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Viernes, 26 de marzo de 2004

TALK SHOW

Insurrección doméstica

 Por Moira Soto

El hogar es un sitio peligroso, insalubre, claustrofóbico para cualquier ama de casa tiempo completo, y también para las part-time que cumplen doble jornada: además de los muchos accidentes que ponen en riesgo su integridad física, a las mujeres que acaparan todos los quehaceres domésticos para promover el bienestar familiar las acechan los fantasmas de la automatización, el hastío, el descenso de la autoestima frente al desprestigio y la desvalorización de esas labores que –se descuenta– deben llevarse a cabo desinteresadamente, por pura vocación de servicio. Porque este trabajo que sólo resulta visible si no se lo hace, es considerado improductivo para la lógica capitalista, por lo tanto no se paga. No es de extrañar, entonces, que “la pelusa de lo cotidiano”, al decir de Virginia Woolf, atente contra la salud mental de las mujeres (hace unos cuantos años, basándose en una encuesta, García Márquez publicó un trivial artículo titulado “Las esposas felices se suicidan a las seis”, que Griselda Gambaro respondió con aguda lucidez, develando el machismo encubierto detrás de presuntos halagos).
Muy raras veces en el cine, la literatura, el teatro o la televisión se atreven a mostrar el lado oscuro y violento de los quehaceres del hogar, y menos todavía a plantear alguna forma de insurrección femenina en este campo: para encontrar películas como Una mujer bajo la influencia, de Cassavettes, o Qué he hecho yo para merecer esto, de Almodóvar hay que rebuscar bastante, aunque desde luego siempre podremos recurrir a Chantal Akerman. La diabla, de Susan Seidelman, inspirada en Vida y amores de una maligna, de Fay Weldon, es quizás el único film donde un ama de casa manda sus sacrosantos deberes al demonio y hace estallar al unísono todos los electrodomésticos, dejando el gas abierto para que reviente la casa.
Cierta literatura de mujeres que tuvo su auge –Angeles Mastretta, Laura Esquivel, Isabel Allende–, nunca llegó a proponer la rebelión contra las ollas, la plancha, la aspiradora, concentrándose en los encantos de la cocina, la actividad más creativa –si hay vocación y no compulsión– del rubro labores del hogar. Semejante subversión es la que encara con talento, premeditación y osadía Valeria Kovadlof, la coreógrafa y bailarina en Punto perdido, un espectáculo de danza-teatro extremadamente estilizado, que no desdeña la palabra y casi prescinde de la música, sobre el desorden y la explosión de ese espacio doméstico que las revistas femeninas y el canal Utilísima siguen pretendiendo que es el mejor de los mundos (para ellas, claro). Mabel y Betty se reúnen en un ambiente que representa una casa donde las cosas no funcionan como es debido: hay algunos objetos de juguete (sillones, la cocina, la heladera) que parecen de la época en que estas mujeres jugaban a la casita, y otros de tamaño natural (la tabla de planchar, una mesa rodante, un changuito). Aquello de cocinar, limpiar, coser y cantar no va más para estas chicas que volcaron y ya no pueden seguir con las tareas que las han hecho tan desdichadas, tan desquiciadas. Intentan amasar, cocinar, repetir recetas como una melopea, pero no hay caso, están como dislocadas, desbaratadas... Sin embargo, aún les queda un resquicio para la purificadora catarsis.
Punto perdido es, por su calidad y singularidad, un espectáculo francamente recomendable, extrañamente divertido que denota un largo tiempo de investigación y preparación. Natalia López y Gabriela Goldman, con un dominio corporal notable y gran riqueza de recursos expresivos, brindan interpretaciones memorables.
Punto perdido, en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, 4862-0655, a $8, estudiantes y jubilados $5.

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