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Viernes, 23 de septiembre de 2005

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se llama esclavitud

 Por Marta Dillon

A Susana Verón siempre se la escucha animada por teléfono. Es extraña la sensación de recibir esa energía que fluye por los cables, a pesar de los más de tres años de búsqueda permanente de su hija, de los muchos y macabros datos que cada tanto recibe de su suerte, de la ansiedad de su nieta, la hija de Marita que pronto va a pasar a segundo grado y dejó de ver a su mamá cuando apenas estaba en un jardín maternal. Marita es esa joven que desapareció un día de abril de 2002 y que fue vista meses después vestida con ropa interior negra, en un rincón oscuro de un prostíbulo no menos oscuro, con una expresión que cada persona que la vio describió como mustia, enojada ¿enajenada? a pesar incluso de que la nombraban como la “mujer del don”, una jerarquía que otorga un privilegio dudoso, con ella no se podía hablar. Era la mujer del don. A ella otras chicas no podían tocarla. Susana, su mamá, no deja de buscarla. Pero la vida, incluso para ella, siguió organizándose. Sabe esta mujer de disfrutar de buenas empanadas árabes, de apretar el peinado de su nieta hasta que ni una sola hebra de pelo haga sombra sobre su carita redonda; sabe caminar los márgenes como si anduviera por el centro en busca de más voces que sostengan lo que ella denuncia: que ahora mismo hay adolescentes y jóvenes esclavizadas, que esas jóvenes no hablan en su cautiverio y no sólo porque tienen miedo, sino porque saben que nadie les va a creer.

La semana pasada otro “testimonio conmovedor” se convirtió en caso cuando tres chicas misioneras fueron rescatadas del prostíbulo donde las obligaban a poner el cuerpo para que los clientes cumplan con ese rito que muchos todavía consideran “una necesidad”. Casi una función social que se asume desde el lugar del trabajo, lo que ha servido, sin duda, para que la autoestima de quienes están en ese lugar difícil de ganarse la vida poniendo el cuerpo, pero no sólo el cuerpo sino sus zonas íntimas, esas que una suele reservarse para el placer o el amor, para comunicar lo que no alcanza con palabras, para saber que es posible perder la cabeza y disolverse, dejar de ser yo alguna vez para ser con otro, con otra, con el tiempo que también se disuelve y trae y lleva lo de atrás delante y viceversa. Todo eso está borrado si el trabajo sexual es la salida al problema del sustento diario. Todo eso se archiva, se borra, se controla para que los usuarios depositen su frustración en una zona oscura que de alguna manera nos hemos arreglado (casi todos, casi todas) para embellecer, para que no duela, para que se justifique.

¿Y qué pasa cuando otro “caso” constata que sí, que las mujeres se compran y venden, que también se compran y venden los niños y niñas y nunca los hombres, tal vez porque no haya tanta demanda, tal vez porque entre gauchos no se andan pisando el poncho? No mucho. Las chicas hablan, pero hasta ese testimonio que en algún momento podría haber sonado rebelador queda deslucido por la repetición: no las dejaban salir, si tenían que “atender” afuera las llevaba y las traía un cancerbero, estaban amenazadas, los hijos que tienen, jóvenes y sin pareja la mayoría, son rehenes para que las obliguen a la sumisión. Y enseguida aparece la sospecha ¿pero cómo? ¿No se dan cuenta que un trabajo de promotoras en una provincia distinta a la propia debe ser otra cosa? ¿Alguien desconoce que esos avisos que piden chicas o masajistas de buena presencia son para eso?

¿Y entonces por qué se publican esos avisos? ¿Por qué aparecen con total impunidad en el mismo diario que los denuncia, por ejemplo, “trabajo en España, oportunidad única, masajistas c/s exp.”? Susana Verón se alegra cuando alguna chica quiebra el cerco o lo salta. Asoma la nariz por fuera del círculo cerrado de noches y tragos y sexo que no quieren y saltan. A veces funciona. Aunque después reorganizar la vida no sea tan fácil, porque si no hablan el veneno de lo no dicho intoxica, porque si hablan todos sabrán qué fue de su vida el tiempo en que estuvieron encerradas y entonces el amor se vuelve esquivo. “Yo no quiero que me sigan señalando, mi marido no aguanta que le digan que yo soy una puta, por eso no quiero hablar más”, me dijo Fátima Mansilla una noche de garúa en la que el miedo y la vergüenza le cerraron la garganta.

Es lógico que Susana se alegre. Porque ella también sintió ese frío que corta cuando quien escucha no cree en el propio relato, cuando la desconfianza obliga a preguntar si Marita, su hija, no estará en donde está –si es que vive– porque quiere. ¿Y qué es querer después de años de cautiverio? ¿Qué es querer cuando la vida afuera empieza a desdibujarse como una mancha de tinta que desde adentro empieza a empastar los bordes de una supuesta vida cotidiana que parece que nunca volverá a suceder? Entonces, cada vez que alguien habla, Susana siente el calor de otras voces como acompañándola en un coro que alguna vez romperá los vidrios. ¿Y qué sería eso? No solamente que la trata de personas sea un delito federal, ni siquiera alcanza con que haya voluntad política e institucional de avanzar sobre este tema. En todo caso eso debería suceder al mismo tiempo en que los cientos de miles de clientes que desovan su frustración en lugares oscuros para no verse, para no ver, empiecen a sentir una incomodidad como un ahogo, una asfixia que los obligue también a ellos a salir, porque cada vez que se entra en esos agujeros la complicidad se afianza. Y seguro que son minoría los que quieren ser cómplices de una forma moderna de esclavitud, porque cualquier otra palabra sería un eufemismo.

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