las12

Viernes, 17 de julio de 2015

EMPODERAMIENTO

Del ring al poder

Desde hace catorce años las mujeres se suben a un ring y boxean en categoría amateur y profesional. Saltando prejuicios y hábitos machistas, se empoderan conociendo capacidades inimaginables en sí mismas y desterrando de sus vidas malos tratos y violencia machista. Luchan por obtener las mismas ganancias que los hombres, no eluden los sacrificios de entrenamientos ni dietas y deciden sus opciones amorosas dentro y fuera del cuadrilátero.

 Por Noemí Ciollaro

foto: Constanza Niscovolos

El Almagro Boxing Club es uno de los gimnasios más antiguos de Buenos Aires, nació en 1923 en un potrero donde los pibes del barrio, inspirados en los triunfos en Estados Unidos de Luis Angel Firpo, “el Toro salvaje de las Pampas”, quisieron “aprender a tirar al box”. Para ese entonces los puños eran sólo cuestión de machos.

Desde la mañana muy temprano se puebla mayoritariamente de varones jóvenes y entrenadores o “sparrings” de mediana edad. La cumbia es la música de fondo y a la par suena otra, la de los jadeos y murmullos, las inhalaciones, exhalaciones y suspiros de quienes practican guanteo contra pesadas bolsas o con contrincantes imaginarios o reales.

A un costado del ring Karen “Burbuja” Carabajal charla con su entrenador, Fernando Albelo. De jogging, cola de caballo, ojos grandes y pintados, uñas nacaradas, se parece a Blancanieves, tanto en sus rasgos como en la suavidad con la que habla y se mueve. Pero a no engañarse, Karen, 25 años recién cumplidos, boxea desde los 16 y lleva 55 peleas como amateur y 8 profesionales ganadas hasta ahora.

A punto de recibirse de psicóloga, mide 1,75 y pesa 57 kilos, es peso “pluma”, su apodo “Burbuja” fue cosa de su entrenador. “Yo era muy chica y tenía con el profe una relación paternal, me trataba en diminutivo, decía que tenía los ojos grandes como burbujas, me decía ‘Burbujita’, y de ahí salió mi apodo, y quedó, porque otros lo escucharon y empezaron a llamarme así”, relata.

Karen nació en Almagro, en una familia de clase media; padres, hermanos y abuelos, algunos de ellos miraban boxeo pero nadie lo practicaba. Cuando estaba en 4º año del secundario empezó haciendo gimnasia en el Almagro y a mirar con ganas el entrenamiento de los boxeadores y de algunas mujeres que concurrían al lugar a “guantear”, le pareció un deporte complicado y atrayente, así que cuando entró a la facultad, en la carrera de Psicología, decidió hacer las dos cosas, estudiar y boxear.

“Creo que me gustó porque era una forma de sentirme segura haciendo algo y protegida desde una, ¿no?, venía con amigas. Empecé a entrenar y el lugar, el profesor y la solidaridad de lxs compañerxs me fueron llevando a que me interese y a querer pelear.”

¿Te pasó algo por lo que sentiste la necesidad de poder protegerte?

–No, no desde la violencia, es que sos adolescente y estás en esa época de revolución, querés ser grande, ser la mejor, y pasan cosas que te van llevando a buscar algo que te haga sentir diferente a las demás Ahora que estudié lo puedo ver desde ahí. El boxeo te da autoconfianza y seguridad, quizás alguien que nunca boxeó va por la calle y siente que le pueden decir cosas feas, que la miran mal, que le puede pasar algo... y está alerta, con esa sensación de tener que poder enfrentar a los demás. He hablado mucho con deportistas y yo misma, desde mi lugar, pienso que cuando una es boxeadora no necesita estar mostrando a los demás que es diferente, una ya lo sabe y está segura de sí misma, te da mucha confianza. Además, nosotrxs no podemos pegarle a quien no boxea, ni estar buscando pelea por cualquier lado. Una vez tuve que defenderme porque me quisieron robar el celular, eran dos, una chica y un chico, les dije que no se los daba y me dijeron “bueno vamos a pelear” y yo les dije “sí, dale”. Hicieron gestos, pero cuando vieron que yo no aflojaba se fueron los dos, creo que se sorprendieron, así que no tuve que llegar a nada para defenderme, por suerte, porque nunca se sabe, ¿no?

