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Viernes, 6 de octubre de 2006

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La palabra en disputa

 Por Marta Dillon

La desaparición de Jorge Julio López, el albañil de 77 años que declaró en el juicio contra Miguel Etchecolatz –que terminó con una condena histórica por delitos de lesa humanidad cometidos en el marco de un genocidio– tiene la capacidad de suspender al tiempo, aun cuando éste siga transcurriendo y la vida en general se siga organizando. Ya no es posible hablar de pasado, porque la falta de este hombre actualiza de tal manera su vigencia que eso a lo que suele llamarse pasado y al que era posible –hasta ahora– referirse en términos de memoria se convierte en el aire que respiramos. ¿Cómo seguir pensando, como sucedió a principios de año con el recordatorio de los 30 años del último golpe militar, en cómo se construyen los relatos sobre el pasado cuando ahora mismo un relato particular, una vida, ha sido borrada sin rastro y lo que se puede espiar sobre su suerte apenas se puede nombrar?

Ninguna otra desaparición de personas –que las hubo en democracia, desde los años 80 con el albañil Andrés Nuñez en La Plata o Miguel Bru en los ‘90 y en el mismo lugar, las decenas de mujeres que siguen en esa condición y que bien puede representar Marita Verón, vista repetidas veces en circuitos de trata para la explotación sexual– volvió a darle a esa palabra, desaparecido, desaparecida, la categoría que tuvo en la dictadura y que tiene ahora cuando se nombra a López, más allá de la precaución de su familia para imaginar su suerte. Lo cierto es que ahora se vuelve a corear “aparición con vida” en distintas manifestaciones y todos y todas saben/sabemos que no es una postura declamativa sino una apelación urgente para que el tiempo vuelva a su ritmo y la palabra a circular, no sólo como testimonio sino como herramienta institucional para la búsqueda de una justicia efectiva, como la que alcanzó esta vez a Etchecolatz y que puso en palabra escrita, en el ámbito al que todos y todas no somentemos como ciudadanos y ciudadanas, lo que hasta ahora había sido dicho sólo desde un sector de la sociedad: que el terrorismo de Estado fue la manera de cometer un genocidio.

Este salto histórico en la manera de juzgar hechos pasados con consecuencias vigentes no pasó por alto, es hasta obvio decirlo. Etchecolatz no es el primer represor en ser juzgado, la permanencia en el reclamo de distintos organismos de derechos humanos abrió grietas a lo largo de estos años, ya sea con juicios internacionales como los que se siguieron por la apropiación de menores. Pero desde los levantamientos militares durante el gobierno de Raúl Alfonsín nunca hubo una respuesta tan espeluznante como este silencio que impone la desaparición de López.

Si desde la anulación de las leyes de impunidad –impulsada no sólo por quienes vienen exigiendo con constancia y desde antes del fin de la dictadura verdad y justicia sino también por un Estado que se comprometió expresamente con esta reivindicación– la palabra de las víctimas –sus testimonios– y de la Justicia a través de este fallo y lo que podrían venir comenzó a circular de otra manera, con una fuerza nueva, como el hilo que podría coser las heridas abiertas por el genocidio y la impunidad, también es cierto que otros discursos comenzaron a escucharse con virulencia: los actos de las agrupaciones que llaman presos políticos a los condenados por crímenes de lesa humanidad piden la palabra. Vuelven a hablar de guerra sucia, dicen que los desaparecidos estaban/están en la clandestinidad –refiriéndose a López y a los de los 70–, se apropian de la palabra seguridad como de una bandera y reclaman “superar el pasado” como si no se filtrara en cada una de las páginas del presente, como si eso fuera posible sencillamente evitando llamarlo por su nombre.

Decir que la palabra está en disputa parece poco cuando alguien desapareció después de colaborar con su palabra para que otras fueran dichas y escritas. Pero no deja de ser cierto. Si durante mucho tiempo sólo se pudo nombrar desde fuera de las fronteras del país o en la confianza del círculo más íntimo, hoy estamos ante el riesgo de quedarnos otra vez mudos y mudas en este tiempo suspendido que implica la desaparición de un testigo si es que no ponemos a circular palabras que nombren lo que pasa en una ronda tan llena de sentido como la huella que imprimieron las Madres en la Plaza de Mayo cuando sólo esos pies eran capaces de dar testimonio.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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