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Viernes, 5 de diciembre de 2014

ARTE

Yegua de Troya

Un cuerpo de mujer, gigante y diseccionado, la nueva obra de Nushi Muntaabski.

Nushi Muntaabski es una artista argentina de nombre húngaro (Nushi es el sobrenombre de Anushka) y apellido polaco, nacida en el barrio de Haedo, que plantó un roble, tuvo más de un hijo y escribió un libro que publicó en 2012 por Emecé. Para seguir presentándola –si acaso hiciera falta– diré que por largo tiempo tuvo su columna de arte en Negrópolis, el programa radial de Elizabeth Vernaci, y expuso en los espacios más prestigiosos de Buenos Aires: Museo Malba, Museo de Arte Moderno y Centro Cultural Recoleta (donde hace dos años mostró la serie Bestiario, realizada junto a Sara Facio). Como podrán ver, se trata de una artista de grandes dimensiones, pero esto no es sólo metafórico, lo es también por el tamaño impresionante de sus obras. La última es una muñeca de ocho metros de largo, con piel de madera, que desde el pasado 12 de noviembre permanece en la entrada de la Fundación Fortabat recostada sobre el piso. Giganta caída u objeto de investigación intervenido en un quirófano, la imagen de la mujer que parece sugerir esta obra corresponde a la de esta era: tan poderosa como vulnerabilizada, tan fuerte como abierta a las miradas invasivas que la atraviesan para desentrañarla y desnudarla.

Esta muñeca tiene aproximadamente un metro de espesor y un ancho proporcional a la medida de un cuerpo humano que no es otro que el suyo, con su cara, su cabello y sus formas, y que contiene en su interior símbolos variados. ¿Y cómo sabemos esto?, ¿qué tiene adentro? Ese cuerpo tan compacto por fuera –que parece pesar una tonelada, pero que está hecho de telgopor y recubierto por innumerables pedacitos de cerámicos símil madera sobre una capa gris sintética– está diseccionado 11 veces y deja ver a la altura de la panza, por ejemplo, pequeños dibujos de alimentos, frutas, jarras de vino. El cuello, en su parte interna, guarda del lado de la cabeza una casa ínfima, casi de sueño, y del otro lado una especie de red. La muestra, rodeada de barcos amarrados, se llama Los viajes de Nushi. Título homenaje al clásico infantil escrito en 1726 por Johnatan Swift. Esta es una Nushi en el País de los enanos: liliputienses que somos todxs nosotrxs, lxs mirones, lxs que nos acercamos a esta muestra y desde nuestra pequeñez nos quedamos atónitxs con esta muñeca gigante que, por dimensión y aparente textura, recuerda también al Caballo de Troya. Como sea y recuerde a lo que recuerde, todo remite a un viaje. O más bien a muchos viajes (y todos los viajes se hacen con el cuerpo: ese es el vehículo privilegiado para andar por la tierra). A los que fueron hechos por la artista, a los largos y a los cortos, al camino de exploración que precede a este punto de magnificencia donde no parece haber límites para plasmar lo que se quiere plasmar.

Quizás ella misma, esa muñeca –como símbolo de la conciencia personal ampliada y llevada a la materia–, sea el corolario de un recorrido en el que previamente sembró y cosechó enormes y exultantes remolachas revestidas de venecitas rojas, blancas, plateadas, o delineó una gigante Virgen Lemanja, trabajada con la misma técnica, sobre el fondo de la pileta de su casa. Sus colores siempre vivaces, su brillo, las formas francas de sus obras, invitan a cualquier ojo a imbuirse en ellas y no sólo a la pupila experta. Nushi Muntaabski es para el arte y no sólo para lxs artistas. Será por eso que no está sola. Como dice en el catálogo su amigo Marcelo Pacheco: “Pero en sus viajes Nushi nunca está sola. Vagabunda o nómade por naturaleza, por herencia, por antepasados de esta orilla del Río de la Plata o de aquellas otras aguas verdosas que dividen Budapest. Caminante nocturna, ahora transformada en jardinera que saluda al sol renaciendo de su noche oscura; noctámbula o madrugadora, sus andares no han sido solitarios”.

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