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Viernes, 5 de diciembre de 2014

RESCATES

La mano de Dios

Bárbara Guerrero
Pachita
(1900-1979)

 Por Marisa Avigliano

Chamana, curandera, santa, embustera peligrosa, ilusionista, marcapasos cósmico, charlatana, mujer sagrada. Un registro abierto de motes la nombra mientras el aire de las creencias la bautiza en leyenda sacra. Pachita, la legendaria sanadora mexicana a la que Alejandro Jodorowsky le dedicó –antes y después de decir que la cirujana psíquica le había cambiado la vida– nutridas páginas en La danza de la realidad y Psicomagia, se llamaba Bárbara Guerrero. Nació en Parral (Chihuahua) cuando comenzaba el siglo XX y murió en el DF el 29 de abril de 1979. El primer resumen mágico de su biografía cabe en una oración: “Abandonada por su madre después del parto es adoptada por un excéntrico hombre de Africa llamado Charles quien la educó en el ancestral arte de la sanación”. Piedra filosofal ideal para que la alquimia corriera desde la cuna por ríos caudalosos. Los años de juventud –tenía 15 años cuando Charles se fue, “estaba enfermo y se fue como los elefantes a morir en su tierra”– la vistieron de bailarina, de vendedora de lotería y de guerrera junto a Pancho Villa. Un ropero de telas fieles (como si lo hubiera ordenado el rumor de las puntadas de La moda en mortajas, de Margery Allingham) preparó el ajuar de bruja que pocos años después iba a caer impecable sobre el cuerpo de la mujer en trance. Pachita, la guardiana de la tradición chamánica náhuatl a la que mandaron por un tiempo a la cárcel, la viejecita enjuta con una nube en un ojo, frente abombada, nariz ganchuda y que a su vez parecía una montaña, tan impresionante como un mítico maestro tibetano (como la describe el autor de El Topo) aseguraba que era el emperador azteca Cuauhtémoc quien se apoderaba de su cuerpo de mujer durante la sanación. Siempre con el mismo cuchillo abatido por tantas batallas quirúrgicas la chamana emperadora resplandecía entre panzas abiertas, gritos, olor nauseabundo y trueque de órganos que chorreaban sangre, ilusión de sangre y misterio. Los años sesenta hablaron mucho de ella mientras una caravana de apellidos, Margarita López Portillo, Jacobo Grinberg, Maurice Cocagnac y muchos otros (algunos compatriotas y algunos otros extranjeros), buscaban descifrar las razones de verdad, de alucinación colectiva o de engaño que se escondían detrás de la puerta de la casa en la que atendía. Hoy aquella casa se llama edificio Río de Janeiro o Casa de las Brujas, como les gusta decir a quienes cruzan la colonia Roma de la Ciudad de México –cueva arcana de inspiración para José Emilo Pacheco (Las batallas en el desierto) y Sergio Pitol (El desfile del amor)–, mapa en mano a la caza de atracciones turísticas o buscando aniquilar dolores en manos de los herederos de la chamana.

Frente a un altar y con los ojos bien cerrados, Pachita esperaba el zumbido de la llamada psíquica –“nada más doy un empujón y salgo de mi cuerpo”– que le auguraba el salto al vacío, el tajo benefactor, las vendas fluorescentes y la cicatrización terapéutica. Un ritual de enroque entre el espacio y el tiempo capaz de calmar sin palinodia la sed de los maestros del terror o de concebir testimonios como el de Jodorowsky: “Yo padecí, aparte del olor a sangre y de la horrorosa visión de la víscera granate, el dolor más grande que había sentido en mi vida. Chillé sin pudor. Dio el último tirón. Me mostró un pedazo de materia que parecía moverse como un sapo, lo hizo envolver en papel negro, me colocó el hígado en su sitio, me pasó las manos por el vientre cerrando la herida y al momento desapareció el dolor. Si fue prestidigitación, la ilusión era perfecta”.

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