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Lunes, 27 de junio de 2011

FúTBOL › LOS GENUINOS HINCHAS DE RIVER, CAíDOS HOY SE LEVANTARáN MUY PRONTO

El orgullo no se mancha

No es fácil creerlo, pero ya es un hecho consumado: River se fue a la B y no habrá superclásico por los puntos, al menos por un año. La crónica del descenso tan temido terminó de escribirse ayer, pero venía bocetándose hace mucho.

 Por Juan José Panno

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

El cuento, considerado el más corto del mundo, citado en todos los estudios sobre la microficción, es de Augusto Monterroso. No lo escribió pensando en lo que pasó con River pero le viene a medida, con las variantes del caso.

Cuando River despertó de la pesadilla, el descenso todavía estaba allí.

Cuesta creerlo. Cuesta asociar las palabras River y descenso. Uno escribe que River se fue a la B y le pasa que se sorprende de lo que está escribiendo, que no termina de convencerse, acaso porque la idea no cabe en ninguna lógica. Imagine que hace dos años, un año o tres meses, sin ir más lejos en el tiempo, a usted le apostaban triple contra sencillo que River se iba a la B. ¿Usted no hubiese aceptado? Después de todo, antes del partido con All Boys en mayo último River estaba segundo en el campeonato, a sólo dos puntos de Vélez y era gran candidato a pelear por el título. La caída, desde entonces, fue tremenda. No ganó ninguno de los últimos nueve partidos: perdió con All Boys, Boca, Lanús y Belgrano y empató con San Lorenzo, Olimpo, Colón, Estudiantes, Belgrano y Olimpo.

River descendió por un tobogán mucho más largo que el de las últimas fechas, porque en el torneo argentino los reglamentos les dan a los grandes la chance de mejorar los promedios en tres temporadas.

Si no fuera porque se trata de un árbol que tapa el bosque se podría creer que River descendió porque Pavone erró el penal en un momento clave; porque Pezzotta no cobró una falta a Caruso dentro del área; porque Jota Jota López nunca supo qué rumbo había que tomar; porque a Angel Cappa no le dieron tiempo; porque Carrizo es un canchero que hizo perder tres puntos en la Bombonera y dos contra San Lorenzo; porque Passarella fue a patotear a Grondona en su propia madriguera y selló su destino; porque la idea de amarretear los partidos conspiró contra la confianza y la autoestima de los jugadores; porque los barrabravas contribuyeron a la confusión general con su política de amedrentamiento a propios y extraños; porque Lamela es un proyecto de gran jugador pero demasiado joven para cargarlo con toda la responsabilidad; porque el club está al borde del colapso por culpa de la dirigencia anterior, que le tiró un cadáver a la actual conducción.

El bosque, en definitiva, es la suma de todos los árboles que se terminaron de incendiar en la histórica tarde del 26 de junio de 2011, cuando River se fue (cuesta creerlo, se repite) al descenso.

A uno le tocó presenciar partidos trascendentales en ese mismo estadio. La final del Mundial ‘78; el día del 2-2 contra Perú en las eliminatorias del ‘86; el clásico de la Copa Libertadores, sin público de Boca; el 0-5 ante Colombia; el 1-0 contra Australia; el día del gol de Palermo contra Perú. Pero uno nunca fue testigo de tanta tensión como la que había ayer en el Monumental. La gente sabía que había que apoyar, y gritaba y cantaba, pero las voces salían como con sordina por los nervios que se colgaban de las cuerdas vocales. Alentaron, apoyaron, trataron de asustar a los cordobeses, pero no evitaban los murmullos de desaprobación ante un pase mal dado o una pelota perdida. Hubo momentos de silencio atroz después del penal de Pavone y en otros pasajes en los que el equipo ofrecía poco. Pero, en cualquier caso, la responsabilidad de los hinchas genuinos es mínima. Uno por ciento contra el 90 por ciento que le debe corresponder a Aguilar si se trazan gruesos paralelos.

River, conviene aclararlo para cortar ciertas estupideces que circularon en estos días, perdió una categoría, pero no su historia. No descarriló la Máquina, no le van a quitar los 33 campeonatos, nadie va a despintar la pelota naranja del gol de cabeza que le hizo Alonso a Gatti; nadie va a borrar las imágenes del Pato, del Enzo, de Perfumo, del Pelado Díaz, de Sívori, de Di Stéfano, de los propios Jota Jota y Passarella en sus tiempos de jugadores.

Ni las cargadas más macabras van a quitarles a los hinchas la sensación de pertenencia a River. Seguramente hoy nos cruzaremos con mucha gente con el pecho inflado debajo de la camiseta de la banda. El orgullo no se mancha.

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Pavone se muerde las manos después de no convertir el penal, en el segundo tiempo. El delantero lo pateó recto al arco y Olave contuvo la pelota sin dar rebote.
Imagen: Bernardino Avila
 
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