libero

Lunes, 5 de noviembre de 2012

CONTRATAPA

Finito

 Por Guillermo Blanco

–Flaco, ¿cómo jugaba Finito Ruiz?

Eduardo ya no parece el de antes, aquel periodista de raza que con su bohemia y sapiencia manejaba la sección Deportes de Crónica y al que un día Héctor Ricardo García le metió una interesante presión: “Andá a tu casa, agarrá una muda y tomate el avión a Madrid dentro tres horas para entrevistar a Perón”. Eso ocurrió hace tiempo. Por el ’70, ’71. Y el Flaco logró el objetivo, tanto que García metió la foto de ambos en tapa, caminando por los jardines de Puerta de Hierro. Después fue convocado para La Opinión y con los apellidos paterno y materno, Rafael Vaquero firmó inolvidables columnas en una redacción donde convivía con Villita, Dante Panzeri y otros anónimos, pero con la misma manera de sentir el oficio. Cerca iba y venía un chiquito que estaba haciendo los primeros palotes en su vida: el hoy canciller Héctor Timerman, hijo del patrón, Jacobo. Después fue contratado por la Editorial Atlántida en el ’77 para encargarse de El Gráfico y el Mundial.

Pero eso ya fue. Se le nota clarito en el incipiente Parkinson y en esa mirada lánguida de jubilado que, como por un camino invisible, se escapa del vidrio amplio del bar, en Lavalle al 2000. Y vaya a saber uno por dónde lo llevarán sus pensamientos. Para qué interrumpirlo, si la pregunta había sido sólo una formalidad como inicio del encuentro. Hasta su mujer aspira a que al menos una vez por semana venga a almorzar. Todos sabemos de la poca cordialidad de las patronas cuando uno de pronto baja la persiana del periodismo, como si metieran un pura sangre en el establo por última vez. Entonces el Flaco llega al bar arrastrando las piernas, se sienta, con disimulo le mira la cola a la piba que atiende, pide los tallarines de siempre, un vaso de vino y otro de agua para deglutir la enésima pastilla diaria. Y después de despotricar contra los médicos por eso de que cada uno se ocupa de lo suyo y uno le dice que coma con sal, y el otro que ni loco, empieza a consumirse el encuentro.

Estoy tratando de desprenderme de los Gráficos viejos. Toda una vida, los discos de tango me cuestan más. Son más de cien, pero en casa ya no hay espacio y es como un zumbido permanente la cantinela de Rosa. Y me doy cuenta de que no me aguanta. Pero yo tampoco. Decí que a veces vienen los nietos y la cocina se convierte en una pajarera. Pero se acaba pronto y el vacío se hace más grande aún cuando se van. Para colmo ni ganas de caminar me dan, aunque el cardiólogo me tenga las pelotas llenas con eso de que le gane a la cama y salga a dar la vuelta manzana.

Lo miro y sí: el Flaco está viejo. Se suena la nariz y tiembla hasta el pañuelo. Las manos han sido como tatuadas por unos clásicos lunares chiquitos, algunos de los cuales se le han subido a esa cara que ahora sonríe para piropear a la moza. Lo dejo que siga, creo que ni vale la pena recordarle la pregunta inicial, esa de Finito Ruiz. A mí me habían contado que era un volante central nacido por Arribeños, que había jugado en Vélez, y como mi mujer era de ese pueblo bonaerense en el límite con Santa Fe, cerca de la Teodelina a la que hizo famosa el Manco Messina con su paleta, estaba interesado en saber algo más sobre él. En el pueblo, los más viejos aún lo tienen como un símbolo. Hasta la bionda peluquera Eva, una especie de biógrafa popular por donde pasa la historia del lugar, asegura que unos parientes de Finito le dijeron que incluso llegó a ser técnico del club de Liniers. Pero ahora era imposible pretender saber algo más, porque el Flaco otra vez se pone a mirar la ventana, y la vista agarra viaje más allá de la verdulería de enfrente. Aunque no mira, sí tiene los ojos húmedos.

