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Viernes, 10 de julio de 2009

POLITICAS SANITARIAS Y EPIDEMIAS

Lo que sabemos, lo que no sabemos y el gobierno global

 Por Ana Maria Vara *

¿Qué diferencia tiene el brote de gripe porcina o gripe A con brotes anteriores de influenza? ¿Su origen en los cerdos? No: ya hubo varios brotes de este tipo y cerdos y aves son bien conocidos como ámbito de cultivo de nuevos virus. ¿Mayor virulencia del virus? No se sabe, y no lo parece por ahora. ¿Más rápida diseminación? Puede ser, porque cada vez más personas viajan por avión....

El listado de las características intrínsecas del virus H1N1 y la enfermedad que produce no parecería justificar a priori el carácter excepcional con que se ha recibido en todo el mundo esta nueva epidemia, exceptuando, quizás, la velocidad con que fue calificada de pandemia.

Lo que ha convertido al H1N1 en objeto de medidas extraordinarias, de tapas de todos los medios y de tema de conversación privilegiado tiene más que ver con nosotros que con la gripe. Es consecuencia, por partes iguales, de lo que sabemos y de lo que no sabemos. No sólo no sabemos cuál es su virulencia. Tampoco conocemos fehacientemente su origen (aunque ya hay varias versiones), ni por qué parece ser más peligroso en personas jóvenes. Estas incertidumbres son inherentes a que se trata de un nuevo virus, que apenas comenzamos a estudiar. Ahora bien, lo que sí sabemos justifica que, constatada su presencia y frente a estas incertidumbres, debamos tener una respuesta. ¿Pero de quién hablamos cuando decimos “nosotros”? ¿Y de qué se trata este “deber”?

Básicamente, de lo que los expertos nos dicen y de cómo sus saberes guían esa suerte de gobierno global informal que se ha ido creando a lo largo del siglo XX, representado por organismos como las Naciones Unidas y, en un tema de salud, el gobierno global está representado, fundamentalmente, por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Si bien los análisis en los medios y las conversaciones cotidianas tienen como tema privilegiado lo que el Gobierno hace o deja de hacer, la gripe A no es un fenómeno nacional sino global: tanto por su capacidad para atravesar las fronteras como por el tipo de respuesta que ha suscitado. Lo excepcional del virus H1N1 es que llega en un momento en que ya hemos montado un sistema mundial para actuar frente a este tipo de amenaza. Otras epidemias previas, como la de gripe aviar, han dado los últimos toques a los esfuerzos coordinados con este tipo de brotes.

En el material de comunicación que ha preparado y difundido la OMS aparece un cuadrito tomado de World Health Report de 2007, que muestra la curva potencial de casos de enfermedad y muerte frente a una nueva infección. Esa curva se contrasta con otra, mucho más bajita y también potencial: la de los muchos menos casos que podrían ocurrir si se implementan medidas tempranas y efectivas de control de diseminación de la infección. La diferencia entre ambas es la “oportunidad de control”. La suspensión de clases, la recomendación de evitar lugares atestados o de viajar, el consejo de lavarse las manos o de recluirse ante síntomas de gripe son medidas que representan esa “oportunidad de control”.

Otro aspecto importante es la clasificación de los niveles de alerta pandémica de la OMS, que hoy se basan en la diseminación del virus y no en la mortalidad que provoca, algo que podría dar un nivel de alerta quizás demasiado alto. Han circulado críticas a esta clasificación, que podría amplificar la percepción de riesgo y provocar medidas desproporcionadas. Si algo de excepcional tiene la gripe A, se deriva del encuentro de dos trayectorias: el momento en que la historia de los virus se cruza con la historia humana.

* Investigadora del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia José Babini de la Universidad Nacional de San Martín.

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