Un largo camino

Quien marcó un antes y un después en este deporte en relación a la participación de las mujeres en la competición profesional fue Marcela “La Tigresa” Acuña, que hace 15 años emprendió una dura lucha para lograrlo. Tildada de “marimacho” y enviada a “lavar los platos”, no aflojó ni ante los ataques machistas del periodismo ni ante la misoginia de mujeres “destacadas” que veían en ella a una desubicada, transgresora de las mejores tradiciones y cualidades femeninas.

El mundo del boxeo tenía las puertas cerradas para las mujeres, no se podía entrar a los entrenamientos, ni al ring, y las voces de la ciencia médica se alzaron para alertar sobre los peligros del boxeo en “el delicado cuerpo femenino, creado para la maternidad”.

Pero Acuña no cedió, su marido y entrenador, Marcelo Chaparro, la acompañó en la vida y en la lucha. Tras un par de años –en otros países el boxeo de mujeres era legal– ganó la contienda desde abajo del ring y se subió al mismo como la propietaria de la “licencia Nº 1 de boxeadora profesional”. Un largo camino, muchacha..., que cientos de mujeres que accedieron al deporte y al combate le reconocen y agradecen.

No conforme con eso, La Tigresa creó un estilo de pelea demoledor y un look tan provocador como toda su lucha, guantes de box atigrados, peinados exóticos, vestimentas de pelea con glamour, uñas laqueadas, boca roja, ojos marcados y mucho rimmel. Mojigatas y machistas quedaban de una pieza cuando subía al cuadrilátero, ella sin duda lo disfrutaba grandemente. Y encima su nocaut era fatal.

Pero el prejuicio está latente. Karen Carabajal comenta: “Mi propia familia, mis abuelos tienen otro pensamiento, me dicen ‘¿cómo te podés hacer pegar, cómo te gusta eso con tanta violencia?’, pero yo siento y veo el boxeo desde otro lugar, para mí no es el lugar donde dos personas se pegan, nadie ve nuestro trabajo por dentro, es sacrificio, dedicación, acostarte temprano, no salir, eso no lo hace cualquiera. Aprender a boxear es muy difícil y también implica mucho esfuerzo, están primero las ganas; una puede decir que quiere ser campeona, pero no se trata de las ganas, hay que tener condiciones e ir desarrollándolas. Hay que entrenar todos los días, tener una vida sana, alimentación sana, cuidar el peso, se van cortando las salidas; dejás muchas cosas de lado, las amistades, las diversiones de la edad, es difícil conjugar todo, hacés una cosa o la otra. Lleva mucha dedicación y concentración, un día que no entrenás es un día que la otra persona con la que vas a competir entrenó y eso hace diferencia. Más allá de que una pueda tener condiciones, el esfuerzo y el trabajo se notan”.

Los golpes reales

Karen sube al ring del Almagro y “guantea” con un joven, después nos enteramos de que es su novio, también boxeador. Blancanieves se transforma, tras los enormes guantes rosados aparece una mirada fuerte, subrayada por el delineador y porque entró en calor, se le calentó la sangre y quiere entrarle al otro por donde sea y se pueda, no todo golpe es lícito. Sus piernas elásticas e inquietas brincan intentando marear al contrincante, la cabeza se mueve esquivando los guantazos del otro que también es un blanco móvil para ella, dicen que su gancho de izquierda es de temer, pero el “guanteo” en el gimnasio es “como si”. No hay golpes demasiado fuertes en su potencia.

