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Viernes, 7 de octubre de 2005

TALK SHOW

Curvas peligrosas

 Por Moira Soto

No es un problema para John Goodman, que tiene su show. ¿Y qué tal James Gandolfini? Es más gordo que yo. ¿Creés que a Marlon Brando le dijeron que estaba un poco gordo para hacer Apocalypse Now?”, protesta con su voz arenosa Kirstie Alley cuando su agente le dice que para lograr su propio programa debe bajar de peso, en el primer capítulo de la serie Fat Actress (Actriz gorda), de sesgo autobiográfico y saludable espíritu de autoburla, que va los miércoles a las 21 (repite jueves a las 1 y sábados a las 16), por la señal de cable Fox. Es una producción de la propia intérprete, que escribe el guión con Brenda Hampton. Magnética y vital, Alley no llegó a tener en el cine el lugar que como comediante sin duda merecía, pero en la tele hizo en años recientes un par de sucesos de varias temporadas: Cheers y Veronica’s Closet (“Los secretos de Verónica”, cuya reposición se puede ver de lunes a viernes a las 16 por Warner). Su tendencia a engordar alimentó el morbo de las revistas sensacionalistas que se ensañaron con sus rollos y su papada durante años. Hasta que Kirstie decidió hacer de su presunto vicio una virtud e ideó esta serie recientemente estrenada –un éxito en los Estados Unidos– donde explota humorísticamente, sin el menor remilgue, el tema de su sobrepeso, tan chocante en época de reinado de top models flaquísimas.

Aunque el imperativo de la belleza también esta alcanzando a los hombres en los últimos años mediante la acción conjunta de las industrias de la moda, la cosmética y la gimnasia, con la colaboración entusiasta de los cirujanos plásticos, la queja de Kirstie Alley haciendo de sí misma en situaciones ficcionadas está justificada: nunca se supo, por ejemplo, que a John Goodman –un actorazo, por otra parte– ningún productor o director le haya exigido que bajara de peso, y en su caso los críticos suelen identificar kilamen con “humanidad”. Mientras que la rechoncha K.A. ha sufrido continuas presiones para que adelgazara en los últimos veinte años, además del escrache de cierta prensa.

Desde luego, Kirstie no es la única actriz robusta, rolliza, fortachona que ha logrado imponer su físico a contrapelo de las imposiciones de la moda: en su propio país, sin ir más lejos, Roseanne Barr, Kathy Bates o Rosie O’Donell han triunfado gracias a su talento y carisma, sin reducir sus kilos. Lo cual no debería llamar la atención en un lugar como Norteamérica donde pululan las personas francamente obesas. Pero sin llegar a esos extremos, a pesar de la dictadura del modelo único que recae mayormente sobre las mujeres, son muchísimas las que salen de la norma que las quiere flacas, perfectas, el músculo tenso.

Entre las figuras conocidas, otra que, sin llegar a ponerse gorda, blanqueó su real estado físico un par de años atrás, fue la hasta no hace mucho impecable Jamie Lee Curtis, ya cuarentañera larga, hastiada de dedicar la mitad de su tiempo a la gym y de seguir negando el paso del tiempo. Así que se relajó un poco, subió unos kilitos y declaró desafiante: “Mi panza tiene algo de grasa, mi trasero no está en forma y el resto es un fraude que no pienso perpetuar. Quiero verme de acuerdo a mi edad”. Más joven –cumplió los 30 el lunes pasado– la inglesa Kate Winslet se viene resistiendo con perseverancia a pasar hambre para afinar su silueta: “Hay gente flaca por naturaleza, y yo, por naturaleza, soy rellenita, y estoy orgullosa de mi cuerpo. ¿Quién decidió que la única forma de belleza sea la delgadez?”.

A Kirstie, ya en la cincuentena, le importa tres cominos hacer el ridículo en la serie con su gordura, arrastrarse por el piso después de pesarse, gimoteando como una descosida y enseguida, para levantarse el ánimo, irseen camisón y bata, en coche, a comprarse una hamburguesa doble y dejar que las migas caigan sobre su mullido escote cuando le hinca el diente, mientras chilla por unas papas fritas. O, en el segundo capítulo, luchar como una leona para calzarse unos pantalones que no le entran. Como le siguen diciendo que tiene que adelgazar para tener su maldito show, ella –bajo la supervisión de una ex gorda que ahora es una villana flaca– toma unos laxantes que le hacen dejar el alma en el baño del restorán, justo cuando estaba arreglando su participación en una nueva edición de Los Angeles de Charlie.

La intriga ahora es saber hasta dónde va a llegar K.A. con la dieta que en la realidad está haciendo porque el sobrepeso ya le molestaba para moverse, sin desvirtuar su provocativa actitud sexy y desmelenada, a la caza de hombres que aprecien su robustez, en una serie que se llama precisamente Fat Actress. Donde, valga la paradoja, tiene mucho suceso haciendo de gorda, que pelea sin mucha suerte hasta el presente por un lugar bajo los reflectores de la TV.

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