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Viernes, 26 de marzo de 2004

YO, PECADORA

La desidia

Es por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Y es por eso que lo asumo y cargo estoicamente con este dolor que parece provocado por diez mil clavos ardientes que, sin embargo, no alcanzan para detenerme. Avanzo, voy a trabajar, subo al colectivo, desgraso milanesas y compro ensalada rusa en la rotisería. Todo con esa presencia, ese demonio, ese flagelo autoprovocado que dibuja en mi rostro una expresión tal vez comparable a la que suele llevar Eduardo Feinman cuando habla de la anulación de los indultos –tal vez similar a la que él provoca–, un rictus amargo, crispado, torcido; dolorido en definitiva. Es lo que me enseñaron en la escuela, a sufrir con estoicismo, a soportar como la benemérita madre de Jesús, como él mismo. Es el precio que tengo que pagar por mi desidia, no se culpe a nadie más por este dolor de muelas que cargo como una cruz, como si no existieran dentistas que con un placer propio de su profesión pudieran atenderme aun en mitad de la noche, que sí, guardias existen, pero yo, mujer independiente trabajadora y madre, no encuentro lugar en la agenda para autoflagelarme de maneras distintas de las que me envía el cielo, el destino o lo que sea que trae en su corazón esta muela maldita. Es lo que me toca por no querer alterar el orden de mis días, no perderme Padre Coraje, no faltar al trabajo, no dejar de pasear al perro ni alimentar a las gatas, hasta consigo ir al cine con mi pequeño martirio a cuestas y asistir como cada año a la marcha del 24 de marzo, porque no olvido ni perdono. Pero, ya lo sabemos, no es gratis, quererlo todo siempre se paga, me lo enseñaron en la escuela y yo fui una alumna respetable que hasta tuvo su delirio místico en plena adolescencia creyendo que en un convento redimiría tantos otros pecados que también estaba dispuesta a cometer. Total el dolor llegaría tarde o temprano a cobrarme la cuenta. Y ahora estoy pagando, en dolor contante y sonante, dolor de éste, actual y vivo y como un escuerzo, y el que vendrá, porque seguramente mi desidia me mantendrá lejos del consultorio salvador hasta que no quede más que hacer que un responso por esa pieza dentaria que tan bien me recuerda que soy esto y nada más, una pobre pecadora.

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