¿Cómo fue tu primera pelea, y qué se siente cuando te golpean de verdad?

–La primera fue a los 16 años como amateur –como profesional peleo desde fines de 2013– y fue con una chica de La Plata; yo era muy chiquita y muy vergonzosa cuando arranqué, con mi propio profe me daba vergüenza hablar.... Hacía mucho frío y él me decía que me moviera para entrar en calor, y a mí me daba vergüenza porque había mucha gente. El estaba preocupado porque no sabía si yo iba a querer pelear o no, y yo quería pero a la vez me moría de vergüenza y nervios. Pero cuando subí... una sube al ring y es como que se transforma, y subí y gané la primera pelea. Al principio es raro, eso de sentir los golpes reales, una se va acostumbrando, pero sí, duele, y a la vez una está demasiado concentrada en tratar de demostrar lo que puede hacer y el dolor se percibe menos. Entre tanta concentración y tanta adrenalina se siente menos, salvo que sea un golpe de esos en que te caés y te tenés que parar y ahí se modifica todo... Pero es eso, los golpes se van asimilando.

Los apodos son inseparables de los nombres de lxs boxeadorxs, muchos aluden a animales, otros son peyorativos o machistas, algunos son elegidos por las chicas, otros decididos por los sparrings o quienes dirigen el negocio del boxeo profesional. Para nombrar sólo algunos ejemplos: Yésica “El Bombón Asesino” Marcos; Mónica “La Gata” Acosta; Fernanda “La Camionera” Alegre; Carolina “Chapita” Gutiérrez; Patricia “Leona de Caseros” Quirico. Es evidente que todavía se sigue la tradición de los hombres al respecto.

En las peleas amateur no hay dinero de por medio; si se gana hay una medalla, si se pierde, nada. En las profesionales, para una boxeadora del nivel de Karen, son de $ 4 mil a $ 6 mil, según la cantidad de rounds. Los hombres en las mismas condiciones multiplican varias veces esos valores.

“Me gustaría llegar a tener algún título, hice 55 peleas y salí campeona en el único torneo en que participé, el Tomás Guevara en el 2011, cuando yo empecé no había muchos torneos. Como profesional me gustaría ganar algunas más, y después ir por algún título. Hay un ranking argentino y otro mundial que vas escalando según la cantidad de peleas, ahora en el argentino estoy tercera, la primera es Soledad ‘Itaka’ Matthysse, que es campeona del mundo también, y la segunda es Cecilia ‘La Pantera’ Mena, campeona argentina y sudamericana”, añade Karen.

¿Cuando te recibas de psicóloga vas a seguir peleando?

–Mi novio es boxeador amateur, nos conocimos acá, estamos juntos hace tres años. Pero primero está terminar la carrera, después el boxeo, quiero ser campeona del mundo, y después casarme y tener hijos. Quiero trabajar como psicóloga y especializarme en adicciones, en el ámbito jurídico, en los penales, poner centros de rehabilitación. El boxeo es un buen deporte para esos lugares, con chicos adictos, el boxeo te da muchas herramientas, te hace conocer tus capacidades y valorizarte, tenés un sueño y un proyecto de vida.

Amores perras

Hay otra fuerte motivación que ha acercado mujeres al boxeo: la violencia de género, el maltrato y abuso de parte de familiares, novios y maridos. El caso de Mónica “La Gata” Acosta es emblemático entre las chicas que suben al ring. Ella llegó a ser campeona del mundo y desde el cuadrilátero devolvió en su imaginación una por una las piñas recibidas en la infancia, la adolescencia y durante su primer noviazgo, pero más que eso descubrió que también podía pegar y podía defenderse, el boxeo la empoderó y la hizo sentirse dueña de su cuerpo y de su vida, pudo dejar de ser una muñeca de trapo. Mónica se casó con otro boxeador y es madre de un niño.

