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Viernes, 12 de septiembre de 2014

Milagros en Burzaco

TRATA Tiene 16 años, un retraso madurativo que no le impide ir a la escuela a su propio ritmo y una experiencia de la que quiere hablar pero todavía la despierta en medio de la noche como una pesadilla: a los 14 fue engañada por una amiga y secuestrada por una red de trata que durante diez días la ofreció en distintos barrios precarios del conurbano bonaerense. No sabe por qué alguien abrió la puerta para dejarla ir, aunque la familia de Mili cree que la persistencia de su madre movilizó a la policía y eso los obligó a deshacerse de ella. Es una sobreviviente que espera justicia –la causa tiene imputados, pero ningún detenido– para sentirse finalmente libre.

 Por María Sol Wasylyk Fedyszak

“Yo volvía un día de lo de mi papá. Había discutido con mi hermana Micaela y me fui para Burzaco. Encontré en el camino a una amiga que me dijo si yo quería ir para Alejandro Korn. Llegamos a una esquina, ella se alejó un poco, pero pude escuchar que por teléfono dijo ‘ya está’. Yo no sabía de qué hablaba. Pasó una camioneta al lado mío, yo quería correr pero me agarraron de los pelos y me metieron. Me empezaron a decir que conocían a mi mamá, a mi tía, que sabían cómo se llamaba mi papá, y de ahí me llevaron a una casa de dos pisos. Ahí había muchas chicas. Empezaron a abusar de mí. Se subían señores arriba mío. Una noche me llevaron a la Villa 1-11-14, a un galpón. Unos señores me sacaban fotos. Hablaban de cuánta plata tenían para darles a los que me llevaron. Un señor dijo que tenía 500 pesos y un chino dijo 800. Uno de los que me llevó dijo: ‘Está vendida’.”

Milagros G. tiene 16 años, fue secuestrada el 26 de marzo de 2013 cuando tenía 14, en Burzaco, y estuvo encerrada durante 10 días. Abusaron de ella, la drogaron e intentaron venderla. No bien desapareció, la madre inició una búsqueda desesperada. Se topó con el primer escollo: intentar hacer la denuncia. En la comisaría le dijeron: “Señora, hay que esperar 48 horas, seguro que su hija se fue con algún noviecito y usted no se enteró”. Una frase por demás escuchada en distintos casos de trata, cuando se sabe que las primeras 48 horas son fundamentales. Silvia, la mamá de Mili, no tuvo dudas, sabía que se la habían llevado. Conocía a su hija. A los diez días del secuestro, Milagros logró escapar, pero después de ese encierro estuvo internada más de un año en distintos lugares debido al shock postraumático y un intento de suicidio. Estuvo en psiquiátricos para adultos, a pesar de ser menor de edad. Hace tres semanas le dieron el alta y quiso contar lo que le había pasado.

Milagros tiene una entereza poco frecuente en alguien de su edad. En el comedor de su casa, mate de por medio, con su mamá al lado y el resto de la familia cerca, repasa la historia que le tocó vivir sólo porque alguien pensó que su vida podía venderse. Cada palabra la moviliza, parece que se quiebra, pero no. Sólo es un respiro.

Después de intentar venderla, “el chico que me llevaba me agarró de la mano y dijo: ‘no se vende’. Me tuvieron atada hasta el otro día. Me dijeron que me iban a llevar a otra provincia, que no podía estar acá porque me iban a buscar y que tenían a otras chicas. Esa noche me hicieron dormir, me pincharon”.

Milagros recuerda que estuvo en la Villa Betharram, en Adrogué. “Me sacaron fotos con pollera, zapatos, remera, me pegaban y me tuvieron dos días atada, sin comer nada. Yo tenía mucho miedo”, cuenta. Durante esos días le cortaron el pelo y, cuando la trasladaban, los conductores iban cambiando de transporte, pasando de auto a camioneta o combi.

“Un día me dijeron: ‘Mira todas las chicas, los señores pagan para que bailen y se acuesten con ellos’, y me dijeron que yo iba a hacer lo mismo. Me dio mucho miedo, hasta que un día un chico me dijo que me iba a ayudar a escapar. Yo le dije que no podía, que había un montón de chicas ahí. Me desató y abrió la puerta. Bajé cuando se fueron, salté el portón y me fui corriendo, pasé por todo un campo. No sé cómo tomé el tren hasta Burzaco, empecé a correr y llegué a la plaza.” Milagros se refiere a la plaza de la estación de Burzaco, ahí la encontró su familia.

Dos días después de que Milagros desapareciera, a Silvia finalmente le tomaron la denuncia, pero le advirtieron que además tenía que esperar 48 horas para que la fiscalía se hiciera cargo de la causa. “Me dijeron que iban a poner los patrulleros a disposición y que iban a pegar las fotos de ella en las comisarías. Al día siguiente todavía la foto no estaba por ningún lado, en ninguna comisaría, en ningún servicio público. El quinto día decidimos no ir más a la comisaría.”

Quienes secuestraron a Mili sabían dónde trabajaba su mamá. “Llamaron al lugar diciendo: ‘Dejate de romper las pelotas con la policía, sabemos en qué andás’”, cuando su hija aún no había aparecido. Después “fui a la fiscalía de Lomas de Zamora. Me trapearon, me atendieron como poniendo en duda lo que estaba pasando hasta que me contacté con la Fundación María de los Angeles y ellos llamaron a la fiscal pidiéndole que por favor ayudara en el caso. Después de ese llamado, comenzó a atenderme una persona un poco más amable, pero luego la fiscal se declaró incompetente”.