Yo era chico y adoraba a mi vieja. El tango era la música que me volvía loco. Todo el día eran Troilo y Pugliese, pero también me gustaba D’Arienzo, que hacía bailar hasta a los rengos, y con el tiempo cuántos cafés habré tomado con Cadícamo frente a Sadaic. Y hasta tengo un libro de Julio de Caro dedicado de puño y letra. El fútbol se me había metido en las venas. Con papá fundamos un clubcito de barrio llamado La Loma, cuando vivíamos en José León Suárez. Hacíamos desafíos con otros barrios. Que lo parió, cómo se esfuma el tiempo, reflexiona mientras le tiemblan las manos... En los ’50 me gustaba Atlanta, pero también Vélez, y ya sabés: ahora lo tengo a mi hijo Homero, crecido allí como profe y trabajando con el Turco Asad (con el lomo del puño se seca una lágrima). Me lo paso haciéndole carpetas, ahora estoy terminándole una de Zubeldía. A Osvaldo lo conocí en su época de Vélez, cuando vino de Junín con Malegni y después de firmar se pusieron de acuerdo en la plata: repartieron los sueldos en partes iguales, y como al goleador le daban algo más, se llevó las de ganar porque él no metió ni la mitad de lo esperado y el otro la embocaba siempre. Era familiero Osvaldo, igual que yo. Cuando fuimos a Manchester –a mí me envió Crónica–, él me llamaba para que me acercara a la cancha a charlar al terminar las prácticas. Y acá íbamos al Che Café, por el Polideportivo. Se había separado y todos los días se sentaba solo para ver pasar a su ex esposa sin que ella lo advirtiera. Y otro amigo me tocó timbre hace poquito. Ocho y media. Quién carajo es a esta hora, pensé. Me viene a buscar la parca... Pero no, era Carlitos, sí, Carlitos Bianchi, qué Carlitos si no. Quería verte, me dijo. Y charlamos un rato. Acordate de Obolo, le había comentado un tiempo atrás. Es un 9 que se tira atrás y tiene condiciones. Me quedó su respuesta. ¿Se tira atrás? Que no le tome el gusto porque se va a acostumbrar a la comodidad y no va a querer ir más allá adelante.

Trato de cortarlo, y no porque no sea interesante lo que dice. Cada palabra que tira es como para atajarla y guardarla. Ya no quedan más como el Flaco. Pero también es cierto que viene y va, y si sigue así nos agarra la noche. Pero continúa hablando y vuelve a la madre. Mi vieja era todo en la familia. Yo estudiaba, eso sí, pero no era traga. Los pibes teníamos obsesión por algo y era lo más lindo de alcanzar. Yo me había hecho hincha de Grillo, un crack, un jugador que cuando se venía con las medias bajas... ¡agarrate Catalina! Un fenómeno. Me encandilaba por la radio y cuando lo veía en los diarios y en El Gráfico. Me sabía todo, que había debutado ante Platense en el ’49, que el primer gol se lo hizo a Chacarita en un 3 a 0 de Independiente. Y cuando les metió el gol a los ingleses en el Monumental, el 14 de mayo del ’53, creí que me moría. Si hasta le pusieron el Día del Futbolista en su homenaje. Después se fue al Milan, salió campeón y volvió a Boca. Yo estuve casi un año juntando monedita por monedita. Parecía que nunca llegaría al objetivo. Iba a la escuela, volvía y la vieja algo me daba para la alcancía. Y a veces vendía diarios. Estuve así casi un año. Ya me faltaba menos, y el fixture del campeonato caía justo para dentro de tres semanas. Nunca había pisado una cancha y verlo jugar al Pelado Grillo era mi único sueño. Independiente venía a Liniers con la famosa delantera en la que ya no estaba Lacasia y ahora jugaba Bonelli. Micheli, Cecconato, Bonelli, Grilloooooo y Cruz. Soñaba con él, me devoraba las revistas, los diarios, recortaba el Mundo Deportivo, los Gráficos. Era un diez rápido, hábil y, además de eso, goleador. Si en toda su carrera metió 90 en Independiente, 30 en el Milan, 88 en Boca, donde ganó tres títulos, y 8 en la Selección... Tenía todos los recortes y guardé todas las revistas de la época. Y a propósito, si podés, acordate de averiguarme si a alguien le interesa la colección de aquellos años, porque Rosa en cualquier momento me manda a la concha de la lora con Borocotó y Frascara juntos.

Cómo jugaba Ernesto... No lo podía creer. Faltando una semana me puse a contar las monedas y llegué. Faltaba apenas una semana y Grillo venía a Liniers. Por nada del mundo me lo iba a perder. Si había estado soñando casi un año para que llegase este momento. Estuve dos horas antes. Saqué la entrada dándole al boletero una pila de monedas adentro de una bolsa. Anduve un rato hasta que encontré el lugar justo. Para mí era una final del mundo. Ni me acuerdo de la reserva. Yo esperaba a Grillo, qué joder. Sí, dejá que se enfríen los tallarines. Decile a la piba que me traiga el fresco y batata. Y era callado Ernesto. Había leído tanto de él, de su panorama, de su habilidad. Yo lo tenía por fotos, pero ahora estaba entrando en el estadio para verlo. ¡Qué griterío! Hasta me pareció que me miraba a mí cuando levantó los brazos. Se puso a trotar para entrar en calor y yo gritaba como un loco. ¡Gracias a Dios! Tantos meses juntando la guita. Y ahora se me cumpliría el sueño de verlo ahí todo un partido. Todo. El corazón se me paralizó cuando el referí tocó el pito. Creo que pasaron apenas dos minutos. De pronto hubo un silencio general. Algunos se agarraban la cabeza. Otros se miraban y no lo podían creer. Pero ninguno se angustió tanto como yo. Grillo se agarraba la tibia izquierda después de un patadón tremendo desde atrás. Y lo sacaron de la cancha, y no entró más, mientras ese hijo de mil puta de Finito Ruiz continuó lo más campante, como si nada hubiera pasado. Vos me habías preguntado cómo jugaba ese turro, ¿no?

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Ernesto Grillo.
 
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