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Viernes, 6 de abril de 2007

LA VENTA EN LOS OJOS

Sin cable pero con trenzas

 Por Luciana Peker

Las trenzas son esa danza entre los dedos en el pelo que, generalmente, hacen las madres a las hijas y que, no sin excepciones, hilan augurios de amor. Las trenzas son símbolo de ingenuidad y de niñez, pura niñez, con Laura Ingalls a la cabeza de las arquetípicas trenzas. Las trenzas fueron, en el cuento clásico de “Rapunzel”, la escalera para bajar del torreón cuando el príncipe venía a buscar a la niña encerrada al grito de “Rapunzel, Rapunzel, deja caer tus trenzas”. Por eso, la malvada bruja cortaba las trenzas de la protagonista para acabar con su lazo hacia la libertad y el amor. Pero las trenzas ya no son lo que eran. Hay dos niñas —si se puede seguir usando la palabra niñas— en la publicidad de CTI destinadas a los neo-consumidores. Una de las chicas tiene el pelo suelto y, otra, una trencita que borda su cabeza, en principio, para seguir delimitando que todavía se encuentra en el territorio de la niñez, y, seguramente después, para demostrar coquetería. Pero la trenza es trencita, no necesita guardar el pelo, ni hilarlo, sino bordarlo, para exhibirlo. Tiene la libertad de tenerlo suelto y, sin embargo, la trenza, trencita, es una muestra —casi rococó rosada— de una herencia de infancia hilvanada entre los dedos.

Con esa trencita, a modo de coronita, la niña mira con su amiga un teléfono. Bah, su CTI, porque ésta es la empresa que arrancó el 2007 con una campaña enfatizada en llegar al público infantil para que “lloren chicos lloren” por un celular: “Si lo tiene Julieta, ¿por qué yo no?”. “Elegí tu cti y volvé al cole con mochila nueva”, arrancó la empresa de telefonía que, ahora, tiene en su sitio de Internet dos títeres de dedo para hacer el maximarketing de conquistar a los miniconsumidores bajo el lema “Tu primer CTI”. No por nada, la misma compañía ofrece una promo Peter Pan (el que nunca crece) y muestra en televisión una campaña con tres chicos que quieren levantarse a una joven sexy (y para eso necesitan un celular). También, el año pasado, había arremetido contra los secretos de boca en boca en una preadolescente (que confesaba su primera compra de corpiño) y terminaban escuchándola todos sus compañeros que jugaban, de casualidad, a las escondidas (por eso, mejor, confesar secretos vía SMS).

La foto de las dos niñas se trenza con la decidida idea de conquista al último bastión virgen: las y los más chicos. Y si en los púberes varones se apela a tener para demostrar (el celular como signo de la hombría) en las chicas el celular se ofrece como signo de comunicación permanente con la amiga (a la que en la preadolescencia se está tan unida como a un cordón umbilical). El celular es esa pantalla en la que se comparten llamadas, mensajes, textos, “¿Qué escribo?” y “¿Qué te parece que me dijo con lo que me escribió?”. El celular es, se ofrece y se adapta, como una margarita moderna en la que se deshojan los mensajes de texto para ver si las quieren mucho, poquito o nada. Cada generación forma parte de un mundo y estas preadolescentes (más tarde o más temprano) pueden tener su celular. ¿Y qué? El problemas no es de ellas (ni de esta nueva forma de comunicación), sino de los que quieren darles (venderles o comprarles) un teléfono para tenerlas trenzadas.

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