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Viernes, 24 de junio de 2011

¿Podemos ser dueñas de nuestro sexo?

 Por Gaby Bex

Escritora

Voy a contar una anécdota de principios de los ’90. Jugábamos al Sexionary (una versión del popular Pictionary) con compañeros del colegio, de esos que son amigos de Facebook pero quedaron tan lejos como antes de la maldita red social.

Era un viernes a la noche en una casa sin padres, estábamos en quinto año. No me acuerdo bien cómo era el juego, tenía unas tarjetas que había que dar vuelta, algo parecido al Memotest. En el dorso de las tarjetitas podía haber un pubis o... ¿penes? Eso se borró.

Una de las prendas, recuerdo, era confesar: “dónde no besaría usted a su pareja”. Así, de usted, muy formal la cosa. Mi mejor amiga dijo: en ningún lado, orgullosa de su libertad. Otra chica puso cara de asco y retrucó: entre los dedos de los pies.

Mi otro recuerdo del Sexionary tiene que ver con “ella”. Un compañero –que ya en primer año había anunciado que no era virgen– hizo un comentario que me sorprendió y nunca olvidé. Dijo que la concha de las tarjetitas era linda, pero que había otras que... mejor ni hablar. Podían ser horribles.

Yo nunca lo había pensado. Me desayunaba ese conchelío. Para mí eran en serie. Algunas diferencias habría, pero que pudieran tener tanta personalidad nunca se me hubiera ocurrido. ¿Sería linda la mía? Se parecía bastante a la de la foto... ¿Qué tan espantosas podían ser? Aunque fueran monstruos, apenas uno entrara en ellas tendrían su propio calor, su fuego a leña, invitante y acogedor. Justamente.

Quedó latente ese recuerdo tal vez para contarlo aquí. Tiene que ver con lo que hacen esas chicas japonesas que quieren una cirugía plástica para acceder a la concha perfecta, la propia. Podrían ver qué pasa con otras, tantear el terreno. Confiar en sí mismas.

Parece que tenemos un monstruo escondido, un parlante vivo, lo que todavía no pueden mostrar las revistas del culo en la tapa. Tenemos un pulpo. Puede acogotar agradables intrusos. Tenemos una flor que ya no hay que andar reservando. Faltaría que dejen esos clítoris ahí y no se les ocurra más cortarlos. Más allá de las políticas maléficas y las presiones conservadoras: ¿podemos ser dueñas de nosotras? Y otra cosa: ¿podemos entregarnos? Las dos tendencias entran ahí.

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