La causa de Mili pasó por distintas instancias judiciales con muchas idas y vueltas y tuvo distintas carátulas: primero, averiguación de paradero, luego corrupción de menores y finalmente, a partir de este año, trata de personas. En el presente está a cargo el juez federal de Lomas de Zamora Alberto Santamarina. En la causa “hay imputados, entre ellos, el chico que la ayuda a escapar, pero que después llamaba para amenazar, y la chica que la captó, pero no hay detenidos. El juez está pidiendo una nueva cámara Gesell para reafirmar los dichos de Milagros en la primera cámara que le hicieron el año pasado y así supuestamente tomar medidas y hacer allanamientos”. Están a la espera.

Este año, Silvia no pudo tener acceso a la causa porque no es querellante, no se lo permiten. No tiene claro por qué. “Nuevamente presentamos escritos para pedir ser querellantes, estamos esperando el comunicado del juez en las próximas semanas.”

Cuando Mili se escapó, no quiso declarar en la policía, tenía miedo. A los 15 días de haberla recuperado, y después de llamar al 145, perteneciente a la Oficina de Rescate y Acompañamiento de Personas Damnificadas por el Delito de Trata, “nosotras esperábamos una contención de parte del Estado que nunca tuvimos. Como vimos que la situación se nos desbordaba, Mili estaba en estado postraumático con intento de suicidio, llamamos a la obra social desde donde vino un psiquiatra que hizo un informe donde decía que tenía que estar internada”. Milagros estuvo en distintos psiquiátricos y hace poco más de un mes le dieron el alta, pero tiene que continuar con medicación y terapia.

Silvia pidió ayuda para que Milagros pudiera estar en un lugar adecuado por todo lo que le había pasado, pero sólo pudo recurrir a lugares que su obra social cubría, centros psiquiátricos pero para adultos. “En un momento, Milagros estaba muy mal medicada y hacía brotes y la pusieron en un lugar donde usaba pañales, ella le dice ‘el calabozo’. Estaba totalmente amarrada y por eso yo decidí sacarla de ahí. Por eso, después me llegó una orden de allanamiento a mi casa porque decían que yo era nociva para el tratamiento de mi hija y, por orden del juez, a Mili la volvieron a llevar al mismo lugar”. A Silvia la mandaron a hacer un tratamiento psiquiátrico y le quitaron la tenencia. Siete meses después, gracias a la ayuda de Madres de Constitución y el CELS, la recuperó.

Después de la cuarta internación, y de mucho trajín, “Mili fue a un centro infantojuvenil en Avellaneda en el que, si bien era de adultos, había menores, y yo podía verla cuando quería, me dejaban estar con ella y le daban actividades para hacer, como taller de arte, y podía ir al gimnasio”.

Durante un tiempo, por las amenazas y el amedrentamiento que sufrieron en la calle sus hijas, Silvia tuvo custodia policial, primero durante las 24 horas, luego 12 y en este momento la retiraron porque “estamos en un barrio tranquilo donde no pasa nada”, según le informaron cuando preguntó por qué se la retiraban. “Cuando no teníamos a Mili teníamos custodia, ahora que la tenemos, nos la sacan.”

En diciembre del año pasado, Silvia se mudó de barrio. Sus rutinas cambiaron. Nadie sale después de las 8 de la noche de la casa. Milagros está atenta a todo lo que cuenta su mamá y está contenta porque esta semana retoma el colegio. “Mili es una nena especial, tiene un retraso madurativo, así que va a segundo ciclo. Para el año que viene, si todo va bien, ingresa en el laboral.” Ellas dos y Mica, una de las hermanas de Mili, esperaron la entrevista con las remeras que sintetizan la lucha, dos puños y una cadena rota y la consigna: No a la Trata. Justicia por Milagros.

Desde que comenzó, Silvia se puso en contacto con organizaciones como Madres de Constitución y Las Mariposas de Villa Paris, que la acompañaron en movilizaciones, marchas, y así encontró otros casos como el de Mili en Almirante Brown. “Intentamos estar en contacto con esas familias”, dice. Y en esa primera persona del plural también se refiere a sus compañeras del Plenario de Trabajadoras, del Partido Obrero, de donde proviene su abogado.

En Burzaco, la noche va cayendo, la ronda de mate se acaba y sobre el cierre de la charla, Milagros pide la palabra. “Yo quiero decir una sola cosita y es que si hay una chica secuestrada o les están pegando o les están haciendo daño, que no se queden calladas, que hablen, que no tengan miedo, que llamen a la policía. No quiero que lo viva otra chica más, es feo para mí. Mi mamá está haciendo todo lo posible para ayudar a otras chicas que están secuestradas, las queremos ayudar, y no crean en otras chicas que se les hacen las amigas, no son amigas, después las llevan a cualquier lado.”

Mili, ¿en algún momento dijeron por qué te dejaron libre?

–Yo entendí en un momento que alguien decía que había que dejarme ir porque iba a venir un policía y les iban a sacar a todas las chicas. De ahí uno dijo que fueran a buscar a otras. Ahí me abrió la puerta y salí corriendo.

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