de Gillette por ampliar su mercado de máquinas de afeitar. Alrededor de 1915, la marca comenzó una campaña donde denunciaba los (anteriormente inofensivos) pelos como feos, masculinos y sucios. En la década del ‘20, ampliaron sus esfuerzos para la pierna, exaltando el valor positivo de la sedosidad y suavidad. Aun así, antes de la Primera Guerra Mundial, prácticamente ninguna mujer norteamericana se afeitaba las piernas. Hacia 1964, en cambio, el 98 por ciento de menos de 44 años lo hacía”.

Volviendo al quid de la cuestión... Si para los/as alumnos de Breanne Fahs, el ejercicio de rebeldía –y su requerimiento de que persista durante 10 semanas– no se hizo cuesta arriba fue principalmente por la camaradería. “Cuando prácticamente todos los estudiantes participan, se desarrolla un sentido de comunidad y de disfrute alrededor de revelarse en conjunto”, ofrece la teacher que, por otra parte, diferencia la vivencia de los varones voluntarios y las mujeres ídem. En principio, porque no es poco habitual hoy en día que los hombres remuevan excesiva alfombra; la clave del desafío –entonces– radica en que persistan en la tarea dos meses y medio “para que se den una idea de lo que las mujeres atraviesan habitualmente”. Por otra parte, no faltan las estrategias para agregar el elemento “macho” al proyecto: “Los varones tienden a adoptar una actitud del tipo: ‘Ey, me la banco. Soy un pibe, puedo hacer lo que se me venga en gana’. Al punto de que algunos se han rasurado el cuerpo entero... usando un cuchillo de caza”. ¿Con qué lidian las mujeres persistentes, mientras tanto? Pues con chascarrillos del tipo “Tu sobaco se asemeja a la porquería del fondo de un tacho de basura”. Para partirse de risa...

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