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Viernes, 17 de julio de 2015

EL MEGáFONO

El porno educa

 Por Daniel Jones *

En la investigación doctoral sobre adolescentes me contaban cómo a través de la pornografía vieron por primera vez un cuerpo desnudo del sexo opuesto, una relación coital y ciertas prácticas sexuales. La mayoría de las mujeres declaraba un desinterés y un rechazo por la pornografía, traducidos en un consumo muy eventual porque les daba asco. Unas pocas opinaban que existía un ocultamiento personal de las mujeres y un silencio social sobre su interés y uso de pornografía porque eliminaba el marco amoroso que legitima su actividad sexual.

Entre los varones también había posturas encontradas. Algunos criticaban el carácter fantasioso de las situaciones que presenta la pornografía, alejándose de las complicaciones habituales que ellos tenían para y por tener relaciones sexuales (por ejemplo, su temor a los embarazos). Con todo, eran muchos más los que valoraban lo que conocieron en la pornografía: el cuerpo desnudo de la mujer, el sexo oral y el sexo anal, las diferentes posiciones para tener relaciones y otros asuntos del placer. Sentían que habían incrementado su saber sobre cómo hacerlo y que estas cuestiones estaban ausentes en otras instancias de aprendizaje sexual, como la escuela y los diálogos con su familia.

Aquello que más les gustaba de tener relaciones sexuales coincidía con prácticas que conocieron en la pornografía: recibir sexo oral (nunca darlo) y experimentar diversas posiciones (las que repetitivamente les había mostrado el porno). Aunque esta predilección no puede atribuirse causalmente a la pornografía, varios estudios señalan su influencia en configurar las preferencias y prácticas sexuales. Estos adolescentes también aprendieron valores de género, pues la pornografía industrial hegemónica a la que accedían muestra determinadas actividades sexuales de formas que la mayoría de las veces degradan y someten a las mujeres. Si bien la pornografía no inventa estos valores, los retoma de los escenarios culturales y los refuerza, incidiendo en la construcción de la sexualidad y socialización de género de sus consumidores.

La Educación Sexual Integral (ESI) no puede ignorar esta pedagogía sexual masiva a la que accedemos casi todos los varones (y quizá más mujeres de las que creemos) desde la adolescencia. Si no discutimos cómo incorporar pornografía (y qué tipo de pornografía) en dispositivos educativos innovadores, difícilmente podamos disputar con los valores y las expectativas de la pornografía hegemónica y otros relatos explícitamente sexualizados en el prime time (en su mayoría, heteronormativos y patriarcales). Una ESI centrada exclusivamente en el ámbito escolar y en la palabra, pareciera insuficiente para conmover estructuras de género excluyentes e imaginarios sexuales empobrecedores, fuertemente arraigados en nuestra sociedad. Tan arraigados que cuando se los cuestiona poniendo el cuerpo (desnudo) en una performance posporno en la universidad pública se desatan pánicos morales.

* Politólogo e investigador del Conicet/UBA y autor de Sexualidades adolescentes, de Editorial CICCUS.

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