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Viernes, 7 de octubre de 2005

URBANIDADES

A imagen y semejanza

(O del modo en que el deseo se rebela al corset de lo normal aun a costa del propio cuerpo)

 Por Marta Dillon


Hay algo de guión en esa frase “mujer atrapada en cuerpo de hombre”, y como todo texto escrito para ser dicho o actuado, apenas sobrevive más allá de la boca en la que habita. Pero también, por el sino del guión, suena a fragmento, a síntesis necesaria para que otros y otras escuchen porque sería imposible enumerar el cúmulo de experiencias, dolores, placeres y rechazos que hacen que alguien se declare “atrapada” en su cuerpo, condenada por él, como si el cuerpo fuera –he aquí otro guión– realmente el envase de algo más que pugna por una entidad/identidad propia e independiente. Nati, dijeron los medios y dijo ella misma, es una mujer atrapada en su cuerpo. Después de muchos titubeos sobre el modo de referirse a ella, o mejor, sobre qué género usar para describir su tránsito, el guión quedó acordado sobre todo porque hubo voces autorizadas –médicos, psiquiatras, psicólogos, sexólogos y sus versiones femeninas– que encuentran en el guión de la subjetividad atrapada cierta comodidad de ida y de vuelta: se puede explicar lo que pasa, se puede corregir el malestar modificando el cuerpo, adecuándolo a lo que todos y todas conocemos: mujer o varón, vagina o pene.

“Lo de estar atrapado en el cuerpo es una de las tantas formas posibles en que se puede contar una historia, no es la que yo prefiero, pero esa familia (la de Nati) vive en esta cultura y si no apela a esta historia nadie le daría crédito o no la entenderían. Sobre transexualidad no hay otras narrativas disponibles, de hecho la Justicia le va a exigir esta misma definición, no tiene mucho espacio donde maniobrar”, dice Mauro Cabral por teléfono, contestando amablemente la consulta aun a pesar de que el propio guión periodístico me llevó a preguntar en un momento cómo era su “caso”. Obviamente no alcanza con haberme sonrojado al momento siguiente de transformar a una persona en caso y así achicar la distancia hacia “cosa”, porque en definitiva lo que buscaba mi curiosidad era detalles anatómicos y descripciones quirúrgicas sobre quien nació desafiando lo que todos suponemos: somos hombre o somos mujeres, o estamos atrapados en el cuerpo equivocado.

“Cuando era adolescente –dice Mauro– por épocas era una chica y por épocas un chico, pero estaba más ocupado por sacarme de encima a mi papá que era muy violento. Era alguien a quien le gustaban mucho los chicos y todavía me siguen gustando.

–¿Y eso de qué manera te define?

–Como alguien con mal gusto.

Gulp. Al fin aparece el saber compartido, después del cual tal vez sea más fácil avanzar en la charla.

–Yo soy una persona que se siente más cómoda en el mundo hablando de sí mismo en masculino, no tengo más definición de género que ésa. Tengo un cuerpo quirúrgicamente modificado de adolescente, nací con un síndrome asociado a lo intersex, de afuera soy como una mujer, pero sin genitales internos. Y tuve médicos muy vivos que me hicieron una vaginoplastia con complicaciones serias, con muchos años de dilataciones... Yo no quería saber nada pero tenía una situación personal complicada, tenía miedo a mi viejo, pensé que sería cirugía nada más y se fue complicando muchísimo. El cuerpo, sí, pero también el padre violento. También la presión médica por otorgarle cual bien divino “una reconstrucción” que le permitiera ser igual a otras. Aunque él no hubiera querido. Aunque él no quisiera ni pija ni concha sino una mirada sobre su cuerpo que embelleciera el deseo, que le permitiera pensar que su cuerpo era vivible y disfrutable. “Yo, lo único que quería era coger”, sintetiza él, haciendo cierto terrorismo del testimonio. Porque es cierto, no alcanza con el derecho a ser si después el deseo queda en otro lado. Es como nos sucede a quienes vivimos con vih, sobrevivimos, nos pueden abrazar y tomar mate con nosotros, pero de coger ni hablar, al menos no en público. ¿No será demasiado?

Si es por estar atrapados, dice Mauro, la publicidad muestra jóvenes atrapados en cuerpos de viejos, flacas en cuerpos de gordas, negras constreñidas por las motas de su cabeza. “Lo que verdaderamente me da pena es la falta de celebración de la diversidad de los cuerpos. Sería más fácil decirle (a Nati) que podría ser una mujer aun con ese cuerpo, pero no hay nada en la cultura que hable de eso. Nada alrededor que te haga sentir que tu vida va a ser posible y que vas a tener una buena vida.”

Y lo peor, es que nada promete que la intervención judicial y médica, que el visto bueno de los medios y las instituciones, augure un futuro menos visible como excepción, como caso, como “especie” distinta, tal como la describe Cabral: “[email protected] somos iguales, deseamos lo mismo, tenemos historias intercambiables, somos sustituibles... Es la lógica del diagnóstico la que se impone: somos sujetos constituidos por un diagnóstico y al final, en lugar de prestar atención a las historias individuales, es el diagnóstico lo único que habla”. ¿Y yo para qué lo llamé, sino para que me hable en primera persona de un conflicto “similar”, para conocer su adolescencia como si hubiera algo homologable sólo por tener un cuerpo disidente?

“En Argentina –sigue Mauro– no hay posibilidades de cambiar de sexo legalmente sin pasar por cirugías que aseguren que la persona es estéril y morfológicamente semejante a hombres o mujeres, es decir, cualquier derecho sexual o reproductivo debe ser sacrificado con tal de que nos parezcamos a lo que hombres y mujeres no trans estiman más valioso: su propio cuerpo, la diferencia sexual que organiza el mundo. Y es así como niños y niñas intersex terminan normalizados/mutilados. Lo terrible no es que una chica de 15 sueñe con un cuerpo que disfrute, con sentir ella misma en ese cuerpo. Lo terrible es que los únicos discursos que tiene a su alcance sean los que codifican su sueño como una patología, lo encierran en un binario de género, los que no le dan espacio para pensar que puede cambiar ese cuerpo y ser quien es o no cambiar ese cuerpo y ser quien es, para pensar en reservar sus espermatozoides para ser progenitora trans de sus hijos biológicos... Todo el mundo insiste en la necesidad de que las personas trans tomemos decisiones “autónomas”. Pero al mismo tiempo ni Nati –ni yo– puede decir ‘quiero cambiar mi cuerpo porque quiero hacerlo’”.

De ninguna manera, cambiar el cuerpo tiene que ser una necesidad imperiosa, una manera de corregir lo que es deforme, de liberar lo atrapado, siempre que la medicina lo autorice y que después no se pretenda, encima, enamorarse, coger, tener hijos y educarlos. Qué pobres debates los nuestros. Qué pobre es esta visión acotada del mundo y lo que hay sobre él. Cuántas pérdidas opera el temor sobre quienes nos creemos normales. Qué pena. Y todo por la semejanza.

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