Ana Laura “La Monita” Esteche (24) fue quien en febrero de 2014 le ganó el título de campeona mundial de boxeo femenino argentino a La Gata Acosta en un ring de San Clemente del Tuyú. El resultado fue tan contundente que, en un gesto que la enalteció, la perdedora le entregó el cinturón con sus propias manos, antes de que el locutor anunciara el resultado.

Emocionada, La Monita decidió dedicarle el triunfo a su pareja, la boxeadora Yohana “Yoki” Giménez”, causando un enorme revuelo ante el público y los medios que estaban en el lugar.

De visita en el Almagro Boxing Club, las dos relatan sonrientes el “destape” a Las/12. Ana recuerda: “A mí me salió del alma decir a ‘mi mujer’, no dije ‘mi pareja’ y quedó más agrandado cuando me hicieron notas en los medios. Pero después de eso aparecieron boxeadoras conocidas que también están en pareja, no voy a decir los nombres, no corresponde”.

Yoki (26) agrega: “Sí, en el Facebook empezaron a aparecer muchas y ya todos lo toman como algo común. Es cierto que hay muchos que discriminan, pero otros no. La juventud lo acepta, en todos lados se ve, estamos aceptadas”.

Las dos nacieron en San Martín, en barriadas humildes, eran vecinas y no todo fue fácil en su relación de pareja, primero la mantuvieron oculta por temor a lo que pudieran pensar sus familias.

“Yo tuve un problema con mi primer entrenador, pasó que con Yoky ya andábamos juntas, pero nadie sabía nada, ni mis padres, y un día él vino a mi casa, se puso en pedo y empezó a decir un montón de cosas ahí, adelante de todos. Yo me agarré mucha bronca porque así se enteraron mis padres y me peleé mal con él. Yoky me llevó adonde entrenaba ella y ahora estamos en el mismo lugar con el mismo entrenador, Walter Sosa. Mis padres es como que no quieren aceptarlo, pero saben que estoy bien con ella. Y los padres de Yoky nos tratan bien, como si fuéramos amigas, hermanas; a la madre de ella yo le digo “Ma”; al papá le gusta mucho el boxeo y viene a todos lados con nosotras... Igual no andamos a los besos, ni nada de eso, siempre guardamos nuestra intimidad, y para ellos soy como una hija más”, explica Ana.

Yoki agrega: “Si ella fuera un varón tampoco lo haría estar delante de mi mamá o mi papá a los besos, me parece de más eso. Nosotras vivimos con mis padres y un hermanito, los cinco juntos. Tenemos privacidad, nuestra casita está aparte, pero pasamos todo el día con mi mamá, ella nos ayuda un montón, nos cocina, sabe que no tenemos tiempo. Nosotras nos levantamos a la mañana temprano, vamos a correr, venimos, desayunamos y ayudamos a limpiar. Le compramos un lavarropas automático para facilitarle la tarea porque ella nos lava todo. Salimos a las diez de la mañana y llegamos casi a las doce de la noche, te privás de muchas cosas, salidas, comidas, es sacrificado, pudimos comprarnos un autito, pero estamos por venderlo para terminar la casita”.

Ana comenzó a boxear a los 16, cuando un amigo de su padre, que fue boxeador, la llevó a entrenar junto al hijo de él: “A mi papá no le gustaba porque era todo de hombres, pero de a poco lo fui convenciendo”.

Yoki a los 21 empezó a entrenar “de puro aburrimiento, había abandonado el colegio y no sabía qué hacer, tenía un tío que me alentaba para que me metiera en eso y le hice caso”.

