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Viernes, 13 de mayo de 2005

TALK SHOW

Con alma y vida

 Por Moira Soto

Con que ésas teníamos: el psicoanálisis fue ingresado en la Argentina por una pícara puritana superada emparejada con su cuñado psiquiatra, Salvador, en 1913, año de la invención del corpiño, el éxtasis y las palabras cruzadas, según nos hace saber el prólogo de Inconscientes, ingeniosa comedia de Joaquín Oristrell estrenada la semana pasada. Ella es Alma, una señora reprogre para la época, conocedora de las teorías de Freud, traductora del alemán, lectora de Conan Doyle y Emily Brontë, que seguramente se incorporó aquí a las filas del naciente feminismo (en las que figuraban por ese entonces Cecilia Grierson, Elvira Raeson, Julieta Lanteri y otras damas heroicas). Al menos, es lo que nos sugiere este film brillantemente protagonizado por Leonor Watling, alma de esta insólita aventura por territorios recién descubiertos por la ciencia. Una chica tan lista, sin embargo, se ha dejado engañar por las apariencias en su vida privada. Y al comenzar el relato, embarazadísima, acaba de ser abandonada –inexplicablemente, abruptamente– por su marido (también psi).

En Inconscientes, como lo ha proclamado su director y guionista (en sociedad con Teresa de Pelegrí y Dominis Harari), se multiplican las citas, guiños y homenajes a la screwball comedy hollywoodense de los ’30 y ’40. A su modo, Alma es una adorable revoltosa que en vez de buscar a un leopardo como Katharine Hepburn, trata por todos los medios de encontrar a su marido León Pardo. El fugitivo con nombre de animal terminará revelándose como una especie de manual de perversiones, y al perder su condición de clandestino, querrá atentar contra el mayor soplón de secretos, Sigmund Freud. Y si el leopardo de Kate se llamaba Baby (en, justamente, Bringing Up Baby, 1938), nuestra Alma espera un baby.

De modo tal que tenemos a una costilla de Adán preñada, en ayuno de amor, conduciendo la acción en busca del marido perdido que dejó sus esculturas africanas en el consultorio, y un manuscrito con las historias de cuatro pacientes que contiene las claves de su desaparición. Alma azuza a su cuñado –que la ama en secreto– para que se prenda en la investigación. Aunque renuente, Salvador se deja arrastrar y empieza a hacer otros descubrimientos que le conciernen: por un lado, la doble vida de su supuestamente frígida esposa; por el otro, los ocultos lazos de sangre familiares que vinculan a ciertas personas. Pero como aquí no estamos en una tragedia griega sino en una comedia de muchos enredos, habrá algún cadáver, sí, porque hace falta despejar el camino del final feliz, pero sin perder nunca la sonriente ligereza. En el viaje hacia la verdad que los hará libres –”aunque a veces, unas cuantas mentiras te hacen la vida más soportable”, según dice Oristrell–, Alma sufrirá una metamorfosis al parir a su crío, y también se travestirá en compañía de Salvador, siguiendo el ejemplo de Hepburn y Cary Grant en más de una película. Y en esa Barcelona tan Art Nouveau donde transcurre Inconscientes, además de un ama de llaves que se bebe hasta los perfumes y un neurocirujano chiflado, hace una entrada el propio doctor Freud, que llega a la ciudad con ánimo de ver la ondulante arquitectura de Gaudí.

La preciosa Leonor Watling –de madre inglesa a la que adora y padre español al que adoraba porque le murió hace una década– es la intérprete exacta de esta Alma que, lo confiesa, sólo sabe cocinar el sánguche de queso. Es la misma actriz que salvó del naufragio Son de mar (2000), el film de Bigas Luna visto recientemente por el cable, y que trabajó de vegetal, postrada en la cama y masajeada por Javier Cámara, en Hable con ella, de Almodóvar. Watling, oficialmente actriz dramática, ya se había asomado a la comedia en A mi madre le gustan las mujeres (2000), de Daniela Fejerman e Inés Paris. A Joaquín Oristrell le atrajo esa mezcla de fortaleza y fragilidad, de descaro y reserva de Leonor, una chica a la que le encanta el olor del café recién molido, el cordero asado, las películas de Buñuel, salir a comer con Manuel Vicent, leer a Carson McCullers. Pero que a la hora de la promoción, preferiría volverse un ente invisible, no tener que dar entrevistas, sacarse fotos, preservar el misterio.

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