Ana lleva 16 peleas como profesional, once ganadas, dos por nocaut; tres perdidas y dos empates, y “ahora voy a pelear con Celeste Peralta, de la Selección amateur. Estamos preparadas para pelear con las mejores; sí, soy campeona del mundo, pero en esa pelea no defiendo mi título, peleo a ocho rounds, y vamos a ver si antes de fin de año sale otra pelea que sea para defender el título. El año pasado lo hice en Rusia y gracias a Dios lo defendí bien, y ahora están viendo si hacen la revancha. Afuera te pagan en dólares, hombres como por ejemplo el Chino Maidana, en una sola pelea está hablando de millones, y nosotras vamos a pelear afuera y ganás como mucho mil dólares...”.

Yoky tiene cinco peleas, una empatada, otra perdida y tres ganadas. “Soy profesional también, a las dos se nos vienen peleas difíciles, yo voy a pelear con Andrea ‘La Cobrita’ Sánchez”, comenta.

¿Cómo se acostumbran a los golpes, a soportar el dolor?

Ana: La primera vez hice guanteo con una chica grande y yo tenía 16, era chiquita... Me empezó a pegar y sentí y me quería sacar los guantes y agarrarla de los pelos... Sí, te enojás, pero yo decía esto es así, tengo que aprender, tengo que boxear, aguantarme las piñas, tengo que defenderme bien ¡pero estaba re loca la verdad!, primero querés patearla...

Yoki: A mí me pasó lo mismo, guanteé con una y le pegué re bien, y al entrenador no le gustó que le estuviera pegando, y me pusieron a otra, la mujer del dueño del gimnasio, y yo soy re molesta, al toque le di, pero ella no sabía hacer nada y me tiraba cualquier cosa y yo me enojé. Me quería sacar los guantes y pegarle callejero y listo... pero eso es porque recién empezás.

¿Antes de hacer boxeo eran peleadoras, de irse a las manos?

Yoki: ¡Montones de veces, yo sí, y con varones también! Era re polvorita de adolescente, salía a la calle y pasaban unos tipos, me miraban y les decía “¿qué me mirás?” y ya les estaba pegando, en serio.

¿Y no cobrabas?

–No, por suerte nunca, y jugando a la pelota también peleaba siempre.

¿Y vos Ana?

–También, pero igual soy más tímida. Yo le digo a Yohana que tengo doble personalidad, soy la Monita arriba del ring y cuando entro al gimnasio, y cuando estoy afuera soy Ana, soy más tímida... Si venís y me apurás en la calle no te digo nada, no te pego, me intimido, pero después venite al gimnasio y hacete la mala y vas a ver... Fui criada con mis dos hermanos, jugaba a la pelota, a las bolitas, y me cagaba a piñas con los pibes. Me crié en San Martín, en el barrio Lanzoni, y me acuerdo de que tenía una amiga con la que me peleaba todos los días, era más machona que yo, después nos amigábamos. Y hace poco me la crucé y le dije: “Mirá si hacemos lo mismo que antes” y me contestó “¡No, yo con vos no me meto!”. Siempre digo que menos mal que Yoki y yo nunca nos cruzamos cuando éramos chicas, ella vivía en el barrio Libertador, vecino al mío, pegados, ella polvorita y yo... en fin.

Yoki tiene otra pasión, “me gusta cantar, canto horrible pero me gusta la música latina; si estoy mal por algo agarro el micrófono y me desahogo, los vecinos sufren, pero yo canto igual”.

Las dos muestran orgullosas los guantes de boxeo que llevan tatuados en sus espaldas y sueñan con ganar más peleas, más títulos, más dinero para terminar la casita, tener hijos y ayudar a sus padres a tener una vejez tranquila y cómoda, allá, en San Martín.

El boxeo es un deporte en el que se pone el cuerpo y, en el caso de los hombres, si se es bueno y se logra llegar a campeón puede haber mucho dinero, como en el fútbol, pero más duramente. Esa posibilidad acercó al ring a cientos de muchachos de origen modesto; algunos alcanzaron a hacerse millonarios, otros no. En el caso de las mujeres esa motivación también existe, aunque los precios del “mercado” son sideralmente menores.

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